Santorini, sobre el Volcán

03.05.2015 17:44

En otros tiempos Thera, o Santorini como la llamaron los venecianos, fue conocida como Kallisté, la más hermosa, o como Strongylé, la redonda, ya que tal era la forma que tenía su perímetro. Pero esa condición cambiaría con la extraordinaria erupción que 1600 años antes de nuestra era la asoló y ese hecho explicaría para algunos el mito de la Atlántida.

El cataclismo transformó completamente la faz de la isla, lo que había sido la cima del volcán se convirtió en un extenso cráter anegado por las aguas del Egeo. Es la mayor explosión de origen volcánico de la que se tiene conocimiento en el mundo antiguo y tan solo es comparable con la que provocó la desaparición de Krakatoa, entre Java y Sumatra, en 1883. Sus efectos inmediatos se dejaron sentir incluso en China, la emisión de humo oscureció los cielos de Egipto durante nueve días y en el Egeo causó un maremoto que devastó la civilización minoica en Creta. La circular Strongylé quedó repartida entre las islas que hoy se conocen como Santorini, Therasia y Paleo y Nea Kameni, más algunos islotes solitarios. La actividad vulcanológica ha sido incesante. El historiador romano Dion Casio citó en su Historia Romana la aparición de una nueva isla en el centro de la caldera, era Nea Kameni. En 1956 un seísmo que sobrepaso los siete grados en la escala de Richter causó cuarenta y ocho muertes recordando que aun hay actividad. Hoy continúan humeando las fumarolas que despiden el característico olor de azufre en el cráter.

Las tesis que unen la erupción de Thera con el fin de la Atlántida son, como todas, meramente especulativas. El arqueólogo griego Spyridon Marinatos y el sismólogo Angelos Galanopoulos intentaron vincular durante el siglo pasado los textos de Platón, en que recoge los conocimientos transmitidos a Solón por los sacerdotes egipcios de Sais, con el cataclismo egeo, lo cual supondría que los legendarios atlantes no serían otros que quienes vivieron durante el apogeo de la cultura minoica.

En cualquier caso la gran erupción de Thera debió de ser precedida por importantes temblores de tierra. En 1860 se descubrieron los restos de una ciudad en el sur de la isla, cerca de la población de Akrotiri, de la que tomó el nombre. A partir de 1967 se aceleraron las excavaciones en las que participó el mencionado arqueólogo Spyridon Marinatos. Los trabajos revelaron que a diferencia de la catástrofe de Pompeya la población tuvo tiempo más que suficiente de abandonar la isla ya que bajo la ciudad, que fue enterrada por una gruesa capa de cenizas, no se hallaron cuerpos ni ningún tipo de objeto valioso, los pithoi, las vasijas abandonadas, eran de gran tamaño y fácilmente reproducibles. La ciudad se fundó posiblemente alrededor del segundo milenio antes de nuestra era y corresponde al final de la Edad del Bronce y al periodo Neopalacial minoico, aunque siglos antes la población de Thera estuviera vinculada con la cultura cicládica que produjo las estilizadas estatuillas antropomórficas que se exhiben en los museos de las islas. Akrotiri estuvo vinculada culturalmente a Creta, los frescos hallados en las excavaciones recuerdan el estilo de aquellos del palacio de Cnossos. En las inmediaciones de la plaza triangular del yacimiento donde se encontró el fresco, uno de los edificios reveló su uso litúrgico en base al desarrollo de la narración de las pinturas. Aquí estaban los frescos de los jóvenes que acarrean pescado. En otro se representa a dos jóvenes enzarzados en un combate pugilístico parecido a otros hallados en Egipto. También aparecen doncellas, leones y monos.  Otros muestran escenas de navegación marítima entre islas.  

