De gacelas y camellos

23.11.2012 09:51

Mahdi Benabderramane es largo. Muy largo. Si a eso le sumamos los once metros de chèche, de turbante, es más largo que un día sin pan. Alguna vez paseó, en busca de té, su té, un Gunpowder originario de Zhejiang, por las calles del barrio de Gracia, en Barcelona. Cuando vestía con americana y corbata no pasaba nada. Cuando decidía enfundarse la gandhura, la túnica azul y el chèche, era simplemente espectacular y no podía evitar las miradas del resto de transeúntes. Un tuareg disfrazado de tuareg en el centro de la ciudad.

Tenía una particular obsesión por este tipo de té, el mismo que consumía habitualmente en el sur de Argelia, en su hogar. En mi casa, mantenía sus costumbres, lo primero que hizo en su primera visita fue preguntar por donde sale el sol. Hay que averiguar hacia donde queda La Meca. Lo segundo comprar ingredientes para elaborar un cuscús halal, para mi desencanto. No soy vegetariano aunque aprecie sus cuscús. Tercero poner a hervir la tetera e iniciar la ceremonia del té. Lo de la ceremonia es literal, se pasa la infusión de un vaso a otro una vez y otra vez mas. El objetivo es que en el trasiego se genere espuma al tiempo que se va enfriando. Contra más espuma se obtiene mejor y mas apreciado es el resultado. El ritual se repite tres veces. Si hay que rechazar alguno es preferible que sean los primeros, que son los mejores, so riesgo de parecer un maleducado irreductible. El primer té apenas tiene azúcar, es amargo como la vida. El segundo, sensiblemente más dulce, es fuerte como el amor. Se continua añadiendo azúcar y en la tercera ronda, que es para mi gusto, exageradamente dulce, como la muerte. 

Mahdi siempre ha circulado solo a pie por Barcelona, jamás ha pedido un mapa, ni una indicación. Jamás me he molestado en preguntarle el porqué a alguien que vive y circula entre el Tassili Aggahar y el Tassili N’Ajjer, en un desierto más grande que la península entera. Siempre llegó a casa a la hora del té.

Allí, entre Djanet y Tamanrasset, creo que puedo reconocer a Madhi por su porte, por su bigote y sus gestos calculados cuando maneja un cigarrillo, a pesar de que esconda su rostro tras el chèche. Una costumbre que, a veces, creo haber heredado cuando llevo un jersey o una camiseta y levanto su cuello para ocultar si estoy sonriendo o si estoy contrariado. Su nombre, Mahdi, مَهْديّ, significa, en árabe, guía, aquel que muestra el camino. Es un buen amigo, generoso y gentil al quién siempre he apreciado. Le comprendía perfectamente cuando me hablaba de las gacelas.

- Qu’el belles gazelles, elles ne sont pas comme des chameaux qui les regardent .

Coloquialmente, para ellos, el mundo se divide entre gacelas, ágiles y esbeltas, y camellos, lentos y torpes. Mujeres y hombres en un mundo árido e inhóspito, pero bajo un cielo límpido y plagado de estrellas en el que se circunscriben sus danzas y su música. Escriben historias sobre la arena y existen signos insospechados en las hojas de las acacias que orientan a mis amigos en medio de la nada.

No se llaman entre ellos Tuareg, targui en singular. Es un término, aunque generalmente aceptado, relativamente despectivo. Son los nobles y libres Imghad o Kel Tamahag, especialmente en el Aggahar. Tuareg proviene del participio árabe tarek, abandonado, debido a su reticencia inicial  a someterse al Islam. El otro apelativo, tópico, que los denomina hombres azules se debe al tinte índigo de sus atuendos que coloraba su piel.  

En otra ocasión, Mahdi llegó acompañado de su primo Baly Othmani, intérprete de canción Targui. Este y sus compañeros debían actuar en una serie de conciertos de música étnica que se celebraron cerca de Barcelona. En casa repetimos cuscús, ceremonias de té y oímos, en petit comité, un concierto del músico de Djanet dedicado a media docena de amigos.

Cuando les mostraba las fotos tomadas en su tierra, declamaban en voz alta el nombre propio de cada sitio y casi el de algunas piedras: Tin Tarabin, Tin Akacheker, Tagrera, El Guessour. Y el de ellos mismos:

-Voilà Mohammed!

      -Celui-ci c’est Amin!!

Una vez me llevaron hasta la ermita del Padre Charles de Foucauld, en el macizo del  Assekrem, al norte de Tamanrasset. La ermita está situada casi en la cima de una montaña, a 2780 metros de altitud. De noche, a pesar de estar en el desierto, hace frio, el suficiente para necesitar un buen plumón. La panorámica de la que disfrutó el padre, establecido allí en 1911, es excepcional. Dicen que ver desde allí la salida de sol es un espectáculo único. Lástima que amaneciera tan temprano. Me compré una postal en Tamanrasset.

A Mahdi le devolví el favor. En otra visita suya a Barcelona lo llevé a ver el Santuario de la Virgen de Montserrat. Un tuareg en Montserrat.

© J.L.Nicolas

 

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