Belfast - Béal Feirste

17.03.2014 12:50

La ciudad se despereza en un día que amanece poco nublado. Hace un tiempo aceptable que hará innecesario abrir el paraguas, aunque no llegará a brillar el sol. The Sun, el diario, está doblado sobre la única mesa del Caffe Italia. Solo pasar la primera página ya hay buenas noticias. En la tercera está Samantha, es de Manchester y próximamente aparecerá en algún calendario. El dueño del café sirve diligentemente sus desayunos, todo casero. Sirve al barrendero que envuelto en su chaleco reflectante estaba recogiendo con un pincho pedazos de papel y colillas. Sirve a una secretaria cuarentona que se lleva rauda entre las manos su cappuccino caliente.

Gordon street, aquí donde el café, es una pequeña calle enladrillada por completo. Hay obra vista en las fachadas de la derecha y en las de la izquierda. Los luminosos de las discotecas sugieren la actividad nocturna. De día parecen transformarse en ajetreados almacenes y ocupadas oficinas. Belfast despierta y el rumor del tráfico invade ya sus calles.

Béal Feirste fue una vez el vado arenoso de la boca del rio. Eso significa en gaélico (mouth of the Sandbanks) pero es también una ciudad dinámica en continua transformación. Aparte de ser un tópico es una realidad y la prueba está en su ecléctica arquitectura que ha conservado escasas muestras de su pasado, algunos edificios victorianos y eduardianos, como su magnifico ayuntamiento o la torre del reloj del Albert Memorial, referencia indispensable para orientarse.

La luz se hizo en Belfast en 1895, multiplicando la actividad industrial de la ciudad. El textil y los astilleros eran las principales fuentes de empleo, pero no las únicas. Cantrell & Cochrane, Grattan & Co, Ross’s o Royal Belfast Ginger Ale and Aerated Water Works eran tres de las principales factorías de agua mineral y refrescos gasificados. Ross’s reclamaba para sí haber creado el gin tonic con sus aguas cargadas de quinina. Había té, Lipton, y tabacos, Gallaher’s, cervecerías, Caffreys o McConnell’s y el señor Johnston triunfaba en Ann street con su tienda de paraguas, y los tranvías rodaban sobre los raíles en Castle Junction, allí donde Royal Avenue se encuentra con Castle place.

Entre los edificios que han sobrevivido, al margen del monumental consistorio en Donegall square, está Custom House, las Aduanas, cerca de la mencionada torre, inclinada por cierto, del Albert Memorial. En los alrededores del ayuntamiento el Ulster Hall, antiguo palacio de la música, ha visto en su escenario combates de boxeo y conciertos de rock. La Grand Opera House vio actuar a la gran Sarah Bernhardt, mientras enfrente, el victoriano Crown Liquor Saloon, inaugurado el mismo año en que llegó la luz, está decorado con un mosaico representando a la corona británica, que según dicen, el propietario, republicano, quiso colocar en el suelo para que fuese pisoteada. Cerca, en Fountain street, está la Linen Hall Librery, fundada en 1788 es la biblioteca pública más antigua de Belfast. Posee la colección más importante que existe de documentación sobre los años de los disturbios. También conservan, encuadernados, los números del Belfast Newsletter, el diario más antiguo del país.

Un poco más al norte, antes de llegar al barrio de la Catedral, sembrado de pequeños restaurantes y animados pubs están The Entries. De hecho esta es la parte más antigua de la ciudad ya que el resto fue muy dañado por los bombardeos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Aquí, entre High street y Ann street hay un conjunto de estrechas callejuelas y oscuros pasadizos que conectan ambas calles y conservan algunos de los locales con más solera: The Morning Star, Pottinger’s Entry, The Globe o White’s Tavern.

Al sur, en el barrio de Queen’s está la Universidad y los Royal Botanic Gardens. Al este, el palacio de Stormont, alejado de todo, acoge al parlamento norirlandés. En los jardines, antes de llegar a la entrada se levanta la estatua del líder unionista Edward Carson quien hace un ostentoso gesto que, en la distancia, podría ser malinterpretado.

Belfast ha pasado de la tradición de la barca del Uí Neill lanzando su mano roja al novísimo museo del Titanic. Cerca de los muelles que lo vieron partir en su primer, único e incompleto trayecto, se ha construido un enorme conjunto museístico dedicado enteramente al trasatlántico, con una fachada que recuerda con nitidez su proa construida a escala real. En su interior se recrea desde su construcción en los astilleros Harland and Wolff hasta los últimos momentos que se vivieron en las frías aguas del Atlántico Norte.

El centenario del Titanic ha potenciado la transformación del barrio de los antiguos astilleros. Además del museo se han construido nuevas viviendas, un complejo comercial, el Odyssey Arena y otros equipamientos que han dado una nueva vida a la desembocadura del rio Lagan. Este ha sido saneado hasta el punto que los salmones han vuelto a nadar en sus aguas. Una estatua representando un ejemplar enorme de diez metros, que han llamado the Big Fish,  cubierto de imágenes y textos relacionados con la historia de la ciudad, lo celebra. Cerca de esta, entre el Waterfront Hall y el rio, otra estatua quiere representar a una figura femenina alegoría de la reconciliación, la paz y la esperanza. No escapa a la sorna irlandesa, la cual la ha transformado en The Girl with the Ball, la chica de la bola, o The Thing with the Ring, la cosa esa del anillo.

El escritor de la ciudad Robert McLiam Wilson la usó como escenario de las satíricas tramas de las relaciones de sus personajes, protestantes y católicos que medran en el ambiente propicio surgido durante los últimos años del conflicto. Como los extremistas carecen de sentido del humor el autor acabó amenazado por radicales de ambos bandos. Su novela, Eureka Street, arranca en una andadura nocturna por Lisburn road.

Los años de los disturbios, The Troubles, pasaron una cara factura a los ciudadanos de Belfast. De las 3376 víctimas que causó el conflicto 1647 habitaban en la ciudad. Aunque la violencia sectaria se centrara en algunos barrios obreros del este y entre Shankill y Falls road en el oeste. Aun hoy en día diecisiete muros separan a barrios que estuvieron enfrentados. Les llaman eufemísticamente Peace Lines, y continúan cerrando sus puertas al trafico rodado a las seis de la tarde. Sus seis metros de altura dificultan más que considerablemente el lanzamiento de objetos o artefactos.

La Reina visitó Sandy Row, bastión lealista, en 1966, y aun quedan para fijar la memoria y las ideas sus retratos junto a la omnipresente, en el barrio, Union Jack.

Durante los peores años el Hotel Europa alojó a la mayoría de periodistas que cubrieron el conflicto. Era una caja de resonancia perfecta así que este hotel sito en Great Victoria street, de cuatro estrellas, inaugurado en julio de 1971, se convirtió en el alojamiento que sufrió más explosiones de bombas de la época, incluyendo en las estadísticas a Beirut, la capital libanesa, en plena guerra civil.

Sobre Cave Hill, la colina que domina la ciudad, se distingue desde la desembocadura del Lagan a los distintos pináculos que salpican el perfil urbano, la catedral de St Ann y los escasos edificios que se proyectan hacia las alturas. Se aprecia que no hay vencedores ni vencidos. Aquí, según el poeta local Derek Mahon, estaba el final de cada calle. The Hill at the top of every street.

© J.L.Nicolas

 

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