Washington (Irving)

29.04.2014 10:22

Partiendo de la plaza Nueva de Granada y ascendiendo por la cuesta de Gomérez, una vez pasada la puerta de las Granadas, subiendo aun un poco más, se llega al paseo del Generalife. Allí hay que parar unos segundos para recuperar el aliento. Al levantar la vista del suelo, a mano derecha, del otro lado de la calle, queda el hotel Washington Irving. Una ruina semiabandonada.

Un día no muy lejano, a finales de la década de los noventa, cerró sus puertas al público. Fue un bullicioso hotel de tres estrellas, con una inmejorable ubicación en el interior del recinto de la Alhambra. En tiempos mejores, durante las décadas de los sesenta y setenta, la clientela, mayormente norteamericana, hacía ir y venir a una treintena de empleados. En la antigua recepción pidieron acomodo el pintor Fortuny y la escritora estadounidense Helen Nicholson. Anteriormente, en ese mismo espacio, había existido una fonda desde el siglo XVII. Se llamaba de los Siete Suelos. Y se dice que allí fueron a alojarse buena parte de los autores románticos que visitaron Granada, entre ellos, en 1829, el propio escritor norteamericano que dio nombre al hotel, antes de que le fuera concedida autorización para pernoctar en los palacios nazaríes.

Mientras en ese lado de la acera caen las letras del nombre del hotel, en el otro lado una placa junto a la puerta de la Justicia y una estatua de bronce rememoran la visita del escritor a Granada. Irving ya había publicado algunas de sus obras, entre ellas la leyenda de Sleepy Hollow, cuando, durante una estancia en Paris en el invierno de 1826, recibió de Alexander Hill Everett, embajador norteamericano acreditado en España, una invitación para visitarle en Madrid. El embajador poseía una impresionante biblioteca sobre historia de España que fascinó a Irving. De sus consultas y estudio y de su curiosidad sobre la península salió el germen que forjaría la base de varias de sus novelas. Irving, empezó a utilizar la vasta documentación que tenía a su disposición para combinar historia y ficción, un genero prolífico hoy en día.

En sus viajes por Andalucía Irving había residido en el Puerto de Santa María, en la bahía de Cádiz, en la esquina de la calle Palacios con San Bartolomé, donde llegaría un 24 de agosto invitado por la familia Bölh de Faber, emparentados con los Osborne, antes de iniciar el periplo que le llevaría hasta Granada. Una losa marmórea en la fachada del edificio da fe del evento.

En 1829 obtuvo permiso para residir en la misma Alhambra, aun habitada en aquella época. Quería permanecer en el escenario de sus narraciones, tal como él mismo decía para conseguir algunos escritos que lo conectaran con el lugar. Pudo instalarse en una sala de los palacios nazaríes, en la que hoy otra  placa recuerda su estancia en el lugar, cerca de la torre de Comares.

Pero ese mismo año, 1829, fue reclamado para ocupar la secretaría de la legación norteamericana en Londres. Irving no pudo declinar la oferta y el mismo mes de julio partió para la capital británica. Ya en enero del año anterior había publicado el primero de sus trabajos sobre España: The Life and Voyages of Christopher Columbus. Durante su etapa londinense Irving perfiló el resto de sus novelas dedicadas a la historia peninsular: Chronicles of the Conquest of Granada, Voyages and Discoveries of the Companions of Columbus y Tales of the Alhambra, esta última publicada simultáneamente en Estados Unidos y Gran Bretaña.

Washington Irving aun volvería a España como embajador entre 1842 y 1846, año en el que retornaría definitivamente a su casa de Sunnyside, en Nueva York.

Sus obras españolas, han tenido amplia difusión, pero ninguna de ellas al nivel de los Cuentos de la Alhambra, escrita al estilo de las anteriores sobre una sólida base histórica y en una línea que, a veces, recuerda a las narraciones que leyeron a Harun al Rashid en las Mil y Una Noches. Los Cuentos de la Alhambra parecen un souvenir más en las estanterías de las tiendas de la Bibarrambla o de la Alcaicería granadina, donde una misma portada tiene el titulo en alemán, junto a otras en francés, japonés o ruso. Un best seller del siglo XIX aun en venta.

© J.L.Nicolas  

 

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