Αθήνα, Atenas!

04.02.2014 11:23

“¡Ay Solón, Solón! Los griegos siempre sois niños, no hay un griego viejo.”  Estas palabras las pronunció un anciano sacerdote de la ciudad de Saís, en el delta del Nilo a uno de los siete sabios de Grecia seis siglos antes de Cristo. Veintiséis siglos después, en la vorágine de la moderna capital griega, apenas nadie recuerda a Solón, menos aún al de Sais.

El sacerdote egipcio recriminaba a los helenos que fueran incapaces de recordar su historia y sus tradiciones, muy a pesar de los argumentos esgrimidos por Solón recordando los hechos más antiguos, la llegada del primer hombre, Foreneo, hijo del dios Inaco y de una Ninfa y de cómo evolucionó la vida tras el diluvio. El de Saís tuvo que recordarle a Solón, que había llovido más veces y más diluvios y más destrucciones y reconstrucciones terrenales habían acaecido en este mundo, como la de la Atlántida. Le instruyó en la filosofía que impulsó el gobierno de la isla occidental y de cómo el tiempo causó su desgracia y su derrota ante los propios griegos. Un par de siglos más tarde Platón recogió en sus diálogos Timeo y Critias las informaciones recibidas por Solón.

Los diálogos, en los que hace intervenir a Sócrates, Hermócrates y a los mismos Timeo y Critias se desarrollaron en el ágora ateniense, no muy lejos de la Acrópolis, hoy un hervidero de turistas. Alrededor se extendió la antigua polis griega que perdió su empuje y parte de su grandeza tras la caída del Imperio Romano de Oriente. Ya en tiempos de Bizancio, Atenas se vio convertida en una apartada urbe de provincias que no mejoró tras el paso de normandos, venecianos, catalanes y turcos. Con la independencia la ciudad recuperó la capitalidad, ahora del nuevo estado europeo, y empezó a desbordarse, primero hacia las actuales plazas Syntagma y Omonia, luego, más allá, como si el Ática no tuviera límites. Desde la ventanilla del avión, cuando este inicia el descenso hacia el moderno aeropuerto que lleva el nombre del padre de la nueva patria Elefterios Venizolos, Atenas aparece como una interminable mancha blanca que ocupa el territorio avanzando en todas direcciones, salvo por el sur, donde está el puerto de el Pireo y el mar, que limita sus ansias de crecimiento. Atenas no es Grecia, pero toda Grecia está en Atenas, particularmente la Grecia insular que, cuando acaba la temporada de verano y se retiran los turistas, envía de vuelta a todos aquellos que ya no tienen trabajo en las islas.

En el siglo XIX, por razones no muy distintas, también emigraron de su isla, Anafi, buena parte de sus habitantes. Estos se asentaron alrededor de la Acrópolis formando el barrio que hoy se conoce como Anafiotika. Paseando por él se tiene la sensación de estar recorriendo las callejuelas de cualquier población del Egeo, aunque lo cierto es que sus habitantes encalan sus viviendas en el mismo estilo en que lo hacían en su isla. Por encima de sus techos de tejas está la Acrópolis y su saqueado Partenón. Los turcos lo emplearon como polvorín. Convertido en objetivo militar los venecianos lo bombardearon con admirable tino. Durante el siglo XIX lo que no había sido destruido ni por los turcos ni por los venecianos fue saqueado por el inglés Lord Elgin quien trasladó hasta el Museo Británico de Londres metopas y frisos completos. Hoy el nuevo Museo de la Acrópolis ha dejado espacio más que suficiente para una hipotética devolución del patrimonio heleno, una buena parte del cual se exhibe en el inacabable Museo Arqueológico Nacional, en la avenida 28 de Octubre, en el barrio de la Exarcheia. Aquí hay unas extraordinarias colecciones de antigua escultura cicládica, la máscara de Agamenón y otras, también de oro, de la muestra de arte micénico, los frescos de la antigua Thera, hoy Santorini, la colosal estatua de bronce que representa a Poseidón y la del joven jinete montado a caballo. También se hallan aquí las esculturas del templo de Aphaia, en Egina y numerosas puntas de flecha y de lanza que se hallaron en el escenario de la célebre batalla de las Termopilas.

