Namasté Katmandú

12.01.2015 13:14

Una vez, el valle de Katmandú fue un lago de considerables dimensiones. En su centro crecía un loto que, al florecer, atraía con su belleza, la atención de los dioses. Para acercarse a contemplarlo vaciaron el lago haciendo un profundo corte en las montañas que contenían el agua.

 

Según una versión fue el dios Manjusri, quien con su espada Chandrarasha creó la garganta que vació el lago, otra versión cuenta que fue el propio Krishna quien empleó el Sudarshana Chakra, con sus 108 afilados dientes, para abrir paso a las aguas. Actualmente existen otras versiones, más objetivas quizás, pero sin duda menos proclives al ensueño.

La ciudad fue fundada antes de la llegada del año mil por el rey Gunakava Deva, de la dinastía Licchavi, allí donde confluyen las aguas del Bagmati y las del Bishnumati. De la unión de los poblados existentes emergió Kantipur, Yambú para los tibetanos. Otra leyenda relata como Kirtipur se convirtió en Katmandú, cuando un dios conocido como Árbol del Paraíso llegó de los cielos disfrazado de simple mortal para asistir de incognito a la procesión del gran carro de Machhendranath. Pero fue reconocido y retenido hasta que se comprometió a construir un refugio para los monjes que se hallaban en transito. El dios cumplió su palabra y construyó con la madera de un solo árbol el albergue al que llamaron Kashtamandap, la casa de madera.

La dinastía Malla sucedió a la Licchavi y nuevos templos y palacios fueron erigidos, particularmente en la plaza Durbar y sus alrededores. En 1760, el padre Giuseppe, un misionero capuchino que regresaba de China hacia occidente, fue testimonio de hasta que nivel estaba desarrollada la ciudad, Catmandu, que ya reunía a casi veinte mil hogares.

La ciudad ha seguido creciendo y extendiéndose sobre el valle. Hacia el sur, siempre limitada por el rio Bagmati, ha permanecido próxima a sus orígenes. En Durbar se concentran los templos de Narayan, Taleju, Shiva y Parvati, la puerta de Hanuman y el Krishna Mandir. El antiguo palacio real de Basantapur con sus nueve tejados superpuestos y la casa de la Kumari, la diosa viviente que, a veces, asoma por una ventana del segundo piso, y que abandonara su condición divina tan pronto sangre, sea a causa de la pubertad o sea accidentalmente. Casi enfrente, quizá para contrastar, hay un gran relieve tallado en la pared que representa a Bhairau, un temible avatar de Shiva dotado de seis brazos. Esta suerte de demonio se había empleado como detector de mentiras. Se aseguraba que quien osaba mentir ante la figura de Bhairau moría inmediatamente victima de violentos vómitos de sangre. A pocos metros dos leones blancos de piedra, montados por Shiva y Shakti, guardan la puerta de oro que da a Nasal Chowk, el patio de la coronación.

Aun en Durbar está el palacio de corte neoclásico que hizo construir en 1850 el entonces primer ministro Jung Bahadur Rana, tras un viaje a Europa. Se empacharon del estilo en Singha Durbar, el Palacio del León, una descomunal construcción que tiene mil setecientas habitaciones y que hoy alberga al Parlamento y otras dependencias gubernamentales.

Hacia poniente la gran referencia es el Templo de los Monos, Swayambunath, el lugar donde florecía el loto anhelado por los dioses. A la colina que domina la ciudad y el valle se asciende por una larga escalinata. Quien los ha contado asegura que hay trescientos escalones. Arriba el gran estupa es el más antiguo del valle y a su alrededor está el conjunto de templos que según algunas inscripciones que datan del siglo V revelan que fue el rey Mahadeva quien ordenó construir algunos de ellos. En el siglo XIII Swayambunath, el que nace de si mismo, ya era un importante centro de enseñanza budista vinculado a los monasterios de Lhasa, en Tíbet. Desde las cuatro caras de la torre de la estupa los ojos de Buda parecen vigilar el recinto, quizás también a los monos que pululan libremente por él y que no dudan en encararse con los visitantes si se sienten molestados. Las oraciones viajan en el aire mecidas por la vibración de las ruedas cilíndricas de bronce. Esparcen las plegarias en cada giro que impulsan las manos de los creyentes. Recitan para sí mismas y para quien quiera oírlas el repetitivo mantra dedicado a Avalokitesvara. Om Mani Padme Hum, la joya en el loto.

