Un Palacio junto al Río

18.11.2016 17:33

Cuando el rey de Siam Phrabat Somdet Phra, también conocido como Rama I el Grande, decidió trasladar la capital del reino desde Thonburi hasta la vecina Krung Thep, debió pensar en una residencia que no desmereciera la del Rey Sol en Versalles. Mandó construir junto al rio Chao Phraya el Gran Palacio Real de Bangkok, Phra Borom Maha Ratcha Wang.

Había pasado poco más de un siglo de la famosa visita de Kosa Pan, embajador del rey Somdet Phra Narai el Grande, para entrevistarse con el rey francés Luis XIV en Versalles en septiembre de 1686. La visita dejó huella en Brest, puerto de llegada, tanta que cambiaron el nombre de la calle principal por  el de rue de Siam.

El gran complejo palaciego de Bangkok se empezó a edificar en 1782 y sirvió de residencia real hasta mediados del siglo XX. Está rodeado de una cerca de casi dos quilómetros de longitud y protegido por un canal. Diecisiete fuertes de pequeñas dimensiones reforzaban el perímetro al que se accedía por doce puertas. A lo largo del tiempo en que ha sido ocupado se fueron añadiendo nuevos edificios y se han hecho reconstrucciones. En el interior del recinto, además de las dependencias reales, de la corte y del gobierno, grandes patios y extensos jardines se alternan con pabellones abiertos repartidos en cuatro grandes secciones separadas entre sí por muros y puertas.  En el área central, la mayor de las cuatro, se concentran los edificios relacionados con el ejercicio del poder real, los salones del trono donde se celebraron las coronaciones de los monarcas tailandeses, a los que se accedía por la puerta de Thevaphibal, celada por guardianes chinos de piedra. El trono dorado, donde se concedían audiencias reales, está cubierto por una prolongada cúpula que representa el Monte Meru, centro de la cosmogonía budista e hinduista. Está decorado con representaciones del dios Garuda. En la zona interior, Kang Nai, están los jardines Silawai, donde las jóvenes damas de la corte jugaban a cricket a principios del siglo pasado. Este recinto estaba dedicado exclusivamente a la residencia del rey y su harén de reinas y consortes.

Pero la sección más espectacular es sin duda alguna la que ocupa el templo del Buda Esmeralda, Wat Phra Kaew, otro recinto vallado en el interior del complejo en el que se distribuyen un centenar de construcciones entre las que destaca el templo principal. Aquí está la estatuilla de casi tres palmos, esculpida en una sola pieza de jade, representando a Buda esperando el Nirvana.

La estatua fue probablemente tallada en India, tal como relata la leyenda, pero está también vinculada a varios reinos del sudeste asiático. Según la misma leyenda fue esculpida por un santón llamado Nagasena con ayuda de Vishnú e Indra quinientos años antes de que Buda alcanzara el Nirvana. El santón profetizó que la imagen propagaría la religión de Siddhartha a cinco tierras: Lankadvipa, hoy Sri Lanka, Ramalakka, Dvarati, Chiang Mai en Tailandia y Lan Chang, actualmente Laos. Así, según la leyenda entremezclada con la historia, la piedra fue llevada a la isla de Ceilán para protegerla de una contienda civil. Un monarca birmano enviaría allí una legación para recopilar textos budistas y obtener la esmeralda con el fin de llevar la prosperidad a su país. Eso sucedió en el año 457 de nuestra era, en tiempos del reino de Anuradhapura en Sri Lanka,  pero la estatua no llegó a su destino sino que en el viaje de retorno fue llevada a Camboya. Casi debió transcurrir un milenio para que un ejercito siamés tomara Angkor Wat, capturando la estatua del Buda y trasladándola finalmente a Chiang Mai. Un príncipe laosiano la llevó a Luang Prabang y a Vientiane hasta que el rey siamés Taksin la recuperó en 1778 llevándola a Thon Buri hasta que con el cambio de la capital efectuado por Rama I se depositó, hasta el día de hoy, en el templo construido a propósito en el Gran Palacio Real de Bangkok.

El edificio que alberga al Buda Esmeralda está ricamente decorado. Las tejas que lo resguardan de la lluvia son de color naranja y verde, un gran mural que rodea el edificio describe en imágenes la narración completa del Ramayana. Hay frescos con escenas de la vida de Buda. La entrada está guardada por dos enormes centinelas de cinco metros de altura, son los fieros ogros de color verde llamados Yaksha.

Otros seres fabulosos rondan el lugar. Pegadas a los muros, ciento doce representaciones del dios Garuda como águila antropomórfica rodean la sala principal. Los dorados Nok Tantima y Kinnaras, mitad pájaros, mitad humanos posan en los alrededores.

En Wat Phra Kaew hay tres pagodas, una de ellas, del siglo XIX, construida con el estilo de los estupas cingaleses. Por todo el complejo, simbolizando el poder, hay estatuas de elefantes. También se ven a veces circulando a su ritmo en la calle. Como a los monjes de los cercanos monasterios, inconfundibles enfundados en sus túnicas de color azafrán.

No faltan monjes ni templos en Bangkok. Al sur del Gran Palacio el templo de Wat Po acoge la colosal estatua del Buda reclinado con sus cuarenta y seis metros de longitud. Hay mil estatuas más en el mismo templo, por descontado, de dimensiones más modestas. Los fieles echan monedas al centenar de cuencos de bronce que simbolizan los avatares favorables de Buda. Dicen que trae suerte.

Wat Traimit, cerca del barrio chino, acoge al gran Buda Dorado, o Phra Phuttha Maha Suwan Patimakon, una estatua de tres metros y medio de altura que pesa cinco toneladas y media, el ochenta por ciento es oro. Se descubrió que era del metal precioso en los años cincuenta, cuando en un traslado la estatua cayó al suelo y una parte del yeso que la recubría se desprendió revelando un brillo dorado en el interior.

Wat Benchamabophit, cerca del Palacio de Chitralada y del Zoo, es el Templo del Quinto Rey o Templo de Mármol, es el último gran templo construido en la capital tailandesa, a un año de iniciar el siglo XX. Dos leones birmanos de piedra vigilan el acceso a la sala donde hay una gran copia del Buda Ninaraj de Phitsanulok, del que se decía que lloraba lagrimas de sangre. También se conservan aquí las cenizas de ese quinto rey, Chulalongkorn.  

Entre los antiguos aposentos de la realeza y el puente Phrapinklao, los embarcaderos extienden sus muelles para albergar a las barcas reales sobre el Chao Phraya, el rio que atraviesa la ciudad. Aunque también son reales, aunque menos lujosos, los centenares de botes que navegan con motor o a fuerza de brazos entre los mercados flotantes de Thonburi y las viviendas de madera que dan al rio, como si se tratara de una Venecia sin ostentosas mansiones sobre el Gran Canal, a excepción del Gran Palacio Real.

© J.L.Nicolas

 

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