Sobre un Puente, en una Noche de Niebla

22.08.2013 18:33

Soy víctima de un chantaje. Alguien ha recordado la existencia de unas viejas fotografías de mi persona sobre las que no voy a pormenorizar. Pero la extorsión no ha obtenido el resultado esperado. Yo mismo conservo en mi poder viejas fotografías del chantajista que, aunque probablemente solo sirvan para recordarle que una vez fue joven, por lo menos pueden ser objeto de transacción. 

Iniciamos el tradicional proceso de intercambio de mensajes para determinar el lugar donde debía realizarse el trueque. Las instrucciones para la entrega han llegado en un laberinto de palabras y de recuerdos. Finalmente se determinó que lo idóneo sería esperar a una noche en que la niebla fuese lo suficientemente densa como para ocultar las identidades presentes - las pasadas olvidadas y únicamente reflejadas en las fotografías y los recuerdos, las futuras aun por construir -  y en un sitio que facilitara la huida en direcciones opuestas. Es decir: sobre un puente, en una noche de niebla.

Esperar a la niebla no sería difícil en un mes húmedo y frio como noviembre. Determinar el lugar conllevaría más complicaciones de las esperadas por el timador, quien poco ávido de desplazamientos no había calculado adecuadamente que no se han escatimado puentes en Venecia.

En su desconocimiento propuso cualquier paso sobre un canal. Sin tener en cuenta Murano solo hay tres canales en Venecia: el grande, el de Cannaregio y el de la Giudecca. Todas las demás vías acuáticas se llaman rii, ríos. Así que buscar un puente sobre un canal restringía la selección, pero también la conveniencia. El Gran Canal tiene cuatro puentes desde que se perpetrara el de Calatrava entre las estaciones de autobuses y la ferroviaria. Es el más moderno, pero, del mismo modo que los tres restantes: el de Scalzi, el famoso de Rialto y el de la Accademia son demasiado transitados y el tráfico de viandantes no cesa ni siquiera al caer la noche. Hay solo dos en el canal de Cannaregio, el de Guglie entre San Geremia y el rio terá de San Leonardo, también demasiado agitado, y el de Tre Archi, más allá del Ghetto, que, excesivamente presuntuoso pretende reflejarse por triplicado sobre las aguas que cruza. Sobre el canal de la Giudecca está todo dicho: no hay más puentes que el vaporetto.

Luego pensé en la conveniencia de un puente que no tuviera barandillas, para facilitar una eventual desaparición del embaucador, lo cual restringía drásticamente las posibilidades: solo hay dos, el del Diavolo en Torcello, demasiado lejos para desplazarse en la noche o el ponte Chiodo, junto a la fondamenta de San Felice, pero este último solo conduce a una puerta, habitualmente cerrada a desconocidos.

Hay otro puente que siempre me ha fascinado. Metálico, está muy cerca del campo Bandiera de Moro. No cruza el agua, sino que en el aire atraviesa livianamente la calle de la Pietà. Pero comunica viviendas y no es accesible a malhechores. El famoso puente cubierto de los Suspiros fascina a las masas, cosa que no hacía en sus años de gloria cuando solo lo atravesaban reos dirigiéndose a las mazmorras del Palacio Ducal. Pero también es inviable de noche y además, como acabo de señalar, una de sus salidas solo conduce a la prisión.  

Antiguo punto de encuentro para reyertas entre vecinos de San Nicoló dei Mendicoli y Castellani, el ponte dei Pugni cruza el rio de San Barnabá junto a una barcaza donde se venden verduras. Cuatro plantillas marcan donde se situaban los pies para iniciar la pelea. No sé si serían útiles para señalar el inicio de un intercambio, pero el Club de Jazz está a dos pasos.

Los provisionales no sirven. Durante algunos años se construyó uno de madera para llegar hasta San Pietro di Castello mientras se reparaba el puente habitual, pero ya no existe. En noviembre, aunque la niebla fuese densísima, tampoco serviría para semejantes viles propósitos el puente votivo que se instala sobre barcazas cerca de Santa Maria de Giglio para la fiesta de la Salute, cuando miles de ciudadanos marchan en peregrinación a encender cirios a la Virgen para agradecer el fin de la peste de 1630.

O quizás se podría buscar un puente de madera como el que conduce al Ghetto Novo que guardan dos garitas ya cerradas, pero en sus alrededores es habitual que haya ropa tendida entre las viviendas. O el que pasa frente a la entrada del Arsenal junto a los leones griegos que Francesco Morosini saqueó en El Pireo en 1687.

Los hay que con su nombre cuentan historias como el ponte delle Maraveglie. El puente es bonito aunque no sea ninguna maravilla, pero Maraveglie era el nombre de la familia que habitaba en una casa enfrente. O el ponte del Milione, junto a la corte homónima y a la que se atribuye la residencia familiar de los Polo, cuyo miembro más conocido fue Marco, embajador ante el Khan. O el de Dona Onesta, un maravilloso paso metálico sobre el rio de la Frescada y bajo la mirada de una máscara de la que se cuenta, según la versión de la historia, que fue la única mujer honesta de la ciudad. Si fuera únicamente por el nombre también se podría escoger el puente de la Nostalgia, aunque solamente existiese en la imaginación de Hugo Pratt. En realidad se trata del ponte Widmann, junto al palacio construido por Baldassare Longhena para una familia austríaca así apellidada.

Y las posibilidades continúan...hay puentes tímidos, casi anónimos, a veces son apenas simples pasarelas, otros desproporcionadamente orgullosos solo buscan ser retratados. Exhibicionistas. Nos convienen mejor los primeros.

Finalmente ha llegado la hora. Mirando a través de la ventana apenas se sabe si hay noche. Apenas se sabe si hay calle, rio o puente. Apenas se sabe nada. Me cubro con mi abrigo. Oscuro. Además la noche es fría. No tengo más remedio que atravesar San Marco, pero tampoco importa. Casi no se distingue ni el campanile ni el león alado sobre la columna en la piazzeta. Solo las luces de las Procuradurie. Las siluetas de los transeúntes pasan fugaces en el ambiente denso, tan sobrecargado que mitiga las luces de las farolas haciéndolas lejanas, disolviendo la claridad incandescente de las bombillas en el espacio. Ha desaparecido cualquier reflejo en el canal. Tan queda está el agua. Es como un vacio existencial. En la retina se confunden los volúmenes de edificios, fondamentas y puentes y todos ellos con el susurro del aire rozando la superficie del agua. Esta, bajo el puente o en el aire, lo envuelve todo.

Cuando, repentinamente, la consciencia de la llegada de una presencia inesperada aunque prevista envuelve a la misma niebla. El intercambio de sobres, aunque ágil y breve, es eterno. Carece de dimensión temporal. El encuentro es infinito.

De retorno a mi cubículo veneciano, debo atravesar más puentes. Es inevitable. Pero parece que, indolente, la niebla se disipa. Las sombras han retornado y ahora son espesas y pesadas. Los reflejos han reflotado en los canales. El tiempo corre de nuevo y se hace sentir en el repiqueteo que parece incesante sobre los campaniles.

Abro la puerta y la calefacción me hace revivir inmediatamente. Aun estoy aturdido por el frio y por el efecto del encuentro. El intercambio ha sido desigual pero no injusto. Ocho imágenes a cambio de una, pero que ha dado pie a una nueva historia.

© J.L.Nicolas