La Perla de Sefarad

18.05.2015 17:22

La conquista musulmana de la península ibérica tuvo un sólido apoyo en la comunidad hebrea que creyó que sería mejor considerada que bajo el dominio visigodo. No siempre fue así, aunque vivió una edad dorada en tiempos del Califato. A la llegada de la intolerancia almorávide y almohade siguieron las persecuciones cristianas que acabarían en el Edicto de Granada, la expulsión de 1492.

Durante esa época dorada en la que brillaron las ciencias, la filosofía y la literatura hubo una ciudad singular. Fue conocida como Elissana por los judíos, Al Yussana por los musulmanes y es Lucena en la actualidad. La que fue conocida como la Perla de Sefarad tuvo la peculiaridad de que en ella los hebreos no constituyeron una minoría segregada como en el resto de poblaciones y ciudades donde habitaron. Aquí fueron mayoría. El geógrafo Abu Abd Allah Muhammad Al Idrisí, quien la visitó en 1142 la describió así: Entre el Sur y el Oeste está Lucena, la ciudad de los judíos. Literalmente lo mismo que afirmaría el rabino nacido en Navarra Menahem ben Aaron ben Zerah: Toda la ciudad era de judíos.

La proclamación del Califato en el año 929 por Abderramán III favoreció el esplendor de los judíos en Al Ándalus. Entre otras razones gracias a la presencia en su gobierno de un personaje extraordinario, Abu Yusuf Hasday ben Ishaq ibn Saprut. Nacido en 910 en el ámbito de una acomodada familia jienense el joven Hasday inició estudios de medicina y gramática que completó en la capital del Califato, Córdoba, por entonces la ciudad más deslumbrante de Occidente. Gracias a sus conocimientos entró en la corte, primero como médico. En esa calidad y con sus conocimientos de lenguas tradujo junto a un erudito bizantino el Libro de Dioscórides, un gran tratado de farmacología. Integrado en el entorno del Califa fue nombrado Jefe de Aduanas y Jefe de Protocolo al tiempo que Nasí o Príncipe de las comunidades judías. Como diplomático participó en tratados con Constantinopla, el Sacro Imperio Germánico, con el Reino de Navarra y con los Condes de Barcelona. Como Nasí colaboró en la creación de la escuela talmúdica de Córdoba, la cual, con la decadencia de los centros académicos de Oriente se convirtió a partir del año 948 en el centro de la cultura hebrea en todos los ámbitos.

Los judíos de Córdoba sufrieron mas o menos los mismos avatares que los del resto de Al Ándalus. Durante la fitna, la guerra civil que acabó con el Califato, se saqueó la judería. Durante los periodos de las taifas y almorávide vieron restringidas sus condiciones de vida aunque en Lucena correspondería a un nuevo paréntesis de esplendor. La llegada del integrismo almohade desencadenó nuevos éxodos, esta vez hacia los reinos cristianos del norte, principalmente a Toledo y a Narbona.

En Córdoba la judería se extendió al oeste de la mezquita donde aún hoy en día se percibe en el trazado de sus angostas calles. No faltan referencias: la estatua dedicada a Maimónides en la plaza Tiberíades y por supuesto la sinagoga, en la misma calle de Judíos. Esta fue construida en 1315, durante el reinado de Alfonso XI, cuando ya los cristianos habían tomado la ciudad, según reza una inscripción en el interior del templo: Santuario en miniatura y morada del testimonio que terminó Ishap Moheb, hijo del señor Efrein Wadowa. La puerta da acceso a un patio y este a un pequeño vestíbulo seguido de la sala de oración y sobre esta a una galería a la que asomaban las mujeres. En la pared que da a Levante está el Hejal donde se guardaban los rollos de la Torá. La sala de oración está decorada con mocárabes de yeso e inscripciones con versículos del Libro de los Proverbios y salmos. Muy cerca, la plaza Maimónides fue el centro del barrio, donde se ha creado el Museo de la Tauromaquia. A dos pasos están las célebres callejuelas de las Flores y del Pañuelo.

Tras la persecución de 1013 muchos judíos cordobeses se trasladaron a Lucena. Al Yussana tuvo sus propias ordenanzas que se basaban en las leyes rabínicas y su escuela brilló particularmente a partir de 1010 durante la dominación del Reino Zirí de Granada, la taifa, cuando gozó de su máximo apogeo social y cultural bajo el Nasí Samuel Ibn Negrella. La llegada de los almorávides supuso un fuerte aumento de la tributación a cambio de mantener los privilegios. En el siglo XIII, tras la clausura de la Academia de Estudios Talmúdicos por los almohades el poeta Abraham Ibn Ezra escribiría: ¡Ay! Cayó sobre Sefarad el mal de los cielos, un lamento se cierne sobre Occidente.

La moderna Lucena conserva en sus afueras la necrópolis judía, la mayor que se ha excavado en la península y en la que se han hallado 346 enterramientos. Las dos mejores lápidas se exhiben en el Museo Arqueológico y Etnológico, en el interior del Castillo del Moral, una fortaleza del siglo XI. También existe una cierta convicción de que las iglesias de San Mateo y de Santiago se construyeron sobre los lugares que anteriormente ocuparon las sinagogas, o de que sus materiales fueron empleados para construir los templos cristianos.

