Adelaida

27.11.2012 19:08

Dicen que Adelaida parece una ciudad británica. Me pareció una ciudad estadounidense aunque sus habitantes sean indudablemente australianos. El trazado de sus amplias calles y avenidas es tan rectangular como podría serlo el Manhattan neoyorquino o el North Beach de San Francisco, con grandes murales y barrio chino incluido, aunque no posea las mismas dimensiones. También hay un tranvía, aunque no ascienda una colina como Nob Hill y alguna catedral que podría recordar vagamente a la de Saint Patrick en la quinta avenida.

Pero, obviamente, Adelaida también tiene sus singularidades. Probablemente pocas ciudades en el mundo tengan una señal de tráfico para indicar una travesía de patos o, en lugar de ardillas, curiosas zarigüeyas pululando en sus jardines públicos y en sus plazas, que, sin vergüenza alguna, se acercan a mendigar unas migas de pan. A estas habría que añadir la presencia, en el zoo, de diablos de Tasmania, dingos, o un pequeño marsupial llamado wombat. Un extenso anillo de parques y jardines alrededor del centro sí que puede darle un cierto aire inglés. Los jardines botánicos, a los que se accede a través de un palacete victoriano de vidrio, The Palm, datan del año 1854, catorce después de fundarse el municipio, y son un excelente lugar donde ir a perder plácidamente el tiempo, tumbarse a leer sobre el césped perfectamente cortado en la orilla de alguno de los pequeños lagos que adornan el lugar o en la del rio Torrens, que atraviesa la ciudad de oeste a este.

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© J.L.Nicolas

 

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