Llegar y Besar el Santo

22.10.2013 18:45

Mi primera peregrinación fue absolutamente accidental. Dejaba Madrid sin tener ni la más remota idea de hacia donde ir. Así que me despedí de mis amigos de la capital y fui hacia la estación de Chamartín como podía haber ido a Atocha. No había intencionalidad alguna, del mismo modo que tampoco la hubo escogiendo el destino. Fue algo tan simple como subir al primer tren, que no fuese de cercanías, que partiera, sin importar hacia donde. Desperté en Santiago de Compostela.

Me instalé en una pequeña pensión en la rua del Hórreo, muy próxima al casco antiguo monumental. Era tan sencilla como barata. La lámpara era una simple bombilla, pero tenía una de aquellas bonitas balconadas de cristalera tan típicas de Galicia. No había lavabo, un pequeño mueble de madera con una jofaina de plástico y un cuenco de porcelana encajado hacían las veces. Iba a leer a las terrazas de las cafeterías cerca de la plaza Fonseca. Podía pasar horas sentado viendo pasar la gente o simplemente deambulando por los acogedores soportales de las calles del casco viejo en las tardes de lluvia. Pasé días repitiendo las mismas acciones, los mismos gestos, volviendo a los mismos lugares, andando y desandando los mismos recorridos. Un buen día tuve que irme y desde entonces, y aun ahora, he sentido una cierta nostalgia por aquellas repeticiones, por los paseos, por la cristalera... y por la jofaina de plástico.

Pasadas tres décadas, el pavimento de las calles que recordaba mojadas por la lluvia, los pequeños establecimientos y bares, habían cambiado, la gente probablemente también había cambiado. Quedaba la lluvia. Se multiplicaron las tiendas de recuerdos y las efigies del apóstol se exhibían a centenares en los escaparates junto a conchas, bastones y un sinfín de parafernalia jacobea.

Aunque más ha cambiado desde que el sacerdote de San Fiz de Solovio vio un extraño astro brillar durante varias noches consecutivas sobre un roble del monte Burgo de Libredón, al mismo tiempo que escuchaba celestiales melodías. Por esa causa el lugar acabaría llamándose Campo de la Estrella,  Campus Stellae. Informado Teodomiro, obispo de Iria Flavia, fue a comprobar con sus propios ojos el meteoro un 25 de julio del año 813. Personado en el robledal tropezó con los restos del hermano de Juan, el Bautista, hijo de Zebedeo y Salomé: lo que quedaba del cuerpo de Santiago el Mayor en un pequeño mausoleo. La noticia corrió como la pólvora y todos se pusieron a dar órdenes. El rey de Asturias, Alfonso II el Casto, ordenó inmediatamente que se construyera una iglesia para honrar al Apóstol. El Papa León III ordenó el traslado de la sede episcopal de Iria Flavia a Compostela. Almanzor ordenó el saqueo de Sant Yaqub en Jalikijah.

La versión oficial sobre como llegó el Apóstol hasta Galicia se construyó sobre la leyenda de los siete varones que evangelizaron Hispania. Serían ellos, o algunos de entre ellos, quienes trasladaron el cuerpo y la cabeza del santo desde Jaffa, en la costa palestina, hasta Iria Flavia. Pasarían ochocientos años hasta que lo reconociera el obispo Teodomiro.

La baja Edad Media vivió un fenómeno común en nuestros días: el turismo y el comercio de recuerdos. Por entonces conocidos como peregrinaciones y reliquias, aunque sin alcanzar las dimensiones actuales. El hecho  fue impulsado en los años cercanos al milenio de la muerte de Jesucristo. Primero hacia Jerusalén, en Tierra Santa, durante las cruzadas y el establecimiento de los Estados Cruzados, para visitar el lugar más venerado por el cristianismo: el Santo Sepulcro donde Cristo fue inhumado. Luego Roma, sede del papado y donde yacen las exequias de los únicos apóstoles martirizados en Occidente: San Pedro y San Pablo. La tumba del Apóstol se añadiría a la lista de destinos con derecho a bula. A los monarcas cristianos del norte de la península les convenían argumentos ante la extraordinaria pujanza de Al Andalus, así promovieron el culto y abrieron el paso a los peregrinos, construyendo puentes, caminos y hospedajes que facilitaran el desplazamiento de los creyentes. Solo faltaba una guía. A la espera de la llegada de National Geographic o la del Routard o la Michelin, a mediados del siglo XII, se completó el Liber Sancti Jacobi, más conocido como Codex Calistinus o Códice Calixtino, por el pontífice Calixto II, promotor de la obra que había de orientar a los peregrinos en la ruta jacobea.

El volumen, una joya ilustrada entre los incunables de la época, consta de cinco libros y dos apéndices. En el se recogen las liturgias en el culto del Santo, los milagros a él atribuidos, la narración de la traslación del cuerpo, la historia de las conquistas de Carlomagno, promotor último de la vía franca y por último, Iter pro peregrinis ad Compostellam, la guía del peregrino.

En esta se indican los caminos y los nombres de los pueblos por los que discurre la ruta, indica hospicios y describe las gentes que se pueden encontrar, enumera  los nombres y lugares de los Santos que deben visitarse a lo largo del itinerario y por último describe en detalle la propia ciudad de Santiago.

El Códice Calixtino fue copiado varias veces, en versiones más o menos reducidas o más o menos extensas. La más completa es sin duda la que se conserva en el archivo de la Catedral de Santiago que fue sorprendentemente robada en julio de 2011. Robo del Siglo: tituló “El Correo Gallego”. El Códice no había abandonado la cámara de seguridad, donde se guardan los volúmenes más valiosos, desde que fuera expuesto, las dos últimas ocasiones, en 1975 y 1993. Un año más tarde, asimismo en el mes de julio, fue recuperado en las cercanías de Santiago. Había sido sustraído por un electricista empleado en la Catedral, al parecer con problemas de cleptomanía, ya que durante los veinticinco años que llevaba trabajando en el templo había llegado a acumular un millón doscientos mil euros en metálico, quizá limpiando el cepillo, y un impresionante cúmulo de objetos diversos que atesoraba en un garaje.

