Impresiones de Normandía

17.12.2014 18:34

Algo debe tener la luz en Normandía, algo debe transmitir su cielo o algo deben reflejar sus aguas. Ese algo atrajo a un puñado de retratistas y paisajistas a finales del ochocientos, en plena efervescencia del Art Nouveau y de un turismo que arraigaba entre las familias parisinas acomodadas. Algo debió causarles una profunda impresión. 

Entre Le Havre y Trouville anduvo un pintor holandés, Johan Barthold Jongkind, quien se aficionó en tomar al aire libre notas y bocetos para sus paisajes que posteriormente finalizaba en el estudio. Jongkind trabó amistad en la costa normanda con otros jóvenes pintores, Eugène Boudin y Claude Monet. Años más tarde Monet diría de Jongkind: c’est a lui que je dois l’education définitive de mon oeil. (Es a él a quien debo la educación definitiva de mi ojo). Compartieron unos ciertos intereses conceptuales: la atracción por la luz y la evolución de sus matices, el trabajo en exteriores y una pasión casi fotográfica por la instantánea.

Boudin había nacido en Honfleur, un pintoresco puerto pesquero de la costa de Calvados en la desembocadura del Sena que ya empezaba a atraer a un incipiente turismo proveniente de la capital francesa. En Le Havre Boudin conoció a algunos artistas de la región como Jean-François Millet, originario de Gréville, junto a Cherburgo, quienes le animaron a desarrollar su afición. Admirador de los paisajes marítimos se desplazó en ocasiones por toda la costa septentrional francesa entre Bretaña y Picardía, aunque lógicamente, trabajara con una mayor asiduidad en Normandía. En 1857 conoció a Claude Monet con quien, en el inicio de su profesión, trabajó algunos meses conjuntamente. Una acuarela de Boudin de 1867, A la ferme de Saint-Simeon, retrata sentados en una mesa a cuatro artistas: Jongkind, Van Marken, Monet y Amédée Achard. Precisamente por sus temáticas y la resolución de estas, Boudin es considerado un pre-impresionista, aunque él nunca se definiera como tal. Son numerosas las obras que realizó en su población natal y en las aledañas con temas recurrentes como el faro, el puerto o las playas de Étretat con sus acantilados. Honfleur le acabaría honrando con un museo.

Claude Monet también dedicó algunos lienzos a la abrupta Côte d’Albâtre, costa de Alabastro, en el mismo Étretat retrató en condiciones climatológicas diversas los acantilados y las abruptas formas de la costa. Otros artistas les siguieron, Pissarro plasmó sus marinas en el puerto de Dieppe, Sisley, en Port Marly realizó repetidas tomas de un único sujeto, como el mismo Monet hizo con la catedral de Ruan, que retrató en una treintena de lienzos entre 1892 y 1893 tratando de capturar las sutilezas de una iluminación evanescente, efímera.

La nueva corriente pictórica fue bautizada tras la exposición de 1874 en el salón del fotógrafo Nadar, en la que participaron 39 artistas que presentaron 175 obras. La crítica los denominó impresionistas a causa de la obra de Monet realizada en el puerto de Le Havre, Impression, le soleil levant.  El mismo Monet contó: On me demande le titre pour le catalogue, ça ne pouvait vraiment pas passer pour une vue du Havre ; je respondis : Mettez Impression. (Me  preguntaron por el título para el catálogo, no podía pasar como una vista de Le Havre, así que respondí: Ponga Impresión.)

La costa que frecuentaron aquellos impresionistas sigue ahí, los mismos impresionantes acantilados de yeso blanco que recorren toda la costa del Pays de Caux, en la Alta Normandía. Fécamp, antiguo puerto bacaladero que enviaba su flota hasta los caladeros de Terranova, conserva numerosos testimonios de su pasado empezando por el propio monumento a los marineros fallecidos. Este se halla en el recinto de un antiguo cementerio convertido actualmente en un pequeño jardín. Cuando se trasladó el camposanto se dejó aquí este curioso monolito modernista soportado por las proas de cuatro embarcaciones vikingas. En lo que fue el núcleo de la población están los restos del palacio ducal construido por los primeros duques normandos y donde Guillermo el Conquistador festejo su victoria en Hastings. Cuando fue levantado ya existía la iglesia abacial de la Sainte Trinité, cuya primera edificación fue fundada por el duque Waninge durante el reinado de Clotario III en Neustria en el siglo VII. Allí se guarda en un relicario una gota de la sangre de Cristo que dicen llegó flotando sobre el tronco de una higuera. Como tantas otras sufrió los embates de las visitas de los vikingos y fue posteriormente reconstruida. Enfrente, el Hôtel du Grand Cerf acoge hoy la Maison du Patrimoine y los archivos. Esta mansión de entramado de madera fue adquirida por los monjes de Fécamp a su propietario, Nicolás Lecerf, por tres mil libras y ciento cincuenta litros de vino. En el otro extremo de la población, a poca distancia del puerto y de las playas, está el singular edificio de la destilería Benedictine, una increíble mezcla de estilos que trató de enlazar la estética de las abadías de los monjes que elaboraban digestivos con elementos de gótico flamígero, unas escalinatas renacentistas y otros elementos de la arquitectura normanda.  

