Miradores Lisboetas

13.12.2017 10:27

La capital portuguesa, como la italiana, Roma, se extiende, de un modo casi mítico, sobre siete colinas, un hecho que propicia encontrar puntos elevados, miradouros, desde los que poder otear sus barrios desde las alturas.

Uno de los más altos y, probablemente el preferido por los lisboetas, es el que se encuentra en la cima de la colina de São Gens, obispo en tiempos romanos de quien se dice que fue martirizado en este lugar, desde donde, por otra parte, en el año 1147, el primer monarca luso, Afonso Henriques, lanzó la ofensiva final que arrebataría la ciudad  a un Al Ándalus en declive. Ese mismo año se erigió en la cima una ermita dedicada al santo pero que se conocería como Nossa Senhora do Monte, destruida por el seísmo de 1755 fue reconstruida en las inmediaciones en 1796. Frente a la capilla se encuentra el mirador, protegido por la sombra de algunos árboles y delimitado por una barandilla, que ofrece la que es muy probablemente la mejor perspectiva del Castillo de São Jorge con el Tajo al fondo y una buena perspectiva de la Baixa, de la que se aprecia particularmente la plaza de Martin Moniz y las ruinas del antiguo convento del Carmo. Una tabla de azulejos reproduce las vistas indicando los principales puntos de interés.

No muy lejos, de hecho hay que rodear el espacio del antiguo Convento da Graça, se llega al Miradouro Sophia de Mello Breyner Andresen. Ese es el nombre oficial que lo dedica a la poetisa portuguesa fallecida en 2004, aunque popularmente se le denomina por el nombre del barrio, así es el mirador de Graça. Ofrece unas vistas que no son radicalmente distintas a las de Nossa Senhora do Monte, ligeramente más cercano al castillo y también del mirador citado. Uno de sus atractivos radica en la terraza del bar que reparte sus mesas sobre la plaza, a unos pasos de las barandillas.

Sobre un mapa la distancia puede parecer corta, incluso ridículamente corta, pero las bajadas, subidas, curvas y contra curvas hacen que llegar al Miradouro do Castelo de São Jorge, el mirador del castillo, sea más duro de lo que parece. Dentro del recinto amurallado una explanada arbolada ofrece unas esplendidas vistas de la ciudad con el barrio de la Alfama y la plaza Figueira a los pies y la Baixa y el Tajo como horizonte, también de varios jardines cercanos. Varios cañones, ahora meramente decorativos, apuntan en la misma dirección. Como en Nossa Senhora do Monte unos azulejos del mismo estilo, casi Art Deco,  indican los lugares destacables.   

Más allá de la catedral, en dirección a levante y ascendiendo por el Largo São Martinho siguiendo las vias del tranvía, se llega a los dos miradores más reconocidos de la Alfama, ambos muy próximos entre sí: el de Santa Luzia y el Miradouro das Portas do Sol. El primero está cubierto por una pérgola ornado con buganvillas y alicatado con los típicos azulejos azules portugueses en los que se pueden apreciar una vista de la Praça do Comércio en su estado anterior al terremoto y una escena del asalto cristiano al castillo de São Jorge. El segundo ofrece uno de los mejores panoramas de la Alfama con las iglesias de São Vicente de Fora, São Miguel, São Estêvão y el Panteón de fondo y el laberinto de callejuelas en medio. Junto a un quiosco hay una estatua de San Antonio, el patrón de la ciudad portando los símbolos de esta: una carabela con dos cuervos.

