La Isla de Madeira

10.03.2016 09:27

Madeira es una isla extremadamente montañosa, con montes y cimas que ascienden hasta alcanzar casi los dos mil metros sobre el nivel del mar y que luego se dejan caer abruptamente sobre valles, gargantas y acantilados. Lo es hasta el punto que se podría decir que su aeropuerto está sobre el mar porque no había otro sitio donde construirlo. No es completamente cierto pero tampoco falta a la verdad.

Y si hay alguna cosa característica, exclusiva de Madeira, incluso más que el vino, son las levadas, de llevar en portugués. Son las acequias y canalizaciones de agua que la distribuyen por toda la isla, De hecho, genéricamente, la trasladan de la mitad septentrional, más húmeda, al detener las masa de nubes en sus alturas, al sur, más soleado pero más seco. Las levadas son seguidas en paralelo por los caminos que sirven para su mantenimiento y que hoy en día se han convertido en atractivas rutas de senderismo, en algunos casos extremos sobrevuelan paralelas a escarpados precipicios o atraviesan túneles que recortan el trayecto y posibilitan el traslado del agua. Unos dos mil quilómetros recorren la isla en casi todas direcciones.

Las carreteras que parten de la capital, Funchal, sea cual sea la dirección que tomen suelen ser tortuosas. Hacia el este, la vieja capitanía oriental, siguiendo la autopista hacia el aeropuerto hay una réplica del Corcovado de Río de Janeiro. En realidad este, el de Gurajao, es anterior, fue erigido cuatro años antes. Antes de llegar a la pista está Santa Cruz que es una de las poblaciones más antiguas. Hoy tiene un largo paseo marítimo que sigue la playa de grava y atraviesa su pequeño puerto. Desde ahí se aprecian las maniobras de aproximación que deben hacer los aviones para tomar tierra a escasa distancia. Santa Cruz tiene un atractivo núcleo urbano. Limitado, hay un par de tranquilas plazas y unos pocos edificios históricos en su agradable centro. La iglesia manuelina de 1533 y un blanqueado ayuntamiento.

Pasada la pista Machico es la segunda ciudad de la isla, fue punto de llegada de los portugueses tras el descubrimiento de Porto Santo, y aquí se estableció la sede de la capitanía oriental, una de las tres en que se dividió administrativamente el archipiélago. Machico se halla al fondo de una rambla que baja de las montañas. Ahí, en el fondo, junto a un agradable paseo cubierto por la sombra de unos plátanos, aun se levanta el Forte de Nossa Senhora do Amparo, que amparaba a la población de posibles ataques de filibusteros.

Más al este Caniçal fue una vez puerto ballenero del que queda el recuerdo en un museo. Siguiendo hacia el extremo de la isla está Prainha, la única playa de arena natural y más allá solo queda la Punta de São Lourenço y un camino que lleva a la Baía de Abra. Justo enfrente se ve el Ilhéu de Agostinho y tras él, el del Farol, más pequeño aun, batido por el viento y las olas del Atlántico.

La costa noreste está salpicada de pequeños encantadores pueblos como Porto da Cruz, donde aun funciona uno de los dos molinos de azúcar que quedan en la isla. Lo gestiona la Companhia dos Engenhos do Norte que produce melaza para destilar aguardiente. Allí mismo se puede adquirir y también ofrecen, en copas para degustarla la famosa Poncha, un combinado de aguardiente de caña, miel y zumo de limón o alguna fruta. Dicen que cura el resfriado.

En Santana son célebres los palheiros de tejados de paja seca a dos aguas, en forma de cabaña triangular. Eran sencillos habitáculos en los que guarecerse de las inclemencias climatológicas. Con el paso del tiempo se han ido sofisticando por dentro y por fuera han coloreado sus fachadas.

En el centro, en pleno Parque Natural, dos tercera partes de la isla están protegidas, hay miradores con extraordinarias vistas sobre el país. El de Eira do Serrado las proporciona sobre el Corral das Freiras, una población encajonada en un valle casi inaccesible donde en tiempos de las incursiones piratas vinieron a refugiarse las religiosas, las freiras. En el Pico de Areeiro, prácticamente arriba, a 1818 metros de altura y accesible en automóvil hay una cafetería antes de llegar a la cima, fácilmente envuelta en la espesa bruma que se enfrenta a menudo con las cumbres borrascosas de Madeira. Y, apenas pasado el pueblo de Ribeiro Frio un desvío paralelo a una levada conduce hasta el Miradouro do Balcões, casi colgado en el vacío. Hay barandillas que han renovado recientemente.

La mitad occidental de la isla tiene sus dos vertientes, la húmeda y septentrional donde en la misma costa esta el pintoresco São Vicente, con sus calles adoquinadas y sus blancas fachadas cargadas de flores. La carretera que recorría antiguamente la costa lo hacía sobre acantilados imposibles, ahora el trayecto se ha simplificado con túneles, es más rápido y seguro pero mengua en espectacularidad, aunque quedan rincones donde asomarse en Seixal y en Ribeira da Janela. De Porto Moniz a Ponta do Fargo la carretera se aleja del mar. En Ponta do Fargo alumbra desde 1896 y sobre un acantilado de trescientos metros, el faro más occidental del archipiélago.

Aquí ya se siente el sur, viñas protegidas por vallas de helechos y brezo dibujan el paisaje de las laderas meridionales. Nombres como Ponta do Sol sugieren una insolación generosa. Aquí vino en julio de 1960, espoleado por su colega Ernest Hemingway, el escritor norteamericano John Dos Passos para visitar la casa de sus abuelos. Hoy se ha transformado en un centro cultural dedicado a su memoria.

De regreso hacia Funchal hay lugares donde es obligatorio detenerse. El primero es el vertiginoso mirador de Cabo Girão, un acantilado de casi seiscientos metros que cae a pico sobre el mar. Al fondo, bajo los pies y a través del suelo de cristal se ven las parcelas cultivadas junto a las olas. El descenso, suave y sobre el asfalto, lleva en pocos minutos a Camara do Lobos, un pequeño puerto dedicado a la pesca, con sus coloridas barcas varadas sobre una franja de playa. Sin tener que salir a mar la pesca con caña es una afición extendida que se practica junto al mismo puerto. Debe su nombre a la abundancia de focas, lobos marinhos, que hubo en otros tiempos. Aquí venía a pintar esas escenas de pesca Sir Winston Churchill en 1950, cuando pasó unos días de asueto alojado en el Hotel Reid’s de Funchal. Un restaurante asoma luciendo su nombre, el del político inglés, en grandes letras azules .Oculto entre las casas que se descuelgan sobre el puerto hay una pequeña capilla de 1732 dedicada a San Nicolás, quien aquí es patrón de marineros.

En Funchal espera de nuevo una pegajosa compañía, las lapas graelhadas con mantequilla y ajo. Imprescindibles.

© J.L.Nicolas

 

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