Siguiendo en dirección a poniente, Étretat es el escenario de algunas telas famosas: Ëtretat, barques échouées sur la plage de Boudin, Grosse mer a Étretat o La Porte d’Amont, Étretat, de Monet. De hecho en la terrasse Maurice Leblanc, nombre del paseo paralelo a la playa algunos carteles indican el punto desde el cual Monet pintó en 1885 los grandes arcos que cierran la playa, la Porte d’Amont y la Porte d’Aval, esta última acompañada por una gran aguja calcárea que emerge del agua y ha resistido al efecto de la erosión. Es la Aiguille d’Étretat, de setenta metros de altura. También Courbet y Boudin sucumbieron al encanto de este mismo paisaje y lo trasladaron a sus lienzos.

La Côte d’Albâtre se convierte en la Côte Fleurie pasado el estuario del Sena atravesado en la actualidad por el gran puente de Normandía, al otro lado del cual está la Honfleur natal de Eugène Boudin. Honfleur, la de la plaza de Sainte Catherine, donde la iglesia de madera tiene el campanario separado de la nave para que el tejado, también de madera, no tuviera que soportar ni el peso ni las vibraciones de las campanas. Tanto esta como el puerto y su faro fueron objeto de inspiración para los impresionistas. Y sobre todo los reflejos que el agua devuelve a las miradas curiosas en los lánguidos atardeceres junto al Vieux Bassin, el puerto interior, casi completamente rodeado por las terrazas de los restaurantes. La jetée de Honfleur, de Alexandre Dubourg, L’entrée du port, de Paul Rossert y los múltiples lienzos de Charles Mozin, Jongkind, Boudin y Monet lo atestiguan.

También sus calles, como la rue de l’Homme de Bois donde nació Pierre Barthelot quien no fue pintor sino piloto mayor y cosmógrafo que puso sus habilidades al servicio del rey de Portugal hasta que acabó sus días en Sumatra en 1638. En la paralela rue Haute también nació el humorista Alphonse Allais en 1854, en el centenario de su desaparición se creó un pasaje con su nombre, Allée Allais, y con el reclamo Allez allée Allais, en un juego de palabras póstumo que suena algo así como: vamos, vamos, vamos!

En Honfleur se respira además todo ese ambiente a través del extraordinario número de galerías de arte que abren sus puertas a diario en la población, probablemente con más razón durante los templados fines de semana de verano cuando los veraneantes parisinos o de Ruan o Caen afluyen en búsqueda de la presencia del mar. Y entremedio no pueden faltar los comercios de recuerdos y de productos del país como el Calvados y la sidra y los famosos quesos de la región: Camembert, Pont l’Évéque, Livarot...

A medio camino de estas costas normandas y la gran ciudad, Paris, Claude Monet, ya reconocido, escogió un tranquilo rincón del Sena para vivir junto a él: Giverny. Estableció su estudio en la casa, allí donde hoy los visitantes compran recuerdos y pagan la entrada de la visita, y construyó un jardín con una extraordinaria variedad floral que sirvió de modelo para sus obras, aquí florecen narcisos, pensamientos y tulipanes junto a lirios, amapolas y azucenas. También hay dalias y capuchinas, cerezos y rosas trepadoras. El Jardin d’Eau, es la zona del estanque con sus nenúfares y el puente japonés. Aquí, Monet, profundizó en los estudios de los reflejos y descubrió tres objetos de interés en ellos: la superficie que refleja y lo que contiene en ella, los fondos que están más allá de la superficie y el propio reflejo y lo que este proyecta, a veces elementos que permanecen fuera del marco del propio encuadre, todo ello matizado sutilmente en la luminosidad de las escenas, en el hechizo de los espejos.

© J.L.Nicolas

 

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