El Camposanto de Menfis

07.07.2014 10:40

Menfis, la que fue una de las mayores ciudades del mundo antiguo, a orillas del Nilo, dispuso en la de poniente, la que corresponde al mundo de los muertos, de una necrópolis excepcional. Sus famosas Pirámides son la única de las maravillas de la antigüedad que aun resiste en pie.

Los griegos adaptaron el nombre de un mausoleo, el de Men Nefer Pépi, como el nombre de la ciudad entera, Menfis, y el de un templo dedicado a Ptah, Hut ka-Ptah, lo acabaron aplicando a todo el país, convirtiéndolo en Aiguptos, Aegyptus para Roma. Se cree que Menes, o Narmer como también era conocido el primer monarca legendario que unió los dos reinos, el Bajo y el Alto Egipto, fundó la ciudad en el lugar donde se encuentran el valle y el delta del Nilo y los gobernó desde allí. La ciudad que era conocida por el gran y deslumbrante muro blanco que la protegía y que le daba nombre: Inebou Hedjou, posteriormente simplificado a Ineb Hedj, la fortaleza del muro blanco. Y entre sus muros destacaba el Gran Templo de Ptah, donde Alejandro Magno se hizo coronar faraón  y que Herodoto describió después de visitarlo.

Capital del Antiguo Imperio, Menfis fue una gran urbe que en algún momento llegó a acoger a medio millón de habitantes. Fenicios, griegos, judíos, armenios, libios y nubios tenían sus barrios en una ciudad enteramente cosmopolita. Incluso durante los periodos en que no fue capital de los dos reinos, eclipsada por Tebas, Heliópolis, Tanis o Sais, no dejó de ser una urbe destacable. Su decadencia no llegó hasta que la dinastía Ptolemaica desplazó sus intereses al litoral y su capital a Alejandría. La arena del desierto y el reaprovechamiento de sus piedras como cantera para construir la nueva ciudad árabe de El Cairo borró del mapa a la antigua gran capital egipcia, pero en absoluto a sus necrópolis de la ribera contraria, en particular la de Guiza y sus tres famosas pirámides de Keops, Kefren y Micerinos, aunque la más antigua esté más al sur, en la necrópolis de Saqqarah.

Cinco siglos antes de nuestra era el historiador griego Herodoto de Halicarnaso visitó la ciudad y recibió de sus sacerdotes la relación de los reyes que habían gobernado el país. Herodoto transcribió esos conocimientos en el Libro Segundo y Tercero de su Geografía y en el segundo, Euterpe, de los Nueve Libros de la Historia. Diodoro de Sicilia, un siglo antes de Cristo, añadió precisiones a las descripciones de Herodoto que aun ampliaría Estrabón en el siglo I. Dos geógrafos e historiadores árabes, Abdul Al Latif Al Baghdadi y Ahmad al Maqrizi, también se ocuparían de Menfis en la Edad Media. El primero afirmaba que las “ruinas de Menfis ocupaban medio día de camino en cualquiera que fuese la dirección tomada”. Sus escritos en árabe fueron traducidos primero al latín y finalmente, en 1800, al francés titulándolos Abdollatiphi historiæ Ægypti compendium.

Cuando Napoleón y sus tropas se pararon a contemplar la Esfinge y las Pirámides acompañados por la Comission des Sciences et des Arts de l’Armée d’Orient iniciaron un excepcional trabajo de catalogación y descripción de cuantas antigüedades descubrieron en el país, desde el delta del Nilo hasta tierras de Nubia. El enciclopédico resultado se titulo Description de l'Égypte, ou Recueil des observations et des recherches qui ont été faites en Égypte pendant l'expédition de l'Armée française y ocupó treinta y siete volúmenes en su segunda edición. No faltaron detalladas laminas que proporcionan una preciosa información del estado en que se encontraron las tumbas de los faraones y un mapa de la región, la primera en situar con precisión el emplazamiento de Menfis.

Tal como Menfis fue una de las mayores ciudades de su época, sus necrópolis reflejan unas dimensiones parejas. Discurren paralelas a lo largo de casi cincuenta quilómetros junto al río, entre Abu Roash, al norte y Al Lahun al sur. En medio están las de Guiza, Abusir, Saqqarah y Dashur. En esta franja de terreno se levantaron casi un centenar de pirámides.

