Mares del Sur

19.04.2015 12:09

Ya hace unos cuantos años, y empiezan a ser bastantes, entre la década de los sesenta y principios de la de los setenta, la entonces Editorial Bruguera publicaba un par de colecciones de aventuras. Unos libros de tapa dura que intercalaban con el texto una versión ilustrada de la novela. En el lomo cuatro o cinco viñetas con los retratos de los protagonistas. Creo que se llamaban Colección Historias Selección. La otra era Joyas Literarias Juveniles, y en formato de historieta adaptaban novelas clásicas de aventuras. Abundaban los títulos de Julio Verne, Stevenson, Salgari, Karl May, Charles Dickens, Herman Melville, Daniel Defoe...

Recuerdo que me entusiasmaba con muchas de ellas. Apenas tenía diez años. Las leía una y otra vez. De una, Cuentos de los Mares del Sur de Robert Louis Stevenson, me quedé con la fijación de un nombre: Papeete. No sabía como pronunciarlo. Creo que desde entonces me fascinan algunos lugares que no conozco simplemente por la sonoridad del topónimo. He llegado a visitar algunos pura y simplemente por esa razón. En el caso de Papeete, también me fascinaba la historia y los ambientes recreados por Stevenson. En esa época todavía no había leído los relatos de Joseph Conrad ni los de Jack London, lo que habría de aumentar mi curiosidad.

Hasta el 17 de junio de 1767, los clanes polinesios que habitaban en lo que hoy en día son las Islas de la Sociedad debían haber vivido razonablemente bien. Ese día empezó el fin de los buenos tiempos. El teniente de la marina británica Samuel Wallis recaló en la bahía de Matavai, en Tahití. Wallis renombró la isla como Isla del Rey Jorge. Menos de un año más tarde, Louis Antoine de Bouganville lo cambiaría por el de Nouvelle-Cythère, algo más afortunado y que inspiraría a Jean Jacques Rousseau para su obra Emilio, o de la Educación. Las visitas de personajes célebres no dejaban de sucederse. El capitán James Cook pasaría ahí tres meses el año siguiente, para observar el tránsito de Venus ante el Sol. La isla debía ser todavía un paraíso cuando el 26 de octubre de 1788 desembarcó William Bligh, famoso capitán de la Bounty, a quién Christian Fletcher y buena parte de la tripulación se le amotinó. El suceso generaría con el devenir del tiempo novelas y largometrajes. A partir de 1790 Tahití se convirtió en escala de obligado paso para los balleneros. Entre estos y los misioneros de la London Missionary Society que desembarcaron del Duff el 5 de marzo de 1797, el paraíso empezó a declinar.

Pasado un siglo las islas ya eran formalmente una colonia francesa cuando, hastiado de la metrópoli, Paul Gauguin llegó a Papeete por primera vez. Su primera estancia se prolongó tan solo durante un año en el que no cesó de retratar figuras femeninas inspirado en su modelo Tehura. Enfermo, pidió ser repatriado a Francia. Pero volvió, y volvió para quedarse definitivamente. En su segunda etapa en las islas empezó a escribir un manuscrito autobiográfico en el que intercala acuarelas y fotografías. Gauguin escribe: un perfume mezclado, mitad animal, mitad vegetal, emanaba de ellas, el perfume de su sangre y de las gardenias (tiara), que todas portaban en sus cabellos. El diario se tituló Noa Noa. Noa significa perfume. Noa Noa debe ser una fragancia extraordinaria. Gauguin abandonó Tahití. En 1901 se trasladó a Hiva Oa, en las Marquesas, donde apuró su existencia.

Treinta años habían transcurrido de mis lecturas de niñez cuando aterrizaba en el aeropuerto de Faa’a. El vuelo llega pronto, muy pronto. Además, volando desde Auckland, en Nueva Zelanda, se llega a Tahití un día antes de la partida. Efectos de cruzar la línea de cambio de día de oeste a este. Así salí en miércoles y llegue en martes. Desorienta un poco.

Papeete tenía ya poco que ver con los textos de Stevenson, Conrad o London. Es una pequeña ciudad que languidece en sí misma. Donde lo poco interesante que posee está en su mercado, la librería y las terrazas del Trois Brasseurs y del Retro en el boulevard Pomare, frente al mar.

Moorea, la isla gemela de Tahití, dista menos de veinte quilómetros de esta. Si se es amante de la playa o se practica el submarinismo es un lugar estupendo. Si no es así,  hay poca cosa que hacer o que ver. Un par de maraes, antiguos lugares de culto al aire libre, donde se adoraba a los dioses y se celebraban los nacimientos o los óbitos. Moorea, “el lagarto amarillo”, se recorre con facilidad, en poco menos de un par de horas se circunvalan con calma los sesenta quilómetros que tiene la carretera que la rodea.

Desde el Belvedere, casi en el centro de la isla, hay una de las mejores vistas de Polinesia. Sus dos bahías, Opunohu, a la izquierda y Cook, a la derecha, están separadas por el monte Rotui. Por encima de ellas interminables campos de piñas. Al fondo el rompiente del arrecife separa los distintos tonos de azul del mar.

Cómo no me gusta quemarme la piel en la playa trabé amistad con un gato. Debía tener pocos meses, en cualquier caso menos de un año. No le puse nombre. Le llamé gato, como Holy Golightly hizo con el suyo en Desayuno con Diamantes. Con él iba a contemplar las puestas de sol en la playa de Hauru. Unas puestas de sol increíblemente lentas que se dejaban saborear en los cálidos reflejos rojizos proyectados sobre el océano.

El retorno a Auckland es terrible, y la sensación de perdida de tiempo enorme. Al cruzar la línea de cambio de día en sentido inverso se pasa directamente de viernes a domingo sin previo aviso. Y el siguiente ya es lunes.

© J.L.Nicolas

 

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