Celtas (sin filtro)

23.11.2012 10:07

Al igual que a los escolares franceses, sin importar que fuesen nativos de alguna de las pequeñas islas de la Polinesia o de alguna tribu amazónica en la Guayana, se les inculcaba de pequeños la noción de que sus ancestros eran  galos, en las escuelas españolas trataban de identificarnos con nuestras raíces celtíberas, fueran estas íberas de pura cepa o simplemente celtas. Cuando  empecé a formarme una primera idea de qué o quién era un celta tenía presente a un señor de una tez y una coloración verdeazulada, barbudo, ataviado de una extraña faldita, y blandiendo una espada sobre su cabeza coronada de un casco con cuernos. Mi abuelo los fumaba sin filtro. Algunos domingos o en jornadas extraordinarias o festivas los compraba con filtro. Todavía no había caído en mis manos ningún ejemplar de las historias de Goscinny dibujadas por Albert Uderzo, así que aun no conocía a Asterix ni tenía idea de donde estaban Hallstatt o La Tène.

Hallsttat, en Austria y La Tène, en los Alpes suizos, al nordeste del lago de Neuchâtel, fueron la cuna de las culturas de enterramiento en urnas que se desarrollaron entre el 1200 AC y el final de la Edad del Hierro entre, lo que hoy se supone, fue el núcleo de las tribus de hablas célticas que se extendieron por todo el centro y este de Europa hasta las islas británicas, la península ibérica y Asia Menor. En estos territorios construyeron poblaciones fortificadas, generalmente en lo alto de colinas y oteros de más fácil defensa, de los que aun hoy en día se conservan numerosos ejemplos.

Los griegos, Heródoto de Halicarnaso los cita en su Historiae, los conocieron con el nombre de keltoi, y keltiké su ámbito geográfico, sito hacia su ocaso. Hacia levante tuvieron noticia de su existencia durante el saqueo del oráculo y del templo de Apolo en Delfos por parte de las tribus gálatas de Anatolia, los mismos a los que tres siglos más tarde Pablo de Tarso, San Pablo, dedicara una de sus Epístolas en el Nuevo Testamento, la Epístola a los Gálatas. El griego Diodoro de Sicilia escribe en el siglo I que “prácticamente no hay ninguna provincia donde los celtas no hayan dejado algunos monumentos de su paso...por todas partes donde Fenicios y nómadas encuentren medio de arribar encontraran a los Celtas o a los Galos ya establecidos.” Aunque el primero en dejar constancia escrita fue el poeta latino Rufus Festus Avieno, quien, quinientos años antes de Cristo, los cita en su Ora Maritima. En el 387 AC el jefe galo Breno presentó sus credenciales creando unos lazos indisolubles con Roma. La saqueó. Tres siglos más tarde un procónsul romano consideró estrechar todavía más el vínculo que unía ambos pueblos. Los invadió. Este era Julio César, quien contribuiría a ampliar el testimonio existente sobre ellos en Commentarii De Bello Gallico. En sus comentarios a la guerra de la Galias Cesar descubre el paralelismo entre sus dioses y los dioses romanos, habla de los druidas y, obviamente detalla, en sus siete tomos, las campañas militares romanas.

Roma ocupó la mayor parte de los territorios habitados por sociedades celtas, desde Galatia hasta la Britannia y Lusitania. Solo quedaron al margen de la asimilación cultural las tribus pictas que habitaban al norte del muro de Adriano, en la actual Escocia y las de Hibernia, Irlanda. La caída del Imperio y las invasiones bárbaras arrinconaron a los celtas que no habían sido romanizados al oeste de Gran Bretaña, Gales y Cornualles. La presión sajona en Inglaterra propició la emigración al continente, a las actuales Normandía y Bretaña francesas propagando el idioma. Y es en la resistencia a la invasión donde nace la leyenda del jefe britano que derrota a los sajones en Mons Badonicus, hecho recogido en el siglo VI por el monje Gildas en De Excidio et Conquestu Britanniae y que en la anónima Historia Brittonum se asocia al mítico rey Arturo.

