Escocia

10.03.2013 13:05

Whisky, kilts y tartanes, golf, castillos, un embutido llamado haggis, Sean Connery y un monstruo en un lago. Una selección de rugby y una lengua ininteligible, -sea inglés o gaélico-. Gaitas, cornamusas y apellidos que empiecen en Mac. Profundos estuarios y siete centenares de islas. Robert Burns, Rob Roy y J.K. Rowling, madre literaria de Harry Potter. Alrededor y por encima se le añade agua en abundancia: es Escocia.

Cuando trescientos años antes de cristo el griego Pytheas de Massalia circunnavegó Pretaniké, las islas británicas estaban habitadas al norte por tribus de origen celta que recibieron el nombre de pictos. Aun no habían llegado de Hibernia, Irlanda, las migraciones de scotts y otros clanes, también celtas. Los romanos los llamarían caledonios y, a pesar de combatirlos durante años, no llegaron a someterlos. Ciento veinte años antes de cristo el emperador Adriano ordenó la construcción de un muro que los aislara del mundo romano y que señalara los límites del Imperio. En el siglo I el general y gobernador de Britannia, Cneo Julio Agrícola, realizó varias campañas contra los pictos sobrepasando el muro y llegando hasta los Montes Grampianos, aunque no consolidó el territorio, según recogió su yerno Cornelio Tácito en De Vita et Moribus Iulii Agricolae.

Al norte del muro, sobre las tierras bajas se extienden las dos principales ciudades de Escocia. A levante, Edimburgo, que acoge a la sede del parlamento en Holyrood. Entre este y el castillo, la Royal Mile. La milla de oro en la que se concentran los comercios más elegantes de la ciudad. Si Edimburgo fue el núcleo de las letras y de la ilustración escocesa, Glasgow ha sido siempre el motor industrial y, es en la actualidad, tras Londres y Birmingham la tercera ciudad del Reino Unido en número de habitantes.

Las Tierras Altas, que no son precisamente el Himalaya, tienen su punto más elevado en el Ben Nevis, que con sus 1344 metros de altura es la mayor cumbre de Gran Bretaña. E Inverness, la población más habitada de las Highlands, yace allí donde el río Ness desemboca en la encrucijada de los Firth de Beauly y de Moray. Ese es asimismo el extremo de la Great Glen, una enorme falla que atraviesa Escocia separando las Highlands. Los lagos que hay en la falla, Linnhe, Locky, Oich y Ness fueron unidos en 1822 por la construcción del canal navegable de Caledonia. El último es el célebre Loch Ness, sus oscuras aguas, a causa de la alta concentración de turba, son el hipotético hogar de Nessie, el famoso monstruo del lago.

Las primeras referencias al monstruo las hizo en el siglo VII San Adomnán de Iona en la Vita de San Columba, quien conminó a la bestia para que detuviera su ataque contra un nadador, convenciendo a los paganos pictos para que se convirtieran. En mayo de 1933 el Inverness Courier titulaba: “Extraño espectáculo en el Loch Ness” transcribiendo el testimonio de Aldie MacKay y de su esposo: “allí estaba la criatura, retozando, balanceándose y zambulléndose durante un minuto; su cuerpo parecía el de una ballena y las aguas se agitaban a su alrededor”. Desde entonces se multiplicó el número de gente que afirmaba haber visto al monstruo. El 22 de julio el mismo rotativo publicaba un nuevo testimonio, el de la familia Spicer. El marido, George, declaró: “vimos una especie de cuello ondulante seguido de un cuerpo grande y pesado que mediría unos 25 pies () Soy hombre comedido, pero estoy dispuesto a jurar que vimos a la bestia de Loch Ness”. Al año siguiente, en abril, el cirujano Robert Kenneth Wilson tomó la famosa, y borrosa, instantánea de la bestia que se publicaría en el Daily Mail. A finales de los noventa se revelaría que fue un montaje, aunque aun hay quien no lo cree. Pero finalmente parece que el monstruo existe, por lo menos en 2010 fue nominado Highland Ambassador of the Year 2010 y recibió, aunque no lo recogió personalmente, un premio por su labor en la promoción turística en la zona, según recogía, una vez más el Inverness Courier.

A orillas del lago, el magnífico castillo de Urquart, que en sus tiempos fue saqueado, arrasado y reconstruido de nuevo, es en la actualidad un centro de visitantes y de ojeadores de Nessie.

En la costa occidental, Eilean Sgitheanach, o isla de Skye, es la segunda en superficie de las Hébridas Interiores. Hasta 1995 la conexión con tierra se realizaba mediante ferries. Ese año, junto a Kyle of Lochalsh, se abrió al tráfico rodado el puente de Skye que facilitaba extraordinariamente el acceso a la isla, a pesar de la inicial controversia suscitada por el precio del peaje, eliminado, finalmente, once años más tarde, en 2006. Skye es una isla abrupta tapizada de ovejas, desde las cimas casi siempre cubiertas de los montes Cuillin hasta los acantilados costeros que vierten al mar como en Kilt Rock. Si en Escocia suele llover abundantemente, en Skye aun llueve más. Portree, al este de la isla, posee un bonito puerto con fachadas multicolores que se adivinan entre las cortinas de agua o tras las gotas de lluvia que se adhieren perezosas tras las ventanas de las habitaciones que miran hacia el mar. Junto al muelle, cerca del Pier Hotel y del Rosedale, The Lower Deck ofrece simultáneamente marisco de calidad y fish and chips. A los pies de las montañas Cuillin está Carbost, la pequeña villa que acoge a la única destilería de la isla, Talisker.

Más al sur, y de nuevo en tierra, el puerto de Oban, en el Firth de Lorn, es un trampolín hacia Mull y otras islas cercanas. Oban acoge un raro museo sobre la Guerra y la Paz, junto a él, en una plaza sembrada de tulipanes, un rojo edificio victoriano alberga al Columbus Hotel y al Harbour Inn. Como no, Oban tiene una destilería con el nombre de la ciudad.

Tarbert, otro pequeño puerto, abre el acceso a la larga y estrecha península de Kintyre. En su extremo el famoso Mull of Kintyre al que Paul McCartney y The Wings dedicaron una canción. Cerca, Campbeltown, la que una vez fue la capital del whisky con sus treinta y cuatro destilerías de las que solo quedan tres: Springbank, Glen Scotia y Glengyle. Ascendiendo Kintyre al este queda la isla de Arran, y al oeste Islay y Jura, allí donde George Orwell se retiró, en la granja de Barnhill, para escribir su novela 1984 en 1948. En la isla corren en libertad unos seis mil ciervos, de donde proviene el topónimo. Personas, unas doscientas. En Jura hay además una oficina de correos, un pub y, como no, una destilería.

© J.L.Nicolas

 

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