Escocia, Historias de la Frontera

17.09.2014 10:06

Al abandonar Northumberland, el último de los condados ingleses, se llega a una frontera casi invisible, la que separa Inglaterra de Escocia sobre las Cheviot Hills. Y sería completamente invisible si no existiera un gran cartel con la leyenda Fàilte gu Alba, (Bienvenidos a Escocia), una gran enseña de San Andrés y un puesto de salchichas. Desde el mirador se puede echar un primer vistazo a las recién holladas tierras escocesas. Las Lowlands ante nuestros ojos. Una extensa sucesión de suaves, apacibles y verdes colinas. Un interminable campo de golf.

Pero no siempre fue tan apacible. Las Scottish Borders, la frontera escocesa, fue durante largos años un interminable escenario de cruentos combates, incursiones, venganzas y de guerra entre ambos vecinos, no siempre bien avenidos.

Carter Bar, donde hoy esta el mirador, ...y las salchichas, se llamó una vez Rede Swire. Quizá fue cuando presenció el avance hacia el sur de las huestes del rey Mynyddog, de la tribu de los Gododdin, para ser heroicamente inmoladas por los invasores sajones en Catraeth. Su gesta se cantaría en la Edad Media en el libro Y Gododdin: Three hundred gold-torqued warriors / fearsome, splendid in action/ Alas, they did not return. (Trescientos áureamente forjados guerreros, temibles, esplendidos en el combate, ...ninguno volvió.)

Las fronteras tribales variaron a lo largo de los siglos. No se estabilizaron hasta 1018, con la derrota de los ingleses en Carhamon-tweed, durante el reinado de Malcom III. Se fijarían casi definitivamente en el tratado de York de 1237.

Las Guerras de Independencia de los siglos XIII y XIV generaron personajes de la talla de William Wallace y Robert the Bruce. Ambos combatieron a los ejércitos de Eduardo I, quien ya había subyugado a Gales. Wallace, quien sería Guardián de Escocia junto a Andrew Murray derrotó a las tropas inglesas mandadas por el conde de Surrey en la batalla de Stirling Bridge. Ocho años más tarde, en 1305, sería capturado a traición en Glasgow y conducido a Londres donde fue salvajemente ejecutado. Su cabeza exhibida sobre una pica y su cuerpo, desmembrado, repartido por el país. Hoy en día tiene dedicadas esculturas de cuerpo entero por todo el territorio: en el castillo de Edimburgo, en Aberdeen, y un enorme Monumento Nacional en las cercanías de Stirling. Incluso los ingleses le han dedicado una placa en el punto donde lo ultimaron, en Smithfield, donde el mercado de la carne, en el mismo corazón de Londres. Robert the Bruce sucedió a Wallace en la rebelión. Más afortunado, consiguió ser coronado rey de Escocia en marzo de 1306.

El siglo XVIII trajo las rebeliones Jacobitas, una sucesión de conflictos puntuales con un denominador común: dominar la corona y arrasar el territorio. Tras las Actas de Unión de 1707 el destino de Escocia estaría más íntimamente ligado al de Inglaterra. Jorge I, de la casa de Hannover, ascendió al trono en 1714 sin que el aspirante Jaime VII de Escocia y II de Inglaterra y su estirpe, la casa de Estuardo, asintieran convencidos. Los treinta años de conflicto generaron nuevos héroes. Robert Roy Mac Gregor quizá fue el más famoso entre ellos. O por lo menos de eso se encargaron las plumas de Defoe, Wordsworth y sir Walter Scott. En 1723 Daniel Defoe trazó una semblanza novelesca del personaje en The Highland Rogue. La biografía escrita por Scott, Rob Roy,  realzó  su carácter. William Wordsworth, durante una visita al país en 1803, escribió el poema Rob Roy’s Grave.

