Allí donde empieza el Mar

25.01.2015 17:59

Finistére, Finisterre no quiere decir otra cosa: es el fin de la tierra, allí donde empieza el mar. Lo pensaban los romanos cuando llamaron así a la región, que además creían que acababa abruptamente derramando las aguas al vacio, poco más allá, tras el horizonte. Lo creen los franceses que han conservado el nombre en el departamento más occidental de Bretaña. Y lo creen millares de turistas que se apresuran en los cálidos meses de verano en conseguir una buena plaza en el  aparcamiento de Pointe du Raz. Salen de sus vehículos ufanos de haber finalizado el recorrido, recomponiéndose sus ropas y quizás un poco fatigados, mientras el resto de la familia se desperdiga examinando las tiendas de recuerdos, el menú de la cafetería o se desahoga en los servicios.

Pointe du Raz, para muchos el extremo occidental de la Francia continental, goza de un paisaje digno de postal, de hecho allí mismo las venden. También son conocidas las imágenes de los faros semizambullidos entre las enormes olas de las tempestades atlánticas allí donde el mar bate con violencia  acantilados e islotes, hacia la Ile de Sein. Sin embargo el verdadero punto más extremo de Bretaña se halla más al norte, más aun de la península de Crozon y pasada la ciudad de Brest. Oculto tras la desmesurada popularidad de Pointe du Raz, el tramo de costa que va desde los cabos de Saint Mathieu hasta el de Corsen, en los municipios de Plougonvelin, Le Conquet y Plouarzel, se lleva la palma. Pointe de Corsen está a 04º47’44” Oeste, siempre sin tener en cuenta la isla de Ouessant con el faro de Nividic a 05º08’25”, el que se empezó a construir el verano de 1912 y no se acabó hasta veinticuatro años más tarde, ni por descontado los departamentos de ultramar en las Antillas.

La zona fue objeto de constantes visitas normandas, no siempre bienintencionadas. En 1558 un ataque anglo holandés devastó Le Conquet. Dejaron en pie solamente ocho casas. Anteriormente, durante el reinado de François I, la villa tuvo un cierto renombre gracias a su centro de cartografía. Sus tratados de navegación gozaron precisamente de una buena aceptación en Inglaterra, incluso para un tal Francis Drake.

En esos tiempos la población contó con la presencia de un misionero polémico, Dom Michel Le Nobletz, hijo de una familia acomodada de Plouguernau. Le dieron el apodo de beleg foll, el cura loco, a causa de sus ideas y de sus prácticas excéntricas. Por sus ideas no hubiera sido otra cosa que un cura rojo denunciando los abusos de los poderosos, los salarios insuficientes, los precios abusivos de las viviendas y la mala calidad de las mercancías. Nada ha cambiado. Para sus predicas entre una población analfabeta Dom Michel hacia uso de carteles ilustrados, tableaux de mission, que hacia interpretar a coro por las mujeres que asistían. Sermones multimedia. Su antigua morada en Le Conquet se transformó, tras su muerte, en un pequeño oratorio, hoy capilla de Notre Dame de Bon Secours. Su cuerpo fue enterrado en la iglesia de Lochrist.

En Plougonvelin, la antigua abadía, fundada en el siglo VI, luego  monasterio benedictino de Saint Mathieu Fin-de-Terre estaba aun activo. No fue desalojado sino hasta los días de  la revolución. La abadía custodió el cráneo de Mateo el Evangelista, quien según la tradición oral, fue trasladado a finales del siglo IX por marinos y comerciantes bretones desde el Cairo, donde había sido inhumado después de su martirio. Se cree que la reliquia pudo ser saqueada por piratas que la llevaron a Salerno, en Italia, aunque la abadía, durante la edad media y hasta el siglo XVII afirmaba conservar aun la cabeza del santo, de la que también se dice que se perdió en el mar, frente a los acantilados. En el siglo XVII la peste y la hambruna diezmó la población de las villas y también la de la abadía.

Durante la primera mitad del siglo XIX la región fue visitada por distintos escritores e intelectuales quienes plasmaron por una parte las miserables condiciones de vida en la que estaba sumida. Por otra trazaron semblanzas, teñidas del romanticismo imperante, de la naturaleza y el paisaje que las envolvía. Jean François Brousmiche fue un empleado de hacienda en Brest quien viajó tres veces allí entre 1829 y 1831, recogiendo sus impresiones en Voyage dans le Finistère donde cuenta que la misère semble être partage des habitants de cette pointe avancée de l’Armorique sur laquelle Saint Mathieu et Lochrist son placés. Les enfants s’y roulent presque nus dans les chemins ; ils arrachent à la mer les plus légers débris qu’elle porte à la côte pour alimenter le feu destiné a la cuisson des aliments  (La miseria parece ser  lugar común entre los habitantes de este punto avanzado de Armórica donde están situados Saint Mathieu y Lochrist. Los niños corren casi desnudos por las calles, arrebatan al mar el menor desecho que llega a la costa para llevarlo a sus cocinas) y describe a Le Conquet como una población continuellment battue des vents, dépouillée de tout abri, la ville du Conquet semble une solitude. Sur trois maisons, c’est a peine si l’on en trouve une que soit habitable...est, de plus, la ville la plus mal pavée du Finistère. (continuamente batida por los vientos, desprovista de cualquier refugio, Le Conquet es desoladora. De tres casas apenas se encuentra una que sea habitable...además es la villa peor pavimentada de Finistère.)

