Carmen y las Colinas de Chocolate

15.01.2016 10:13

Parece el nombre de un cuento y prácticamente lo es. Érase una vez una isla rodeada de más islas donde dos gigantes enemistados la emprendieron a pedradas uno contra otro. Tal era su descontento que la pelea se prolongó durante días y días hasta que, finalmente exhaustos comprendieron que no habría vencedor y trabaron amistad. Al abandonar el escenario de su pelea dejaron atrás un enorme caos de piedras sueltas que a ojos humanos parecen colinas.

Otra versión, más romántica, defiende que otro gigante, de nombre Arogo, se enamoró locamente de Aloya, una simple mortal. La muerte de Aloya le causó tal pena y desconsuelo que inició un interminable llanto. Cuando sus innumerables lágrimas secaron formaron el paisaje de las Colinas de Chocolate. 

Las Colinas de Chocolate se suceden casi infinitamente en el paisaje del centro de la isla de Bohol, en las Bisayas Filipinas. Cuentan que hay entre mil doscientos y mil setecientos montículos de tamaño muy similar, de entre  cincuenta y cien metros de altura, esparcidos en una área de unos cincuenta quilómetros cuadrados entre los municipios de Carmen, Sagbayan y Batuan. El nombre se entiende cuando llega la estación seca a partir de abril y la hierba y los helechos que cubren las colinas y el territorio se marchitan y mueren. El paisaje se torna marrón en un tono cercano al del chocolate recién hecho, cuasi rojizo en las puestas de sol y en los amaneceres isleños.

La realidad, más prosaica que las fabulas, quiere que el origen de las colinas, geológicamente hablando, se encuentre miles y miles de años atrás, cuando tras la retirada del océano la erosión de la piedra caliza de origen coralino que cubría lo que fue fondo marino dejó estas formaciones.

Avanzando en el tiempo hasta 1563 hallamos a Miguel López de Legazpi, el conquistador español, sellando un pacto de amistad con el caudillo de la isla, el rajá Sikatuna. Avanzando un poco más, hasta el día de hoy, encontramos exactamente la misma escena. Ahora transformada en un conjunto inmóvil de cuerpos de bronce que recuerdan ese tratado junto a la playa de Bool, a pocos quilómetros de la mayor ciudad de Bohol: Tagbilaran. En esta última los triciclos motorizados, aquí llamados motorelas, que se usan como transporte publico de proximidad están decorados como si fuesen los omnipresentes jeepneys. Para redondear el ornamento añaden citas bíblicas al conjunto multicolor.

Bohol posee y conserva buenos ejemplares del legado arquitectónico colonial. A siete quilómetros al este de la ciudad, en Baclayon, los jesuitas construyeron una gran iglesia fortificada, la de la Inmaculada Concepción, que ampliaron con un convento en 1872. Tiene un museo adjunto en el que conservan reliquias religiosas y libretos de música eclesiástica en latín.

Siguiendo por la misma carretera costera se llega a la desembocadura del río Loboc, una corriente navegable hasta las cataratas Busay. Algunas empresas facilitan un crucero sobre grandes balsas de bambú motorizadas y preparadas con techos de hoja de palma y sillas y mesas para ofrecer una comida de pic-nic a los viajeros. El lento recorrido sobre las aguas del río hace recordar algunos pasajes de El Corazón de las Tinieblas de Joseph Conrad, o en su versión cinematográfica Apocalypse Now, con la agradable diferencia que lo que se encuentra por el camino no son las violentas hordas del coronel Kurtz sino a jóvenes isleñas que bailan para entretener a los turistas en las paradas que hace la embarcación.

Antes de llegar a Carmen hay, en Corella, una zona de protección del tarsier, Carlito Syrichta en su nombre científico. El tarsier es un pequeño primate que habita algunas zonas de las islas del sudeste asiático. Apenas miden quince centímetros, viven en los árboles y su cola que les dobla en longitud les sirve para balancearse y saltar entre ellos. Tienen unos desproporcionados ojos saltones que llaman la atención y que parecen estar reclamando que les expliquen un cuento, quizás alguna variante de las leyendas de las colinas de chocolate de Carmen.

© J.L.Nicolas

 

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