Los barrios de la Exarcheia y Kolonaki están separados por la mole de la colina Likavitos. Un funicular facilita la ascensión hasta la cima donde está la iglesia de Agios Georgios desde donde toda la ciudad queda a sus pies y la Acrópolis parece enfrentada. Bajo esta última se extiende el barrio de Plaka tomado por el turismo y la razón no es otra que la considerable restauración a que ha estado sometido y con algunas calles ya cerradas al tráfico que invitan al paseo y que se han colmado de tabernas, cafeterías y comercios de recuerdos. Aun así ha conservado un aire que lo hace muy agradable. La mayoría de sus edificios son del siglo XIX, quedan muy pocos anteriores. Entre ellos, en la calle Adrianou, está la primera escuela pública de educación primaria que se construyó en la ciudad, un edificio neoclásico de 1875 que inauguró el por entonces alcalde Dimitrios Kallifronas.

Plaka está salpicada de pequeñas antiguas iglesias ortodoxas que contrastan con la relativamente moderna, fue consagrada en 1862, Mitropoli, la catedral metropolitana. Justo a su lado, en la misma plaza, se halla Mikri Mitropoli, la antigua catedral del siglo XII de dimensiones considerablemente menores que está doblemente dedicada y que también es conocida como Panagia Gorgeopikóös o Agios Eleftherios. En sus paredes exteriores hay relieves procedentes del reaprovechamiento de materiales de antiguos edificios helenísticos, romanos y bizantinos. En Ermou, otra arteria vetada al tráfico desde las olimpiadas de 2004, está la preciosa iglesia de Kapnikaréa, dedicada a la presentación de la Virgen en el templo. La iglesia fue construida a principios del siglo XI sobre un antiguo santuario dedicado a las diosas Atenea o a Demeter. Ermou es la vía que une la plaza Syntagma con Monastiraki. Syntagma es el centro político de la moderna Atenas, allí donde está la sede del Parlamento y donde se citan todas las manifestaciones que oponen sus opiniones a las de este, donde los évzones, esos soldados que parecen pertenecer a un ballet organizan sus espectaculares cambios de guardia frente a la tumba del soldado desconocido, donde llega el autobús que une el aeropuerto con la ciudad y el metro. La misma línea de metro que hace estremecer los frescos de la mencionada Kapnikaréa y que reaparece en Monastiraki, junto a la antigua Ágora griega, junto a la Stoa de Átalos reconstruida por la American School of Classical Studios y donde se exhiben los objetos descubiertos en la zona. Allí, la plaza de Monastiraki es una ecléctica amalgama arquitectónica y social. Conviven en ella Kímisis Theotókou, la iglesia de la Asunción de la Virgen, cuanto queda del antiguo monasterio que da nombre a la plaza, la antigua mezquita Tzisdarakis, hoy curioso museo que alberga la colección de cerámica Kyriazopoulos, y el edificio de 1920 que es actualmente la estación de metro. A la izquierda de esta arranca la calle que acoge un mercadillo y actualmente muchos comercios orientados inevitablemente al turismo.

Mientras tanto una marabunta de peatones entra y sale de la estación de Monastiraki, algunos paran en los tenderetes de coco y de cacahuetes, otros descansan sus pies a la sombra de la antigua mezquita antes de adentrarse en las calles peatonales que rodean la antigua Ágora Romana, aunque probablemente sea preferible ocupar alguna de las innumerables terrazas que se extienden a lo largo de la calle. Una de ellas es peculiar, situada frente al templo de Ares. Lo es porque curiosamente para la zona la clientela es local, algunos de ellos desplazan mecánicamente las cuentas de sus komboloi, rosarios, entre los dedos índice y pulgar. El ouzo fluye hacia las mesas con la misma presteza que lo hace el frappé, el café helado que toman tanto en verano como en invierno. Otro buen lugar donde hacer un alto, a ser posible vespertino, son los cafés que están al final de la calle Tripodon, junto al monumento a Lysicrates. Desde aquí las vistas nocturnas de la Acrópolis son espectaculares.

El antiguo nombre de la ciudad se formuló en plural, quizás porque eran varias las ciudades que se forjaron en torno a la Acrópolis. Un plural que no se ha perdido, ni en el nombre ni en las características de todas aquellas Grecias que pueblan la moderna metrópolis helena.

© J.L.Nicolas

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