La Medina de Túnez

26.02.2016 09:31

Sus apretujados callejones combinados con la amplitud de los patios de sus mezquitas y madrazas, sus minaretes otomanos y sus antiguos y numerosos zocos le valieron, en 1979, a la medina de la ciudad de Túnez  entrar a formar parte del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.

Tynes fue una vez un lugar tan insignificante que no merecía siquiera ser llamado aldea. Aquí acampó el general romano Regulus durante su campaña a lo largo de la Primera Guerra Púnica contra la ciudad de Cartago. Tanto cartagineses como romanos prefirieron asentarse sobre la colina de Byrsa: Cartago. Fueron los árabes quienes en el siglo VII, dirigidos por Hassan Ibn Nooman, escogieron la llanura de Tynes junto al lago salado de Sebkhet Sejumi, al que abrieron un canal para unirlo al Mediterráneo. Tras arrebatar Cartago a los bizantinos empezaron a construir la nueva ciudad de Túnez, que los hafsíes convirtieron en su capital en el siglo XIII, los turcos la fortificaron dotándola de murallas y levantaron numerosas mezquitas y palacios y, los franceses, durante los años del protectorado, entre 1881 y 1956, desecaron una parte del las marismas para ampliar extramuros la ciudad, edificando un ensanche que es conocido como Ville Nouvelle.

El ensanche y la medina se unen en la place de la Victoire, un amplio espacio donde se abre Bab el Bahar, la puerta del mar. El nombre se debe a que el mar, las aguas del lago salado llegaban prácticamente hasta las murallas. Bab el Bahar, reconstruida por los franceses,  había sido el acceso a la medina.

La calle de la Jemaa Zitouna enlaza la puerta con la Gran Mezquita, construida en el siglo VIII, entre otros elementos, con 184 columnas romanas  procedentes de las ruinas de Cartago. Es la mayor y más importante pero no la única de la medina, la de la Kasbah está situada donde estuvo la ciudadela junto a la muralla occidental. La Kasbah fue destruida durante las revueltas de 1811. Ahora quedan, además de la mezquita, su minarete, el más alto de la ciudad, y algunos fragmentos de muralla. Las mezquitas de Hammouda Pacha con un característico minarete octogonal y la de Sidi Youssef, con su alminar coronado por un mirador protegido por una cubierta de madera, denotan unas marcadas reminiscencias turcas.

Alrededor de la Gran Mezquita se arremolinan las tres madrazas, las escuelas coránicas construidas en el siglo XVIII durante el gobierno de la dinastía de los Hussain, la de la Palmera, la Bechia y la de Slimania. También la Biblioteca Nacional que aprovechó un antiguo acuartelamiento militar, el Tourbet Aziza o Mausoleo de Aziza, hija del Bey Othman, fallecida en 1669 y Dar el Bey, antiguo palacio de los gobernadores turcos donde se concentran otros edificios y dependencias gubernamentales.

Pero sin duda el gran atractivo subyace en la miríada de comercios que se diseminan en torno a la Gran Mezquita, en los viejos zocos. Las tiendas se agolpan unas junto a otras como si tuvieran necesidad de darse calor, sus mercancías llegan a colgar de los techos buscando un rincón en el que exhibirse. Se alternan con pequeños cafés que en ocasiones tienen a disposición de la clientela narguiles preparados con perfumados tabacos de sabores y listos para ser prendidos.

Los zocos agrupan comercios de la misma especialidad que sus nombres reflejan. Souk al Attarine es el gran mercado de las esencias, los aromas y los perfumes, la henna, el incienso, las velas de cera y las herboristerías. Souk el Berka era el antiguo mercado donde sobre tarimas de madera se exhibían para ser vendidos los esclavos capturados por los corsarios. En Souk al Trouk se encuentran alfombras, tejidos y los sastres necesarios para transformarlos en prendas de vestir. En El Bechamkia no faltan las babuchas ni el calzado y en el Souk des Libraires la literatura tunecina e internacional.

