Refugios Hawaianos

31.03.2014 11:43

La cosmogonía tradicional hawaiana implicaba una estrecha interrelación entre lo divino, lo humano y la naturaleza. Esto comportaba unos estrictos códigos de conducta, el kapu, tabú, que regulaban los usos y el comportamiento entre las distintas clases sociales. Romper el kapu podía exponer al transgresor de las reglas a los castigos más severos. Quién lo hacía solamente tenía dos alternativas: exponerse a la pena y a una muerte más que probable o huir para intentar llegar a alguno de los pu’uhonua, lugares de refugio.

Una vez alcanzados, fuera cual fuese la culpa, estaban exonerados de represalia alguna y ningún perseguidor, ni siquiera un rey o un gran jefe tenía derecho a continuar la persecución. El prófugo, llegado al pu’uhonua, inmediatamente daba gracias a la deidad guardiana del lugar. Permanecía algunos días y, ya perdonado, podía retornar sin temor a su lugar de origen.

En tiempos de guerra, las ciudades de refugio también ofrecían asilo a los combatientes vencidos o a los que huían de la batalla. Hasta diez de estos refugios existieron en la isla de Hawaii. El mayor de ellos, Pu’uhonua O Honaunau, está en la bahía de Kiilae, al oeste de la isla. Se cree que se empezó a construir en el siglo XV, durante el reinado de ‘Ehu-kai-malino, rey de Kona.

Desde 1955 forma parte del Parque Histórico Nacional, lo que ha preservado parte de las estructuras, otras han sido reconstruidas. El refugio de Honaunau está bordeado de un sólido muro de bloques de pahoehoe, lava basáltica proveniente de las coladas del Mauna Loa. En el recinto, la construcción principal es el heiau, templo, Hale O Keawe, donde reposan los huesos de reyes y nobles hawaianos. El mana, la fuerza espiritual de los ancestros, proveía al lugar de una mayor sacralidad y protección de orden espiritual. El heiau está vigilado de cerca por las miradas de diversos ki’i, imágenes talladas en madera que representan a los dioses.

Lahaina, en la vecina isla de Maui, fue también, en otros tiempos, ciudad refugio. Pero en este caso de las tripulaciones de balleneros que hicieron de la población, entre 1825 y 1860, una de las principales bases de esta industria en el Pacífico. Los enfrentamientos con los misioneros y con la población nativa fueron una constante en el ambiente de la villa. Hoy, todo eso, junto a huesos de cetáceos, instrumentos para su pesca y otras misceláneas, forma parte del recuerdo que se mantiene vivo en el Whaler’s Village Museum de la población.

Otro refugio importante, en este caso para la flota norteamericana del Pacífico Norte, es el puerto de las perlas, Pearl Harbor. A pesar que en la madrugada del 7 de diciembre de 1941, la Armada Imperial Japonesa tuviera una opinión distinta del asunto. Isoroku Yamamoto dejó un imborrable recuerdo. Roosevelt le declaró inmediatamente la guerra. Cuatro días más tarde Hitler y Mussolini la declaraban a Estados Unidos. Alguien le preguntó al Duce si alguna vez había visto un listín telefónico de Nueva York. 

Hoy, en Pearl Harbor, queda el pecio semihundido del USS Arizona, convertido en un memorial que recuerda a los 1177 miembros de su tripulación que perecieron durante el ataque japonés. Sus nombres figuran en una gran placa en el salón que se construyó sobre el casco. Sobre el agua sobresale una de las torretas de armas.

De todos modos, el mejor refugio que ofrecen las costas de las islas de Hawaii, son sin duda sus playas. A quien le guste practicar surf Oahu cuenta con algunas de las mejores olas del mundo en alguna de las mejores playas del mundo: North Shore o Waimea. Estuve en esta última. No practico surf, pero quería verlo. Aquel día no había olas. 

© J.L.Nicolas

 

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