En la Bahía de las Islas

05.05.2013 11:50

El capitán James Cook, responsable de una buena parte de la toponimia del Océano Pacifico, gustaba de inspirarse para esta en sus amigos del almirantazgo o en la familia real inglesa. En otros casos no abusaba de la imaginación y prefería referirse a lo obvio. Ese fue el caso de Bay of Islands, la Bahía de las Islas, donde ancoró, entre las islas de Motuarohia y Motukauri, a finales de noviembre de 1769 durante su primer viaje con el HMS Endeavour, en el que trazó con afinada precisión la topografía costera neozelandesa.

Unas 147 islas e islotes siembran esta gran bahía situada en la costa nororiental de la Isla del Norte, en la que, unos setecientos años antes que el explorador inglés arribase, fue poblada por los tripulantes de Mataatua, una de las más grandes canoas de la migración maorí.

La pequeña villa del dulce pingüino, Kororareka en maorí, o también Russell, fue uno de los primeros núcleos poblados en la bahía. Cuando llegó Cook ya estaba establecida la tribu Ngare Raumati. Se dice que el nombre tiene su origen en las palabras que pronunció un jefe maorí, quién, herido en la batalla, pidió un caldo de pingüino. Tras beberlo murmuró: Ka reka te korora, (Que dulce está el pingüino). Con la llegada del inevitable hombre blanco se desarrolló un puerto ballenero. Ex convictos, vendedores de grog y otras gentes de moral relajada se establecieron en la localidad hasta que consiguieron que se la conociera por el sobrenombre de Hellhole of the Pacific, el infierno del Pacífico.

En los años cuarenta, del siglo XIX, pasaron muchas cosas. En febrero del mismo 1840 se firmó en Waitangi, pocos quilómetros al oeste de Russell, en la misma bahía, el tratado homónimo. En mayo de 1841 se convirtió en la primera capital de Nueva Zelanda hasta que poco menos de un año después, en marzo de 1841, esta se trasladase a Auckland. Tres años más tarde, el gobernador Hobson bautizó la ciudad con el nombre de Russell, Lord John Russell era el Secretario Colonial Británico del momento.

Datada en 1836, dicen los lugareños que su iglesia, anglicana, es la más antigua del país. Junto a ella, un recogido cementerio alberga algunas viejas lápidas, entre ellas la del jefe de los Ngapuhi, Tamati Waka Nene, primero en reconocer la soberanía de la reina inglesa sobre Nueva Zelanda. O la de un joven, fallecido a los 22 años, recordado por un piadoso poema: Free at last from all temptation / No more need of watchfull care/ Joyful in complete salvation/ Given the victor’s crown to wear  (Libre por fin de toda tentación/Sin más necesidad de cuidadosa observación/ alegre en la completa salvación/con la corona de los victoriosos para lucir). Otra tumba recuerda a los seis marineros de la balandra de dieciocho cañones HMS Hazard,  que murieron el 11 de marzo de 1845 en una escaramuza con un grupo de maoríes.

Russell posee también su pequeño museo. Y a pesar de su tamaño no deja de ser interesante, o, por lo menos, curioso. Conservan un modelo a escala 1:5 del navío de Cook, el Endeavour. Poseen la más amplia colección que hay en el mundo de astas derribadas por el jefe maorí Hone Heke durante la guerra de las banderas de 1840, así como una extensa selección de fotografías históricas de la población, como aquella del equipo escolar de hockey que en el curso de 1911 batió al de la vecina escuela de Kawakawa.

El mismo museo exhibe algunos objetos, una cámara y unos binoculares, que pertenecieron al célebre escritor Zane Grey, quien en 1926 visitó Bay of Islands, en búsqueda de entes con escamas a los que echar el anzuelo. El hijo del novelista manifestó en una ocasión que su padre dedicaba una media de trescientos días al año a la pesca de altura. En la bahía neozelandesa popularizó ese deporte. Los franceses ensayaron una variante: provocar el naufragio del barco. Especialmente si su nombre era Rainbow Warrior y pertenecía a un grupo ecologista que tenía la pretensión de entorpecer las pruebas nucleares que se realizaban en Mururoa. El 10 de julio de 1985 un comando de los servicios secretos galos hizo estallar un artefacto que hundió el navío en el puerto de Auckland y provocó la muerte de un fotógrafo que estaba en su interior. Fue el primer atentado terrorista habido jamás en territorio de Nueva Zelanda. El barco fue reflotado pero ante los daños que presentaba el casco se decidió hundirlo de nuevo, pero esta vez junto a las islas Cavalli, en la boca de Bay of Islands, para que se convirtiera en biotopo marino. Hoy es un pecio popular entre los submarinistas que visitan los centros de buceo de Paihia, en la bahía. A veinticuatro  metros de profundidad se aprecia la forma de la nave y se pueden observar las morenas y los peces piedra que ahora habitan en él.

Paihia, situada frente a Russell, casi en el fondo de la bahía, se ha convertido en el centro turístico de estas aguas para pescadores deportivos, buceadores y simples turistas que anhelan bañarse entre delfines. Estos últimos jamás lo conseguirán, siempre hay crías entre los cetáceos, circunstancia que prohíbe realizar la actividad. Las olas no lo aconsejan, es otra buena excusa. En realidad cuando se concentran hasta cinco o seis embarcaciones, ¿alguien se imagina a dos centenares de personas en el agua?. Para los delfines sería nadar entre humanos. Así que, en un paseo náutico, llegar hasta Hole in the Rock , el agujero en la roca, ya es casi un premio.

La última noche que pasé en Paihia estaba cocinando un pescado mientras miraba la televisión. En el primer canal, la One, ¿cómo no?, echaban Give us a clue, danos una pista, un concurso franquicia de la BBC, en el que los participantes debían descifrar una palabra mediante la mímica. Había abierto una botella de Robard Butler, un buen shiraz australiano y, antes, había ojeado el periódico. Esa noche era el solsticio de verano, ¡un 22 de diciembre! Además coincidía con luna llena y en el punto más próximo en que el satélite puede estar de nuestro planeta en su órbita. Teóricamente la luna llena debía apreciarse un siete por ciento mayor que en una fase normal. Acabé con el pescado y el vino y salí a pasear hacia Marsden road, junto al embarcadero. Tuve suerte. Ahí estaba, entre un siete y un catorce por ciento más bella de lo habitual.

© J.L.Nicolas

 

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