Otras copias completas del Códice se guardan en la British Library de Londres, en la Ciudad del Vaticano, en la Biblioteca Universitaria de Salamanca y en la Biblioteca Nacional de Madrid.

Las primeras oleadas de peregrinos europeos empezaron a llegar en el siglo X. De hecho la primera noticia proviene del obispo de Le Puy, Gotescaldo, quien hizo el viaje en 951. Generalmente empleaban los pasos de los Pirineos, en Roncesvalles y en el Summo Portus o Somport, para acceder a la península. Ambas rutas confluían en Puente la Reina y desde allí seguían por la más comúnmente conocida como el camino francés. En las ciudades que atravesaba se construyeron hospederías y se abrieron comercios. Los peregrinos tenían prácticamente garantizado el refugio en etapas de cuatro a cinco leguas, es decir entre 20 y 25 quilómetros, antes de que llegaran a alcanzar la cima del Monte del Gozo, desde donde obtenían la primera visión de la ciudad del Apóstol.

Santiago se convirtió en una ciudad cosmopolita, donde era posible ver y oír a gentes venidas de distintos lugares del continente hablar en distintos idiomas. Sobre algunos confesionarios se informaba mediante un rótulo en un cartel las lenguas en era posible ejercer el sacramento: pro linguis gallica, itala, germanica et hungarica. El Camino también atrajo a comerciantes, se abrían hospederías y el gremio de los concheiros, precursor de las actuales tiendas de souvenirs, llegó a tener afiliados más de cien talleres donde los peregrinos adquirían las conchas de vieira que cosían a sus atuendos. Como hoy en día,  las calles de Platerías, Azabachería y Calderería bullían de transeúntes en un ir y venir constante. A veces, la ciudad de Santiago podía devenir peligrosa. No eran raras las peleas entre peregrinos de distintas nacionalidades. Las muertes violentas en el interior de la catedral llegaron a ser tan habituales que en 1207 se aprobó que las misas no fueran suspendidas por esa causa. Se sacaba de la catedral el cadáver del infortunado y con un poco de agua bendita se purificaba de nuevo el lugar. Tampoco faltaban meretrices que tentaban a los recién llegados ni desaprensivos y timadores que trataban de aprovecharse de ellos.

Mientras tanto la catedral que albergaba las reliquias del Apóstol, evolucionaba. A la primera capilla siguió una pequeña iglesia levantada en el año 829, a la que siguió la ampliación prerrománica ordenada por el rey Alfonso III. Tres años antes del milenio la aceifa de Almanzor allanó el terreno para una nueva reconstrucción al arrasar Santiago, llevándose las campanas hasta Córdoba para mayor humillación de los reinos cristianos. La catedral románica se empezó a construir en 1075 y no sería consagrada hasta 1128. A fines del siglo XII el maestro Mateo inicia la cripta y el Pórtico de la Gloria. El templo no dejó de sufrir transformaciones y ampliaciones. El claustro es de principios del siglo XVI y la fachada barroca principal, del XVIII. La reliquia del Apóstol reposa en una urna de plata cincelada sobre un altar de mármol. La tradición obliga a ascender las escaleras que hay sobre la cripta y que llevan a la parte trasera del altar mayor, allí donde está la estatua de Santiago. Una vez allí se abraza y se besa la efigie.

Las peregrinaciones declinaron en el siglo XIV, con el desplazamiento de la atención de los reinos cristianos hacia el sur de la península durante la reconquista de territorios musulmanes y la crisis causada por el cisma protestante. Unidos a periodos de peste, guerras y hambrunas llevaron al Camino al desuso y casi al olvido. No sería hasta el XVII en que, lentamente, renacerían la costumbre de hacer el viaje de peregrinación. A finales del siglo pasado la situación cambió. En 1973 solamente se constató la presencia de 37 peregrinos. Veinte años más tarde, en 1993, con el inicio de la promoción turística de la ruta y la coincidencia del año Jacobeo, aquellos en los que la fiesta del Apóstol coincide en domingo, se atrajo hasta la capital gallega a más de noventa y nueve mil personas. Desde entonces la progresión de las visitas ha sido continua y desde el 2006 no ha bajado de cien mil anuales, con el record de 2010, también año jacobeo, en el que se llegó a las 272.000. 

Los peregrinos sellan durante el camino un cuaderno que certifica su paso a lo largo del recorrido. Al final las autoridades eclesiásticas expenden la llamada Compostela, el certificado de que se ha completado la peregrinación y que daba derecho a una reducción del periodo de tiempo que el alma debiera pasar en el purgatorio. Actualmente es necesario acreditar para obtenerla el recorrido a pie de los últimos cien quilómetros o de doscientos si se ha llegado en bicicleta. Antiguamente la concha de vieira constituía un testimonio cierto de haber completado el viaje, de aquí que se haya convertido en símbolo del Camino de Santiago. Precisamente en francés el nombre del molusco es coquille de Saint Jaques, concha de Santiago.

Actualmente el purgatorio se pasa en tierra, en las instalaciones aeroportuarias, antes de alcanzar el cielo. De nuevo en tierra, desde Lavacolla, el aeropuerto de Santiago, en menos de una hora se puede alcanzar la plaza del Obradoiro, cruzar el Pórtico de la Gloria, hasta la cripta donde hay que llegar y besar el Santo.

© J.L.Nicolas

 

Ver más fotos