Los años que pasaron entre las guerras de independencia y las rebeliones jacobitas distaron de ser plácidos o pacíficos. Eran comunes las incursiones de saqueo entre un lado y otro de la frontera, a una y otra orilla del río Tweed, e incluso sin consideraciones a la nacionalidad de las victimas. Incluso cuando no había guerra el robo de ganado era una práctica común. Para protegerse de los saqueos se construyeron casas y torres fortificadas de dos y tres plantas, a menudo rodeadas de un muro para salvaguardar las reses, como la Smailhome Tower. Esta sufrió su peor periodo durante la guerra de 1540, la Rough Wooing (del rudo galanteo), causada por el intento del monarca inglés Enrique VIII de casar a su heredero Eduardo VI con Mary, heredera de la corona escocesa. En 1544 una incursión de reivers, saqueadores de la frontera, que duró dos días se hizo con un centenar de prisioneros y capturó seiscientas reses. Estos ataques forzaron a negociar a los terratenientes fronterizos su neutralidad, para intentar preservar sus bienes.

A mediados del siglo XVIII la propiedad de Smailhome Tower pasó a miembros de la familia Scott. Uno de ellos se convertiría en uno de los más prominentes  escritores escoceses. Sir Walter Scott conoció la torre en su infancia y durante los años que ocupó el cargo de alguacil en Selkirkshire, en las cercanías, se interesó vivamente por las baladas tradicionales de la región fronteriza. En la posada de Clovenfords le presentarían a un pastor de ovejas cuya madre fue una fuente de ilustración para Scott. En 1802 publicó en dos volúmenes Minstrelsy of the Scottish Borders, (Juglaría de la Frontera Escocesa).

Ante las incursiones fronterizas de reivers y del ejército inglés sucumbieron poblados, abadías y conventos. Las mayores abadías próximas a la frontera, y cercanas entre ellas, Jedburgh, Kelso, Dryburgh y Melrose, sufrieron ya desde finales del siglo XIII las consecuencias de su ubicación. Las abadías, creadas en torno al siglo XI, recibieron, gracias al interés del rey escocés David I, a distintas ordenes. Los agustinianos se instalaron en Jedburgh, mientras la orden de San Tiresias lo haría en Kelso y el Cister en Melrose. Tras la derrota sufrida en Stirling Bridge, durante las guerras de independencia, el conde de Surrey, se desahogó saqueando Jedburgh. Unos años más tarde esta fue quemada en la celebración de la victoria inglesa en Neville´s Cross. Ya en el siglo XVI otro conde de Surrey, continuando la tradición, volvió a incendiar la abadía, y en esta ocasión añadió a la hoguera las casas vecinas. Durante la Rough Wooing las cuatro abadías sufrieron ataques. Dryburgh ya no sería nunca más reparada y, en 1545, el conde de Hertford ordenó la demolición de Kelso. El fin de las otras dos llegaría en 1560 con la reforma protestante. El último monje murió en Melrose en 1590. De todo ello no han quedado sino ruinas. Unas ruinas espectaculares.

Jedburgh es la única población más o menos remarcable entre Newcastle upon Tyne y la propia capital escocesa, Edimburgo. No es ni mucho menos grande, tampoco excepcionalmente pequeña, pero absolutamente asequible a pie. El castillo, hoy museo y en otros tiempos prisión, está en lo alto de Castle gate. Desde allí domina el descenso de la calle hasta llegar a su principal cruce, Market Place, donde se reúnen High con Canongate y Exchange street. Una tienda de moda pasada de moda exhibe su género. Cerca de un aparcamiento hay uno de los escasos hoteles que hay en la ciudad , el Royal, y junto a él una placa que recuerda que el insigne poeta de las Lowlands, Robert Burns, se alojó aquí. Quizá fuese en esta misma habitación. Tras las paredes del Inn hay un pequeño restaurante, The Carters, donde se come razonablemente bien. Pero, sin duda alguna, el principal objetivo de una visita a la localidad son las ruinas de la abadía. Al atardecer, poco antes de ponerse el sol, parece el esqueleto de un gran cetáceo varado sobre una playa. Los huesos se tornan rosáceos mientras la luz crepuscular traspasa la estructura vacía. Enfrente las lápidas del cementerio comparten la recién adquirida tonalidad de la piedra. Por la mañana, con la nueva lluvia, el color ha cambiado, predomina un azul triste preñado de matices grises. Las habitaciones, ahora sin techo, que una vez ocuparon los agustinianos ya no proporcionan refugio de la lluvia. Solo alguna capilla cercana al transepto protege ancianas sepulturas. La nave central, el corazón de la ballena, conserva enteras, aunque desprovistas de techumbre, las hileras de columnatas y ventanales. Aun se pueden observar las filigranas zoomorfas en las jambas de la puerta lateral.