Hacia el norte Visnú duerme recostado sobre un estanque. Completamente cubierto de pétalos de flores, de cera y de granos de arroz que los fieles depositan a diario sobre su efigie, Le llaman Budhanilkanta, o Narayan, el creador de la vida y avatar de Visnú, rodeado por una gran serpiente de piedra que lo  arropa, es Ananta Shesha, rey de todos los ofidios. Cada uno de los cuatro brazos de Visnú sostiene atributos que simbolizan sus poderes: un disco que representa la mente, una maza el conocimiento, la caracola de los cinco elementos y la semilla de loto del Universo.

Al este, una personificación de Siva posee sus propios templos. Es Pashupati, el señor de las bestias, progenitor de Ganesh, el dios con cabeza de elefante por culpa de un desgraciado incidente. Entre enero y febrero acuden miles de santones, sadhus y fieles incluso desde India para celebrar el festival de Shivaratri. Pashiupatinath recuerda, en una escala menor, a los grandes templos hinduistas de Benarés, junto al Ganges. Los ghats, las escalinatas que descienden hasta el rio, permiten a los creyentes ejecutar sus ritos de purificación en unas aguas sagradas que, en definitiva, son tributarias del Ganges.

En medio de tan sagrada periferia existe un Katmandú mundano que inunda las calles de gente deambulando en sus quehaceres cotidianos, desde el barrio de las embajadas en Lazimpat a la diagonal que corta la ciudad.  Asan Tole era la antigua ruta que se encaminaba hacia el Tíbet, hoy una animada vía de pequeños comercios tradicionales. Asan Tole cambia de nombre a medida que avanza hacia el sur, hacia Durbar. Se convierte primero en Kamalechi hasta llegar a Indra Chowk. A partir de esta plaza es Makhan Tole.

Esta diagonal cruza las vías principales de Durbar Margh y Kantipath, que arrancando del Palacio Real de Singha Durbar pasan por el estanque de Rani Pokhari antes de llegar al Estadio Nacional. Otro eje vertical es Sukra Path, que desciende desde el ajetreado barrio de Thamel hasta la plaza de Durbar pasando por una curioso espacio con una estupa del siglo XV rodeada de una verja, es la plaza de Thahity. Hacia el oeste hay un conjunto de pequeños templos con un estupa central que emula al de Swayambunath. Le llaman Kathesimbhu, pero también Sigha Bahal o Ghata Vihara. Servía para convalidar una peregrinación a aquellos quienes por su condición física no podían acceder hasta Swayambunath.

En estas calles hay un altar dedicado a Vaisha Dev, un dios que actúa contra el dolor de muelas. Junto a una figura suya los creyentes aquejados hincan clavos para que el dios interceda y mitigue el sufrimiento. Si la fe no es suficiente cerca hay algunos dentista y una farmacia en la que probablemente se pueda adquirir la magnifica pasta de dientes con un nombre más que adecuado al país: Everest.

Entre los años sesenta y setenta del siglo pasado, en plena efervescencia del movimiento hippie, Katmandú se convirtió en una especie de faro místico. Los Beatles visitaban al gurú Mahareshi en la India y de Europa partían vetustas furgonetas y destartalados autobuses que atravesaban Turquía e Irán. Tras una parada obligada en Kabul, Afganistán, la ruta se encaminaba hacia el paraíso de la droga fácil y barata bajo el techo del mundo. El cannabis y sus derivados eran legales y se expendían en establecimientos autorizados, Para otros productos más sofisticados era menester indagar un poco más o preguntar a aquellos que llegaban de Kabul. Al este de Durbar una calle estrecha que desciende, Jhhonchen Tole, se conocía entonces como Freak Street. Aquí, en 1969, un tal Cat Stevens, antes de hacerse llamar Yusuf Islam, compuso una canción con el nombre de la ciudad: Katmandú. Janis Joplin y el mismo John Lennon también harían referencia en sus canciones Cry Baby y Nobody Told Me.

Las flores hace mucho tiempo que marchitaron. Aun queda algún recuerdo en alguna tienda de artesanía, en la pared de algún bar trasnochado, en alguna librería, allí donde aun se perciba un cierto aroma de Pachuli.

© J.L.Nicolas

 

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