Trieste, el No Lugar

29.12.2017 13:18

Ciudad cambiante, atornasolada, linde y frontera dúctil. Algunos la han definido como un no lugar, un sitio atópico. Trieste lo es todo y nada, se complementa y es contradictoria. Todo ello – y nada – la han convertido en cuna y lugar de paso y estancia de escritores que han dejado en sus páginas constancia de semejantes matices.

De hecho abunda la literatura basada en ese pensamiento de frontera de búsqueda de la identidad, de hurgar en la propia existencia, soplando en el viento, buscando mariposas blancas sobre la nieve o en las lágrimas lloradas bajo la lluvia. La escritora galesa Jan Morris abundaba en esa idea del no lugar que otorgan los movimientos fronterizos con sus respectivos y sucesivos cambios de filiación y el sentimiento de pertenencia. En esa línea también sería interesante dilucidar, hurgando en el pensamiento del británico Tomás Moro en su célebre Dē Optimo Rēpūblicae Statu dēque Nova Insula Ūtopia, publicada por primera vez en 1516, si Trieste estaría situado al modo de la isla de Utopía, o en un lugar más bien eutópico, o si mejor se trataría de un lugar atópico o quizás distópico. El pensador renacentista ingles tenía un cierto gusto por construir nuevas palabras a partir del griego clásico, con la negación οὐ y el sustantivo τόπος formó su famosa utopía, literalmente el no lugar donde situaba a una sociedad ideal. Con el mismo fin unió εὖ y, de nuevo, τόπος, para formar el buen lugar, un concepto más próximo al futuro Mundo Feliz de Aldous Huxley. Por una distopía se entiende la negación de la utopía de Moro, más bien alude a un equívoco espacio temporal más en sintonía con el despropósito de la raza humana, como en el caso de la región triestina serían los odiosos desplazamientos forzados de población, aunque, paralelamente, también hay quien considera, como el periodista Rodrigo Fresan en su artículo ¿Cuánto falta para llegar? que lo más paradójico de todo, algo que dice mucho de la naturaleza del hombre, es que las utopías tienden a ser mucho más aburridas que las distopías

Disquisiciones aparte, Trieste, de un modo u otro, a pesar de las banderas que se han hecho ondear sobre su castillo, siempre ha gozado de un espacio en este mundo, siempre fue una población discreta aun a pesar de su nombre, Tergeste, la ciudad del mercado, nombre con el que era conocido el lugar antes de la llegada de Roma. Esta fundó su colonia sobre la colina y en la ladera que encara el mar. En la cima levantaron los edificios públicos, el foro, la basílica y el templo, cuyos restos pueden verse en la Piazza della Cattedrale. La ladera de la colina fue aprovechada para construir la grada del teatro, que daba cabida a unos seis mil espectadores y es la parte mejor conservada junto a los muros que la rodean. Algunas de las estatuas que lo decoraban se exhiben en el Museo Lapidario Tergestino, una de ella se cree que corresponde a Quinto Petronio Modesto, quien costeó la restauración del teatro en el siglo II. Al sur, en la Piazza del Barbacan, se mantiene de pies el Arco di Riccardo, una de las puertas de la ciudad romana, ésta encargada por Augusto 33 años aC, también se dice que debe el nombre a Ricardo Corazón de León, quien de retorno de las Cruzadas estuvo aquí cautivo. Sobre el teatro, en la Via del Seminario, el Antiquarium muestra los restos de una domus y de parte de una muralla tardo republicana.

Para los venecianos, quienes dieron más relevancia a Capodistria, hoy Kuper, o Piran, ambas actualmente en la costa eslovena, Trieste no sería más que un pequeño mercado y barrio de pescadores. La cima de la colina también fue el lugar idóneo para construir el castillo, obviamente sobre las ruinas del foro romano. Su apariencia actual es de finales del siglo XV, de tiempos del emperador Federico III de Habsburgo, aprovechando la anterior fortaleza veneciana de 1369. Fue residencia de los capitanes austríacos hasta que en el siglo XVIII se destinó a albergar a la guarnición militar. Actualmente es la sede del Civico Museo del Castello di San Giusto. Junto al castillo esta la catedral del mismo nombre que colina y castillo. Sobre el espacio del antiguo templo romano dedicado a la tríade capitolina, Júpiter, Juno y Minerva se construyó la basílica episcopal paleocristiana que fue sustituida, entre los siglos X y XI por dos edificios paralelos, la catedral de Santa María y la iglesia de San Giusto, que serían unidas a principios del siglo XIV, en 1302, con el añadido de una quinta nave central. Aún quedan algunas de las columnas del propileo y en el suelo se pueden apreciar fragmentos del mosaico de la basílica paleocristiana. Los laterales de la puerta principal aprovecharon la lápida, partida en dos, del sepulcro romano con los retratos de la familia Barbia. Sobre la entrada del campanario hay una estatua del siglo XIV de San Giusto, sosteniendo, en una mano, la maqueta de la ciudad y, en la otra, una hoja de palma, símbolo del martirio. Un fresco del siglo XIII describiéndolo decora la capilla de San Giovanni y dos excepcionales mosaicos cubren el fondo de los ábsides, uno de ellos representa a la Madonna en trono con el Niño entre los arcángeles y con los doce apóstoles en la franja inferior. Descendiendo por la Via delle Monache se llega a las iglesias de Santa Maria Maggiore y de San Silvestro. La primera tiene una fachada barroca construida por los jesuitas en el siglo XVII, la segunda, del siglo XIV, es románica con una bella entrada porticada sostenida por dos columnas.

