El Paraíso es Bajito

19.12.2012 11:36

De hecho, en su punto más elevado, no sobrepasa los dos metros treinta, mientras la media se queda en metro y medio. Así que ya hay motivos para preocuparse por la subida del nivel del mar en un escenario de cambio climático. Más aún, recordando las consecuencias del maremoto del 26 de  diciembre de 2004.  Sus trescientos cincuenta mil habitantes se reparten en 1.196 islas, de las que menos de doscientas están habitadas, agrupadas en 26 atolones inmersos en un clima tropical que no suele bajar de los 25 grados centígrados en todo el año. Alá fue generoso con los habitantes de este Edén. Es Dhivehi Raajje, la República (Islámica) de Maldivas.

 

Los primeros habitantes provenían seguramente del subcontinente indio, mantuvieron contactos comerciales con Mesopotamia, Egipto y Roma. Antes de la llegada del budismo a las islas adoraban al sol y esa es la razón por la que los antiguos templos, sobre los que posteriormente se asentarían las mezquitas, estaban orientados en dirección a poniente.

Oficialmente el archipiélago se convirtió al Islam en 1153, pero algunos relatos populares sugieren que la conversión empezó un par de décadas antes. Según The Book of Ancient Meedhoo History de Al Allamah Ahmed Shihabuddheen, transcrito en el siglo XVIII, un tal Yoosuf Gadir y su familia, de origen magrebí, llegaron a Meedhoo, en el atolón sureño de Addu, un 17 de ramadán del año 519 de la Hégira (1125). Elhai Haaru Dhoraaboo, su anfitrión, les relató los sufrimientos que padecían en la capital, Malé, a causa de un demonio que mensualmente exigía cómo tributo a una joven virgen. Según otra versión en lugar de un demonio se trataba de la diosa del Océano Rannamakaaru Devi. Gadir se dirigió a la capital y la noche en la que se debía ofrecer el tributo se disfrazó de doncella. Pasó la noche recitando uno tras otro versículos del Corán. El demonio no apareció. El mes siguiente se repitió la estratagema con el mismo resultado. Convencidos, el rey y sus súbditos se convirtieron al Islam. Aún según otra versión, que se encuentra en la Crónica de los Reyes de Maldivas, el héroe no era magrebí sino persa de Tabriz. Su nombre Yusuf Shams-al-Din.

A partir del siglo XVI portugueses, holandeses, franceses e ingleses se fueron sucediendo en la protección del archipiélago. No sería hasta el 26 de julio de 1965 y una vez sofocadas las revueltas secesionistas del sur, donde se quiso establecer la República de las Islas de Suvadiva Unidas, que los británicos no reconocieron la completa soberanía de la República de Maldivas.

Durante muchos años la principal fuente de ingresos, por una razón más que obvia fue la pesca. Aún en la actualidad es un recurso importante ya que la industria del pescado continua produciendo conservas y salazones que se exportan básicamente a la región. El atún seco es delicioso mezclado con coco y especias. El plato se llama sambol. El sambol picante de Sri Lanka no existiría sin el pescado seco de Maldivas.

Y llegó el turismo, que hoy se ha convertido en la primera fuente de ingresos del país. Pero el turismo en Maldivas es selectivo. Y selectivo significa caro. No hay mochileros haciendo autoestop. Los taxis son aéreos, y los dhonis, embarcaciones, no paran a nadie en medio de un trayecto entre islas. Los hoteles están absolutamente aislados, cómo es lógico. De hecho, las concesiones que proporciona el gobierno para instalar una industria hotelera vienen precedidas de unas severas restricciones: el gobierno facilita el emplazamiento, habitualmente una pequeña isla deshabitada en la que hay que producir electricidad y conseguir agua potable y por otra parte no generar residuos. Obviamente no es posible arrojarlos al mar, que es el principal atractivo de las islas, tanto en la superficie como bajo ella.

Las consecuencias de esta política turística son dobles: el país se ha conservado más o menos virgen, ya que la afectación del turismo sobre el territorio es escasa.  También sobre la población, que en general se mantiene al margen tanto del contacto con los extranjeros como de los beneficios económicos que la industria turística reporta al país.

Emboodhoo es un ejemplo más. A escasa distancia de la capital, en el atolón del Sur de Malé, se puede acceder en dhoni. La isla tiene trescientos metros de ancho por ciento cincuenta de largo, o viceversa. En este somero espacio alberga un hotel con 125 bungalows, algunos de ellos sobre el mar. Otros complejos hoteleros en atolones más alejados precisan de transporte aéreo, generalmente facilitado por pequeños hidroaviones de seis u ocho plazas.

 Las playas son de postal. La mayoría de hoteles proporcionan servicios de snorkel o de buceo. El submarinismo se ha convertido en uno de los principales atractivos del archipiélago. Independientemente del nivel hay puntos de buceo para todos los gustos: Bathala, Eilladhoo, Medu Thila, Maaya Thila... Y es un buen lugar donde iniciarse. En definitiva, es como sumergirse en un templado acuario acompañado de tortugas, langostas, pequeños escualos y un sinfín de peces tropicales.

Todo depende del tipo de paraíso que se tenga en mente. Si es más o menos estándar: playa tropical, holgazanear bajo un cocotero y remojarse cuando apetezca...funciona!.

© J.L.Nicolas

 

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