La mayor de ellas y la más conocida es la de Guiza, en la meseta que se halla actualmente en las mismas afueras de El Cairo, así ha crecido la ciudad moderna. Allí están las tres grandes pirámides de los faraones de la cuarta dinastía. La Gran Pirámide de Keops fue concluida alrededor del 2570 AC. Dos millones trescientos mil bloques de piedra, de una media de dos toneladas y media de peso forman la enorme mole que originalmente llegaba a los 146 metros de altura. Con la perdida del revestimiento calizo externo y la erosión ha menguado en casi una decena. A ambos costados, este y oeste, hay dos cementerios, en el oriental se hallaron las fosas donde se guardaron las barcas solares, las que supuestamente debían conducir al faraón hasta el reino de los muertos. Una de ellas de cuarenta y tres metros de eslora, fue reconstruida y se exhibe en el museo construido a propósito junto a la pirámide.

La de Kefren, fue originalmente menor aunque en la actualidad el desgaste de Keops la ha convertido en la más alta, también es la única que conserva la parte superior del revestimiento calizo. En su lado oriental la pirámide tiene continuidad en un complejo funerario con un templo y una calzada procesional que conduce hasta la Gran Esfinge, la estatua que representa un descomunal cuerpo de león con el rostro que se supone el del faraón Kefren. De frente se perfila contra la pirámide del mismo faraón y junto a ella hay un par de templos de épocas distintas. El nombre árabe de la esfinge es Abu al  Hol, el padre del terror. En la mitología griega la esfinge es un demonio destructor que se representa con rostro de mujer y cuerpo de león alado. Los coetáneos de Alejandro Magno debieron encontrarle el parecido.

La tercera pirámide es la de Micerinos o Menkaure, apenas ocupa una decima parte del volumen de la Gran Pirámide, pero está acompañada de tres pirámides menores, llamadas de las Reinas.  La cara norte fue horadada en el siglo XII por orden del sultán mameluco Osmán Bey en un intento  infructuoso de dar con la entrada de la tumba. En el exterior otra calzada lleva hasta el templo homónimo y a la tumba de la reina Khentkaus. Y a dos pasos la barriada de Nazret al Samaam.

Diecisiete quilómetros al sur está la necrópolis más antigua de Menfis, Saqqarah donde los primeros enterramientos pertenecen al periodo de la primera dinastía. Se cree que aquí pudo ser enterrado el rey Narmer. La obra más notable es la pirámide escalonada sugiriendo una superposición de seis mastabas. También se la conoce como Dyeser Deyeseru, la más sagrada, situada en un gran patio amurallado con acceso a través de una sala hipóstila de cuarenta columnas en forma de tallos de palmera y de papiro.  Su diseño se atribuye al primer arquitecto de la historia cuyo nombre ha trascendido. Se trata de Imhotep quien la construyó para el segundo faraón de la tercera dinastía, Zoser, quien gobernó entre el 2665 y el 2645 AC. Una inscripción hallada en la base de una estatua en Saqqarah enumera los cargos del arquitecto: Tesorero del Rey del Bajo Egipto, Primero después del Rey del Alto Egipto, Administrador del Gran Palacio, Señor Hereditario, Sumo Sacerdote de Heliópolis, Imhotep el Constructor, escultor, hacedor de vasijas de piedra. La necrópolis de Saqqarah fue utilizada durante tres mil quinientos años.

En la época ptolemaica se construyó el Serapeum, un templo dedicado a Serapis, dios mixto, combinación de Osiris y Apis, que debían acercar a griegos y egipcios. Unas catacumbas albergan sarcófagos que contienen toros momificados. Se creía que Apis era una encarnación de Ptha, el dios de Menfis.

Hoy, por encima de donde estaban las ruinas de Menfis, vive la gente de la barriada del extrarradio llamada Mit Rahina. Lo más aparente de la antigua metrópoli se encuentra en un pequeño museo donde su pieza más importante es una gran estatua de Ramsés II a la que le faltan las piernas y se exhibe tumbada. Hay más ruinas en los alrededores, vestigios del Gran Templo, la mayor parte de los cuales han acabado formando parte de los numerosos depósitos del Museo de El Cairo. Enfrente hay una gran plaza sin asfaltar, medio ajardinada, donde se han concentrado algunas reliquias más: una esfinge, estelas y elementos arquitectónicos diversos que parecen adornar el árido jardín donde los perros se afanan en buscar una sombra bajo la que refugiarse.

© J.L.Nicolas

 

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