La abadía de Dryburg, situada en un bucle del Tweed acoge algunas de las extravagancias que incorporó en el siglo XVIII su nuevo propietario, el onceavo conde de Buchan, David Stuart Erskine, entusiasta del romanticismo en boga, e implicado en la fundación de la Society of Antiquaries of Scotland. Erskine  decoró las ruinas con jardines que ya han desaparecido, incorporó un monolito  dedicado a Hugh de Moreville, fundador del monasterio y acabó escogiendo la antigua sacristía para ser inhumado. Con su compra, el conde de Buchan contribuyó a la preservación de las ruinas. Por vínculos familiares también fueron enterrados en la abadía el escritor Walter Scott y el conde Douglas Haig de Bemersyde, comandante en jefe de las British Expeditionary Forces quien contribuyó a masacrar a sus propias tropas en los frentes de Francia y Flandes durante la Primera Guerra Mundial, especialmente durante la ofensiva del Somme.

Las ruinas de la Abadía de Saint Mary the Virgin at Melrose son, definitivamente, las más espectaculares, básicamente por sus dimensiones, el estado de conservación de alguno de sus elementos y por la riqueza escultórica de sus paredes externas. Además de las gárgolas, demonios, vírgenes, santos y mártires pueblan la fachada meridional. No falta, y no miento, la talla de un cerdo tocando la gaita. Aquí, en algún lugar, está enterrado, por su propio deseo, el corazón del rey escocés Robert the Bruce. Melrose destila alguna especie de emoción extraña, como un torbellino de distintos pasados que se cuelan en el alma. Como una lluvia agridulce. Una espiral de escaleras conduce prácticamente a uno de los tejados. Una placa recuerda que la campana de la abadía fue fundida en 1608 en Holanda por un tal Jan Burgerhuys, y que convocó a los feligreses hasta la construcción de una nueva iglesia parroquial en 1810. Desde allí la lluvia sigue recordando su contribución al paisaje, mientras un viento melancólico abraza las lápidas de las vetustas sepulturas.

Entre Melrose y Dryburgh hay un punto elevado sobre un recodo del Tweed. Desde allí se ven las tres cimas de Eildon Hill y los bosques de robles que hay junto al río. El gris azulado de las nubes que amenazan tormenta contrasta con el verde esmeralda de los húmedos prados que rodean la arboleda. Las aguas pasan indiferentes por el meandro y un banco vacío recuerda que alguien se sentó un día para contemplar el paisaje ahí mismo. El punto tiene un nombre, es Scott’s View, en referencia a que el escritor, Walter Scott, cuando vivía en la zona se detenía aquí para contemplar las vistas. Dicen que lo hacía tan a menudo que las caballerías paraban por sí solas. Incluso dicen que cuando el cortejo fúnebre llevaba su cuerpo a Dryburgh, los caballos pararon una vez más aquí, ante su panorama favorito.

Muy cerca, en los terrenos de Bemersyde House, hay una gran estatua de  William Wallace. Una de las primeras dedicada al héroe nacional escocés. El conde de Buchan, el ya mencionado David Stuart Erskine, apasionado por la mitología griega y por el nacionalismo romántico, encargó al escultor John Smith de Dornick la escultura. Se inauguró en un aniversario de la batalla de Stirling Bridge. No sé con que intención, pero creo que, por encima del Tweed,  Wallace mira con el rabillo del ojo hacia Inglaterra.

© J.L.Nicolas

 

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