Tras el cataclismo Thera fue un desierto, hasta el siglo IX AC cuando Esparta fundó una colonia. Escogieron una de las laderas más elevadas en el sur del cráter desde donde se divisa prácticamente toda la isla y la llamaron Mesa Vouna, la ciudad de la colina. Actualmente se llega siguiendo la carretera que parte de Kamari y zigzaguea durante pocos quilómetros. Luego un camino prosigue la ascensión hasta una basílica bizantina. Las excavaciones las inició el arqueólogo alemán Hiller von Gaertringen en 1896 y puso al descubierto antiguos templos y santuarios de la época ptolemaica, cuando Thera fue una dependencia de los reyes griegos de Egipto. Justo en la entrada de la ciudad el Herón de Artemidoros muestra los relieves de un águila, un león y un delfín. Roma también dejo su huella con los baños y nuevos santuarios. Tampoco faltó un teatro con unas excelentes vistas sobre el mar.

Si en Akrotiri se encontraron tablillas escritas en el alfabeto Lineal B en la antigua Thera se hallaron ejemplos de la antigua escritura griega derivada del alfabeto fenicio.  

Hoy las tablillas se han sustituido por tarjetas de crédito en los comercios de las calles de la moderna Thera, Firá, donde la gran mayoría están destinados a la actividad estacional dirigida al turismo. Provenientes principalmente de Atenas, muchos de los empresarios y trabajadores desembarcan previamente a la llegada de los primeros visitantes. Firá existe entre abril y octubre y es entonces cuando se vuelca a su balcón natural sobre el cráter, a cuatrocientos metros sobre el mar o seiscientos escalones. Una miríada de terrazas de bares, restaurantes y hoteles asoman a la abrupta ladera que acaba junto a las aguas que rodean el pequeño puerto de la ciudad. Siguiendo el perfil apenas media docena de calles lo recorren en paralelo hasta llegar a la Mitropoli, la catedral de Firá. Su escasa amplitud las exime del tráfico rodado. Pero Firá ha crecido, hacia el norte en la mucho más tranquila Firostefani, donde los niños locales juegan en las plazoletas, apartados de las hordas que los cruceros arrojan a tierra a diario y algunos carteles intentan orientar hacia el centro de la población a aquellos que hayan perdido el rumbo.

Sin embargo la auténtica postal del Egeo se halla en la norteña Oia, donde las encaladas paredes de las iglesias de cúpulas azules tienen de fondo otro azul, el del mar. Oia es una versión limitada de Firá, como esta descansa sobre el vértigo del cráter que apunta a la caldera del volcán. Sus comercios tienen la misma orientación y el mismo público, sus calles son probablemente más enrevesadas y debe sumar más grados de desniveles que también llevan a un puerto que parece lejano desde las alturas, es Ammoudi.

Cerca de Oia, Finikia es un remanso de paz en Santorini, sus calles son como las de Firá u Oia, pero, alejada de los circuitos turísticos, no hay ni tiendas ni nadie deambulando por ellas. Solo alguna residencia y un austero y solitario bar en las afueras que promete música en vivo al anochecer.   

Pyrgos es una pintoresca población que está sobre un promontorio casi en el centro geográfico de Santorini. Sus retorcidas calles ascienden entre pasajes cubiertos y escaleras hasta la cima que domina el viejo kastro veneciano junto a la iglesia y un museo de iconos ortodoxos.

En Firá cuando la temperatura empieza a bajar al tiempo que el sol inicia su retiro diario, la gente acude a las terrazas y a los balcones que asoman a la caldera. Tras las siluetas de Nea Kameni y de Therasia el sol prosigue el recorrido en declive hacia el horizonte acompañado de un cambio progresivo en el color de poniente. Los nuevos adoradores del astro rey dirigen sus cámaras y sus teléfonos móviles hacia las últimas luces del día como si se tratase de una postrera plegaria como el poema del griego Nikolaos Calas:

Desde aquí la isla se ve dramáticamente sobre el volcán que la creó

Y sigue su trabajo con la perfección de una encantadora supremacía

© J.L.Nicolas

 

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