Entre las callejuelas de la medina, sobre algunas puertas, es fácil observar azulejos pintados que representan la mano invertida de Fátima, hija del Profeta. La mano de Fátima se ha convertido en un popular talismán protector. Sus cinco dedos simbolizan los cinco pilares del Islam: Shahada, Salat, Zakat, Ramadan y Hajj, es decir, la profesión de fe, la oración, la limosna, el ayuno y la peregrinación a la Meca. También representan las cinco oraciones diarias: fahar, zuhar, asr, magrib e isha.

Del otro lado de Bab el Bahar arranca la avenida de Francia que tras la plaza de la Independencia se convierte en la avenida de Habib Burghiba. Es el principal eje de la Ville Nouvelle, el ensanche que los franceses arrebataron al mar al drenar una parte de las marismas vecinas de la ciudad. El desarrollo de las nuevas barriadas coincidió con el auge del Art Nouveau, el Modernismo, en Europa. Así numerosos ejemplos han quedado incluso entremezclados con otros ejemplos de Art Déco e híbridos de líneas arabizantes propios de la arquitectura islámica. En la avenida de Francia, junto a los restaurantes y cafés de moda que emulan a los de los bulevares parisinos, están los edificios del Teatro Nacional, el Hotel Majestic, la Oficina Central de Correos o la Catedral de Saint Paul, construida esta ultima en 1882 sobre un antiguo cementerio católico. La catedral combina elementos góticos, bizantinos y árabes. Entre sus torres gemelas un mosaico con la imagen de Cristo preside la entrada.

Halfaouine es un animado barrio situado al norte de la medina, conoció sus mejores momentos en sus primeros días cuando familias acomodadas lo prefirieron a la medina. Esos días quedaron a tras hace tiempo y Halfauine es un barrio popular conocido porque en él se construyó la última gran mezquita, Sahab Ettabaa, antes de que se declarara el protectorado francés. Halfauine fue inmortalizada en 1990 por cineasta tunecino Férid Boughedir quien rodaría seis años más tarde el largometraje Un été a La Goulette, ambas sobre el tema recurrente del descubrimiento de la sexualidad en la adolescencia.

La Goulette es el barrio marítimo de Túnez, queda a diez quilómetros de la medina y hay que atravesar el espigón de tierra que se construyó sobre el lago salado y sobre el que circula el tranvía. Las gentes de la ciudad se acercan hasta La Goulette a comer pescado en alguno de sus numerosos restaurantes o simplemente a pasear por la playa. Aquí aun quedan los muros de una fortaleza construida por los españoles y que los turcos derribarían y levantarían de nuevo. Es Bordj al Karrak. Se utilizó como prisión para encerrar a los prisioneros capturados por los piratas  y que después se llevaban a Souk el Berka para ser vendidos como esclavos. Hoy en Souk el Berka no se venden ya esclavos, abundan las jirafas de peluche.

Mas allá de Cartago, el encantador pueblo de Sidi Bou Said, se ha convertido en un barrio más de Túnez. En él se estableció el santón sufí que le dio nombre cuando regresó de la peregrinación a La Meca. La villa, hasta entonces era conocida por el nombre de Jabal Menar. Se convirtió en un polo de atracción para los sufíes.

A principios del siglo XX Sidi Bou Said atrajo a artistas e intelectuales europeos. Simone de Beauvoir, André Gidé, Jean-Paul Sartre, Paul Klee... llegaron atraídos por la luminosidad del lugar. Sus calles adoquinadas y de casas refulgentes por las capas de cal que se añaden año tras año. Sus puertas de madera pintadas en un intenso azul claro enmarcadas en arcos de herradura y atauriques andalusíes. En 1922 el barón Rodolphe d’Erlanger quedó prendado por el lugar y por la música. Se hizo construir un palacete con esplendidas vistas al mar, que aquí compite en intensidad con el color de las puertas. Es Dar Ennejma Ezzahra y hoy alberga el Centro de Música Árabe y del Mediterráneo.

Enormes buganvillas, coloridos geranios y aromáticos jazmines abrazan en cada calle los muros de las viviendas. En la confluencia floral de la rue Habib Thameur con Hedi Zarrouk el Café des Nattes guarda celosamente en sus paredes los retratos de los que una vez se sentaron en sus mesas, aquellos vanguardistas que lo pusieron de moda en los felices años veinte.

© J.L.Nicolas

 

Ver más fotografías