La llegada del cristianismo a las islas también motivó la exportación de santos evangelizadores a las costas atlánticas de Europa. Y estos se encargaron de modificar las trazas paganas que, romanas o de origen celta, continuaban venerándose. Los cultos ancestrales que existían en las islas a antiguos héroes como Manannan, o a los Tuatha Dé Danann, probablemente derivarían en el culto a Santa Ana, convertida en patrona de Bretaña. También en Bretaña antiguos menhires se vieron coronados con una cruz o el viejo dios de la abundancia y de los animales salvajes Cernunnos formando parte de un calvario con un crucifijo entre los cuernos. Del todopoderoso dios Lug han quedado, entre otros, los topónimos de Lugo y Lugones en el norte de la península o Lyon, Lugdunum en latín, en Francia. 

El cristianismo celta heredó en las islas británicas las formas del arte originario de La Tène. Los motivos vegetales, los trísqueles o formas trinarias, otros ornamentos zoomorfos y abstracciones geométricas se refinaron alcanzando su cenit en los manuscritos ilustrados de las escrituras, sea en los libros de Kells o Durrow o en los Evangelios de Lindisfarne.

En Londres, el Museo Británico guarda una importante colección de objetos de origen celta: elaborados frascos de bronce para contener vino, cascos y armas, piezas domésticas funcionales y elementos de joyería y monedas encontradas durante los últimos descubrimientos realizados en yacimientos arqueológicos británicos. Es una pieza única el casco ornamental hallado en el puente de Waterloo en la misma capital inglesa. En Edimburgo, el Museo Nacional de Escocia exhibe lápidas pictas de finales del primer milenio, colofón de las culturas celtas en occidente, en las que se representan animales como jabalíes, osos, bueyes probablemente con fuertes connotaciones mágicas.

El gusto del Romanticismo por arquetipos antiguos recuperó los mitos celtas forjando incluso nuevos. Las cruces llamadas célticas que en la alta Edad Media se erigieron en Irlanda para aumentar el prestigio de los monasterios se elevaban ahora sobre las lápidas de los cementerios otorgándoles un uso completamente distinto. Poetas como William Butler Yeats rescataron antiguas historias y cuentos de hadas y de la gente menuda dotando al folklore gaélico de una base literaria. El surgir de las ideologías nacionalistas, en el siglo XIX, explotó con ahínco la existencia de fuentes arcaicas con las que alimentar sus propios mitos. En la actualidad, lo que se ha dado en llamar Naciones Celtas son las áreas en las que se ha preservado de algún modo unos ciertos rasgos culturales en común y sobretodo la lengua en alguna de sus variantes, el grupo P o el grupo Q, denominados así en función de la evolución de sus consonantes. Pertenecen al primer grupo el galés, el córnico y el bretón, y al segundo el irlandés, el gaélico escocés y el de la Isla de Man. El declive que experimentaron todas ellas ante el empuje de la lengua inglesa se ha intentado subsanar recientemente facilitando su enseñanza donde aun se habla, aunque en Cornualles desapareció hace tiempo y apenas se utiliza en Man. Argumento que se emplea en Galicia para no sentirse al margen del concepto de Nación Celta.

En los últimos decenios es a través de la música donde se ha hallado un cierto nuevo vínculo en común, de la cornamusa escocesa a la gaita gallega, de las variantes más folklóricas del bretón Alan Stivell, hasta las melódicas de Loreena McKennitt o Enya pasando por The Chieftains, Gwendal o The Corrs, de los gallegos Carlos Núñez y Cristina Pato a Filska en las islas Shetland, muchos de ellos congregados en los numerosos festivales de música celta que se celebran anualmente en Europa, e incluso en Argentina, Cuba y Canadá.            

Y en el mundo del deporte tampoco faltan los equipos que asocian su nombre al de los ancestros, desde los baloncestistas Boston Celtics a los innumerables Celtics del fútbol, sean de Glasgow, Rangers, de Vigo...aunque quizás ahora la única cosa que teman no sea que el cielo les caiga sobre la cabeza.

© J.L.Nicolas

 

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