El Mar Interior

04.10.2013 10:49

Desde la perspectiva que proporciona la altura a un satélite Túnez parece un país partido en dos. Descendiendo a vista de pájaro la fractura parece una especie de lago o mar interior. La aproximación a tierra lo convierte en el enorme reflejo de un desierto salado. Chott el Jerid, Chott el Garsa y Chott el Fejaj forman tres grandes depresiones y un gran lago salado, del que, cuando llega el verano, apenas queda la sal.

Chott el Garsa es un gran erial yermo que abarca la nada entre la frontera con Argelia y la ciudad de Tozeur, debe de extenderse por el producto de la multiplicación de una cincuentena de quilómetros por otros veinte. Mucho mayor, suma unos siete mil quilómetros cuadrados, Chott el Jerid es un enorme lago salado, de una profundidad a veces despreciable, que casi llega hasta el golfo de Gabés. En invierno, cuando realmente contiene un poco de agua, alguna zona es navegable en botes de poco calado. El resto del año su superficie es más bien resplandeciente, tanto como los espejismos que provoca la temperatura del aire en la lejanía. Espejismos que revierten en la misma sal, interminable, infinita, que se prolonga en todas las direcciones hasta más allá de donde alcanza la vista. Una carretera atraviesa transversalmente el flanco nordeste del desierto blanco. Une las ciudades de El Hamma con Kebili, y más allá, Douz, la puerta del desierto, en este caso de arena, el Sahara.

Chott el Jerid quiere significar aproximadamente lago de las palmeras. Un suelo de arcilla carente de vegetación sostiene la extensa capa de sal. También sostiene a una empresa que emplea a medio centenar de trabajadores: Sahara Sal. En verano las temperaturas oscilan entre los veinticinco y los cuarenta grados centígrados, si sopla el siroco, el viento que llega del sur, puede elevar la temperatura diez grados más. Así no es raro que la escasa agua que se acumula tienda a desaparecer. La lluvia más que una rareza es una anomalía. Estadísticamente la depresión recibe apenas ciento cincuenta milímetros anualmente. De hecho la mayor parte de la escasa humedad aflora de las capas freáticas. En los charcos que permanecen en verano junto a la arcilla subyacente las cristalizaciones salinas forman espectaculares películas de marcadas tonalidades rojizas. Otras se funden en el reflejo de un cielo profundamente azul añadiéndole matices de verde turquesa.

A medio camino de ninguna parte un mojón señala la distancia hasta Kebili: cuarenta y nueve quilómetros. En el arcén opuesto una destartalada caseta de obra se complace en anunciarse como una tuilet (sic) con servicios confor (sic) y normal.  Ambas carecen de puerta. No hay puertas en el desierto.

La concentración de estas grandes depresiones y su continuación en territorio argelino dió la idea a un funcionario francés, François Élie Roudaire, de inundarlas para, al modificar el clima local, generar tierras cultivables. Roudaire creía que se trataba de la bahía de Tritón descrita por Herodoto. Expuso su proyecto en mayo de 1874 en la Revue des Deux Mondes en un articulo titulado Une mer intérieure en Algérie y contactó con Ferdinand de Lesseps para solicitar su colaboración. Lesseps había finalizado recientemente el Canal de Suez. Un nuevo canal debía inundar desde Gabés el Chott Melghigh, en Argelia, atravesando Chott el Jerid, pero los elevados costes de la obra motivaron que el ministro francés de Trabajos Públicos lo desestimara el 28 de julio de 1882. Julio Verne se inspiró en el asunto para escribir su última obra L’Invasion de la Mer.

La mayor ciudad junto a los chotts es Tozeur, que ya en el siglo XV era parada obligada de las grandes caravanas que atravesaban el desierto. Aun a mediados del XIX la cruzaban los esclavos que eran llevados al gran mercado de Kebili. El oasis alimenta el gran palmeral de Tozeur, donde veinte mil palmeras generan, además de la industria de la sal, la principal fuente de ingresos de la población. Sus dátiles, los Deglet Nur, son translucidos, dulces y jugosos, están entre los mejores del país aunque no lo son menos que los de la vecina Nefta, donde el palmeral, el oasis y la propia ciudad son una versión reducida de Tozeur. Un gran barranco circular conocido como La Corbielle, la cesta, alberga a una buena parte de las palmeras de la ciudad, además separa Al Bayadha, el barrio nuevo, de Ouled al Cherif, el casco antiguo. Otro producto de la región son las rosas del desierto, curiosas formaciones de sulfato de calcio hidratado que cristalizan a millares bajo la arena.

Nefta, tras Kairouan, es la segunda ciudad sagrada del país. En el siglo XVI era un importante centro de la corriente sufí del Islam que llegó a contar con un centenar de mezquitas y docenas de madrasas. Aquí está el mausoleo de uno de los santos sufíes, Sidi Bou Ali. De Nefta partió Tarik ben Zayid con doce mil bereberes en el año 711 para cruzar el estrecho y quedarse en la otra orilla durante ocho siglos.

Dejando atrás el mar interior, el Chott el Jerid y cruzando la lánguida población de Tamezret, se llega a Matmata, conocida por las viviendas troglodíticas de sus alrededores protegidas por la mano de Fátima y porque en ellas y en estos paisajes Georges Lucas rodó La Guerra de las Galaxias. El Hotel Sidi Driss fue escenario de la infancia de Luke Skywalker y fue en el mismo Chott el Jerid donde contempló dos lunas en el firmamento. Quizás un espejismo.

© J.L.Nicolas

 

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