La ciudad despegará bajo la dominación austrohúngara al convertirse, de facto, en puerto de Viena. Carlos VI la escogió en 1719 como principal puerto del Imperio. Las atarazanas y la actividad del puerto franco atraerán a finales del siglo XVIII a una población altamente cosmopolita que habla en alemán e italiano, en esloveno y veneciano, griego, inglés, croata y, como no, en triestino. Es el momento en que aparecen nuevos barrios. Hasta entonces la ciudad estaba restringida al puñado de callejuelas que descendían de la colina y a las que se prolongaban alrededor del nuevo centro neurálgico de la urbe, la hoy extensa Piazza dell’Unità. Esta es la mayor plaza abierta al mar en Europa, alguien dijo que la más bella, rodeada de algunos de los edificios más emblemáticos de la ciudad. No siempre fue así, antes de su reforma era un espacio de menores dimensiones, cerrado por varias construcciones y una torre, ya desaparecida, que se conocía como la Torre del Porto o dell’Orologio. Su apariencia actual data de mediados del siglo XIX. El fondo está ocupado por el ayuntamiento, el Palazzo del Municipio, coronado por una torre en la que dos autómatas, Michez y Jachez, al modo de los dos moros de la Piazza San Marco en Venecia, hacen sonar las campanas. Estos son una réplica de los originales, moldeados en 1875 por el escultor de Treviso Fausto Asteo, que se exponen en el Castillo San Giusto. Completan la plaza los palacios Modello, del Governo y Sttratti, cuyos bajos están ocupados por el histórico Caffè degli Specchi. El centro está dominado por la Fontana dei Quattro Continenti, una obra de Giovanni Mazzoleni instalada en 1754, y la columna con la estatua de Carlos VI.

El bullicioso Corso Italia separa la ciudad vieja del Borgo Teresiano, el ensanche de cuadricula que rodea al Gran Canal donde se establecieron comerciantes y hombres de negocios que levantaron sus edificios de fachadas neoclásicas. El Gran Canal era la vía acuática de entrada a ese nuevo centro urbano y estaba atravesado por puentes levadizos para permitir el paso de los veleros cargados de todo tipo de mercancías. Hoy, esos puentes son de piedra inamovible. El Gran Canal acaba en la plaza donde se halla la iglesia, también de fachada neoclásica, de Sant’Antonio Taumaturgo. Casi al lado se alza otra iglesia, esta es la ortodoxa, el Tempio Serbo Ortodosso di San Spiridone. En la parte central se abre el espacio de la Piazza Ponterosso, donde estuvo el puente levadizo que con su color dio nombre al nuevo puente y a la plaza. En el centro hay otra obra de Mazzoleni, una fuente coronada por un querubín añadido posteriormente que se conoce popularmente como el Giovanin. En la parte baja de la vía acuática, frente a la Riva Tre Novembre, tres edificios confieren un marcado eclecticismo a esta fachada marítima con construcciones con elementos helenizantes y otros de aires neoyorquinos y venecianos, son el Grattacielo Rosso, el Palazzo Gopcevich y el Palazzo Corciotti

Al acabar la Primera Guerra Mundial, Trieste se debate entre ser italiana o yugoslava. Acabada la Segunda Guerra Mundial, por el Tratado de Paris de 1947, se le otorga un estatuto especial de ciudad independiente con una amplia área circundante. Siete años más tarde el Territorio Libre de Trieste se divide en dos zonas, la septentrional, con la ciudad, que dependerá de Italia y el resto, de la República Yugoslava. Buscando un lugar sólido en el mundo.

© J.L.Nicolas

 

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