Volviendo al visir de Abderramán III, Hasday Ibn Seprut, este probablemente habitó durante su infancia en la Casa de los Rincones, en la plaza de la Magdalena de Jaén, Yayyan para los andalusíes. Sobre el cerro hubo tres fortalezas, aunque poca cosa queda del Alcázar Viejo y del Castillo Abrehuí, transformados sus restos en el Parador de Turismo. Las seis torres pertenecen al Alcázar Nuevo o Castillo de Santa Catalina, de época cristiana. Desde allí se ve el entramado de calles de la vieja judería entre los tejados del Palacio de Villadompardo y los del Convento de Santa Clara. Literalmente bajo el palacio, construido en el siglo XVI por Don Fernando de Torres y Portugal, conde de Villadompardo y virrey del Perú, se sitúan los baños árabes de la ciudad, los mejor conservados de la península y que ahora forman parte del Museo de Artes y Costumbres Populares de Jaén. Se tiene la certeza de la existencia de otros baños de la época, los que se conocían como Hammam ibn Ishaq, que posiblemente estuvieron situados en las cercanías de la capilla de San Andrés, la cual se cree que fue antiguamente una sinagoga.

La judería jienense tenía dos accesos, uno donde se halla actualmente la plaza del Doctor Blanco Nájera o plaza de los Huérfanos. Aquí estaba la Puerta de Baeza de la que quedan algunos cimientos que se han dejado a la vista tras la remodelación del espacio. En el centro se instaló una gran menorá, el candelabro de siete brazos. El segundo acceso estaba donde la plaza de los Caños, cercana a la calle de la Santa Cruz que atraviesa casi por completo el barrio. Desde esta se llega a la plaza del Rostro, un solar que da a la calle del mismo nombre y que da a la entrada posterior de la capilla de San Andrés. El callejón del Gato, tras salvar varios recovecos y esquinas amagadas lleva a la entrada principal de la iglesia.

Sevilla tuvo varias juderías que, tras la conquista de Fernando III, se decidió concentrar en una sola en la zona que media entre la muralla del Alcázar, la calle Mateos Gago y la Puerta de Carmona, grosso modo entre los barrios de Santa Cruz y de San Bartolomé. Alfonso X cedió tres mezquitas para que fueran convertidas en sinagogas. Una estuvo en la plaza de la Santa Cruz, fue destruida durante las persecuciones de 1391 y en su lugar se alzó una iglesia que a su vez fue demolida en 1810. En ella fue enterrado el pintor Bartolomé Esteban Murillo y tal como los restos del templo también desaparecieron los suyos. Las otras dos fueron las actuales iglesias de San Bartolomé y de Santa María la Blanca. Una cuarta sinagoga podría haber estado en la calle Lope de Rueda.

La entrada más pintoresca es, sin duda, la que se hace por el patio de Banderas de los Reales Alcázares. Un pasaje cubierto se dobla antes de desembocar precisamente en la calle Judería. Por aquí siguen las calles de la Pimienta, la plaza de los Venerables Sacerdotes y la calle de Justino de Neve, fundador en 1675 del Hospital de esos últimos. La calle del Agua discurre junto a la muralla del Alcázar hasta llegar a la mencionada plaza de Santa Cruz que da nombre al barrio. A continuación siguen una madeja de callejuelas: Cruces, Mezquita... que van a parar a Santa María la Blanca. El resto de topónimos delata los oficios que se practicaron en ellas: plaza de los Refinadores, de Curtidores, de Zurradores, la calle de los Tintes o la del Vidrio y por ultimo la del Buen Viaje.

A pocos quilómetros de Sevilla, Utrera tuvo también una pequeña barriada judía que estuvo situada junto a la plaza del Altozano y cuyo núcleo era la vía que ahora se conoce como callejón del Niño Perdido, un pasaje de paredes encaladas de las que cuelgan macetas con flores junto a las ventanas enrejadas. Se accede atravesando un arco de piedra sobre el que figuran esculpidas una cruz y una concha que remiten quizás a una vía jacobea.

En Málaga se ha restaurado una torre mudéjar del siglo XVII. Ni mucho menos tiene relación con la antigua judería salvo en que se ha convertido en un centro de recepción de visitantes llamado Ben Gabirol, el filósofo y poeta autóctono, junto a una nueva plaza, a la que se ha llamado plaza de la Judería, que conecta las calles Granada y Alcazabilla. En realidad de esta no queda más que el trazado de algunas callejuelas entre la calle de San Agustín y el Teatro Romano. Son las calles del Postigo de San Agustín, Marques de Moya y Pedro de Toledo, alrededor del Museo Picasso.

Nada queda de la Garnata al Yahud que coexistió con la ciudad musulmana de Granada. En 1988, se instaló una estatua entre la plaza de Isabel la Católica y la calle Pavaneras, en la entrada del barrio del Realejo donde estuvo el asentamiento hebreo. Representa a Yehuda Ben Saúl Ibn Tibón, médico, filósofo, poeta y traductor, quien como otros, tuvo que tomar el camino del exilio. Él lo hizo a los 28 años de edad, en 1148, dirigiendo sus pasos a Montpellier. Recientemente se ha abierto en la esquina de la placeta Berrocal un Museo Sefardí de Granada dedicado a la historia de la comunidad hebrea de la ciudad.

El fin de la presencia de los judíos en la península se sentenció el 31 de marzo de 1492 con la firma por parte de los Reyes Católicos del texto redactado por fray Tomás de Torquemada. Con la ejecución del llamado Edicto de Granada se ordenaba su expulsión de todos los territorios de las coronas de Castilla y Aragón. La otra opción a considerar era la conversión al cristianismo pero la falta de confianza generaría nuevas persecuciones y un impulso de la institución inquisitorial.  Aún en fecha tan tardía como el 25 de febrero de 1767 se publicaba en Sevilla un edicto de la Inquisición titulado Contra la Ley de Moysen, y la Secta de Mahoma, y la Secta de Lutero, y la Secta de los Alumbrados, y libros reprobados y prohibidos por los Censores y Catálogos de el Santo Oficio de la Inquisición, que venga a noticia de todos

© J.L.Nicolas

 

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