En la propia Baixa hay dos lugares más con vistas privilegiadas. Uno de ellos está en la azotea del conocido elevador de Santa Justa que comunica los barrios de la Baixa y el Chiado. En la parte superior de la estructura férrea por la que circulan hacia arriba y abajo dos ascensores hay una aérea terraza de barandillas metálicas con vertiginosas panorámicas de las calles adyacentes – el Rossio, la rua de Santa Justa y la rua Áurea- , de la terraza que rodea el convento del Carmo y del barrio de la Alfama y el Castillo. El otro se encuentra en el extremo de una de las vias que atraviesan de norte a sur el barrio pombalino, junto a la Praça do Comércio, es el Mirador del Arco de la rua Augusta, que a pesar de la ajetreada historia de este, reconstruido en dos ocasiones tras el seísmo, no sería concluido hasta el siglo XIX. De todos modos el acceso a la terraza del arco no sería abierto al público hasta 2013. Por un ascensor se accede al segundo piso y a la Sala do Relógio donde una exposición cuenta la historia del monumento y del reloj mecánico, montado en 1941 por la Fábrica Nacional de Relógios Monumentais A Boa Constructora. Unas escaleras llevan al exterior junto a las estatuas del escultor francés Célestin Anatole Calmels que representan al Valor, la Gloria y el Genio personificados. Desde la terraza las vistas más destacadas son la propia plaza abierta hacia el Tajo y la rua Augusta ascendiendo por la Baixa hacia el Rossio. Hacia el este se tiene una de las mejores vistas sobre la catedral y, por supuesto, la Alfama y el Castillo São Jorge.

El Bairro Alto y Santa Caterina, a cada costado del Chiado, norte y sur, tienen sendos miradores destacados. El de São Pedro de Alcantara, se encuentra en los jardines homónimos, tras la estación ferroviaria del Rossio. Se puede acceder a ellos desde la plaza de Restauradores tomando el Elevador da Glória para llegar al panorama que se ofrece hacia el Castillo, Graça y Monte. El Miradouro de Santa Catarina se encuentra justo enfrente del Museo de la Farmacia y es accesible mediante el Elevador da Bica, en las proximidades. Está orientado en paralelo al rio y desde él se aprecian las instalaciones del puerto, el Cristo Rey que desde la otra orilla pretende emular al Corcovado de Rio de Janeiro, el puente del 25 de Abril, el barrio de Lapa. Aquí hay un par de terrazas a distintos niveles y un quiosco donde tomar algo. En el centro hay una estatua obra del escultor Júlio Vaz Júnior que representa a Adamastor, el gigante marino que, en el canto V de la epopeya de Camões Os Lusíadas, se enfrenta a Vasco de Gama tratándole de impedir el paso hacia el Océano Índico por el Cabo de Buena Esperanza, que por entonces se conocía aun como el Cabo de las Tormentas. A boca e os olhos negros retorcendo e dando um espantoso e grande brado me respondeu: Eu sou aquelle oculto e grande Cabo. (La boca y los ojos negros retorciendo y dando un espantoso y gran grito me respondió: Yo soy aquel oculto y gran Cabo).

Más hacia el interior de la ciudad, en los alrededores de la plaza del Marqués de Pombal, responsable de la reconstrucción de la ciudad tras el terremoto de 1755, quien también la otea desde lo alto de su elevado pedestal, hay otros puntos desde donde admirarla. Uno de ellos es el Miradouro do Parque Eduardo VII, en la Alameda Cardeal Cerejeira, en un extremo de la zona verde. Desde allí se aprecia la ornamentación vegetal del parque que se proyecta hacia la avenida de los Libertadores con los reflejos del Tajo, como límite, al fondo. En dirección hacia poniente, se levantan las torres del centro comercial de Amoreiras. Sobre una de ellas se ha habilitado el acceso para disfrutar de la vista panorámica que se tiene de la ciudad en todas direcciones. El mirador se encuentra sobre el piso 18, a 174 metros de altura sobre el nivel del mar y desde allí se alcanza a ver el puente Vasco de Gama, la basílica de Estrela, la Mãe d’Água que recoge las aguas provenientes del acueducto de Águas Livres, el palacio real de Ajuda y los monumentos de Belém, todo ello bajo el paso de los aviones que se dirigen hacia el aeropuerto de la ciudad.       

Hay, más, por supuesto que hay más. Más alejados del centro o no, sobre innumerables terrazas privadas u otros, más sencillos, como el de la terraza del elevador que desde la rua Madalena lleva hacia el Castillo, o el de la del tercer piso de la estación del Rossio, mirando a través de la plaza hacia el castillo.

© J.L.Nicolas

 

Ver más fotografías