El historiador Jules Michelet capta instantáneas de la naturaleza: quelles monstruoses vagues elle entasse à la pointe Saint Mathieu, à cinquante, à soixante, à quatre-vingt pieds ; l’écume vole jusqu’à l’église ou les mères et les sœurs sont en prières. ( las olas monstruosas se estrellan en el cabo de Saint Mathieu, a cincuenta, sesenta, ochenta pies, su espuma vuela hasta la iglesia donde madres y hermanas elevan sus plegarias.) Estas son reflejadas en dos de sus trabajos: La Mer y Voyage en Bretagne.

El creador de Madame Bovary, Gustave Flaubert llegó en la primavera de 1847, y acompañado de su amigo Maxime Du Camp, recorrió a pie Bretaña y Normandía. Su periplo se plasmó en el libro Par les champs et par les grèves : Ici se termine l’ancien monde; voilà son point le plus avancé, sa limite extrême. Derrière vous est toute l’Europe, toute l’Asie; devant vous c’est la mer et toute la mer. (Aquí acaba el viejo mundo, he aquí su punto más avanzado, su limite extremo. Detrás vuestro está Europa entera, toda Asia, enfrente está la mar y toda la mar.) On ne songe pas au désert sans les caravanes, à l’Océan sans les vaisseaux. (No se sueña un desierto sin caravanas, en el Océano sin navios). Con estos pensamientos regresaron, sobre el acantilado, a Le Conquet. De la villa escribió que ne vaudrait pas la peine de s’être dérangé pour le voir s’il n’y avait non loin l’abbaye démantelée de Saint-Mathieu. (no valdría la pena molestarse en verlo sino fuera porque tiene cerca la desmantelada abadía de Saint Mathieu.) 

Y el faro, construido junto a las ruinas de la abadía pocos años antes, en 1835, señala junto al de la península de Kermovan y el de Pierres Noires, los limites de este particular fin del mundo. El de Saint Mathieu luce, casi con orgullo, su propio nombre pintado en la parte superior del torreón. Sus destellos son visibles a una distancia de treinta y cinco quilómetros.

A mediados del XIX una gran polémica estalló por la decisión de renovar la iglesia parroquial debido a su ruinosa conservación. Esta estaba ubicada hasta el momento en la barriada de Lochrist, de hecho antiguo núcleo de la población en tiempos de las incursiones normandas y piratas a la costa. Entonces Le Conquet no era más que el pequeño puerto. Con los años el peso especifico entre ambos núcleos se había invertido y Le Conquet había adquirido una mayor relevancia. La consecuencia lógica fue que se decidió levantar la nueva iglesia en el más habitado. En la construcción del nuevo templo se reutilizaron elementos y material de la antigua iglesia y de la hoy desaparecida capilla de Saint Christophe. La nueva iglesia de la Sainte Croix fue completada e inaugurada en 1858 por el obispo de Quimper, y el resentimiento, transformado en batalla de campanarios, se prolongaría durante cinco años. Los restos del cura loco, Michel Nobletz, también fueron trasladados de Lochrist a la recién estrenada basílica.

Le Conquet fue sacudido a finales del siglo XIX por varias misteriosas muertes violentas acaecidas en el Hôtel de Bretagne, en la Grand Rue de la villa. El 12 de julio de 1885 desapareció sin dejar rastro uno de sus huéspedes, un tratante de caballos normando llamado Eugène Emeric, del que se sabía que llevaba consigo una importante cantidad de dinero, unos dos mil francos, bien fuera para comprar equinos o producto de la venta de estos. Sin testigos, la investigación policial se desvaneció en el tiempo. Dos años más tarde, una tarde de mayo, un campesino de Kerzoniou, de nombre Jérôme Leizour, encontró cerca de un camino unos restos humanos. El informe policial los reconoció comme étant celui de Le Hoult Eugène Emeric dit “Courval”, ...né a Sap canton de Vimoutiers dans l’Orne, âgé de 53 ans, fils de défunt Théodore et de Le Charpentier Nathalie Eugénie, époux de Boutellier Désirée Florence...signe Keriguy, maire. Fue inhumado en el cementerio de Plougonvelin. Dos años más tarde la esposa del hotelero, de la que se contaba que era excesivamente amante de la botella, fue encontrada ahorcada en su propia habitación. Inicialmente su marido y propietario del inmueble, Louis Besson, fue el principal sospechoso y fue acusado de la muerte,  incluso se especuló con un posible vinculo en la luctuosa desaparición del tratante de caballos. El proceso contra Besson fue visto para sentencia el 18 de febrero de 1900. Un jurado popular, ante las débiles pruebas que lo inculpaban y sin encontrar relación con la muerte del viajante, lo declaró inocente.

Hoy en día el puerto de Le Conquet, cerrado al norte por la península de Kermovan, continua siendo un notable centro pesquero, donde amarran casi una cuarentena de embarcaciones. Se captura especialmente el tourteau, el buey de mar, que se pesca junto a rapes, rayas, lubinas, lenguados y rodaballos. El puerto es también el principal enlace con las islas de Molène y Ouessant y un buen lugar donde degustar la mencionada pesca. En Saint Mathieu, más tranquilo aun si cabe, quedan unas pocas casas vecinas a la antigua abadía, un hotel, un restaurante y unos servicios públicos.

© J.L.Nicolas

 

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