La Ciudad de las Maravillas

10.12.2013 19:58

El aire se condensa lentamente entorno la copa helada mientras se vierte en ella un sutil chorrito de manzanilla de Sanlúcar de Barrameda. Unos dedos hábiles sujetan una nueva lámina mientras el cuchillo se desliza magistralmente sobre la pata de jamón cortándola finamente, convirtiendo la grasa blanca en una pátina casi transparente de paraíso que se deshace en el paladar. Una tras otra se van sirviendo sobre una hoja de papel de celulosa hasta que llegan a la mesa para acompañar, con gran cariño, las manzanillas.

Lugares donde celebrar la llegada de una nueva tapa o de media ración no escasean. Entre las plazas de San Francisco y la de San Pedro, pasando por la de la Alfalfa y la de San Salvador, esta última donde la parada es prácticamente obligada para entretener el hambre con una cerveza helada en los pequeños bares que sacan sus mesas a la plaza para ampliar su clientela, en verano bajo los grandes tendales que tratan de mitigar el peso del sol al mediodía. Sino, en los alrededores de las calles de Mateos Gago y Alemanes, junto a la catedral, donde las gitanas intentan vender briznas de tomillo y leer la buenaventura en las manos de algún incauto, que a lo sumo pueden pretender que les sea vaticinada la inminente perdida de un billete de diez o veinte euros. Aunque siempre queda el consuelo de considerar enmarcar el tomillo como oneroso recuerdo de la visita a la ciudad.

Al otro lado, junto a las murallas del Alcázar y atravesando un largo soportal se llega a la calle de la Judería, entrada del barrio de Santa Cruz, un pequeño laberinto de callejuelas encantadoras en el corazón de la ciudad. Fachadas encaladas en blanco, rejas de hierro forjado y arcadas cubiertas de violetas buganvillas dispuestas para crear un resquicio de sombra, acompañan el paseo por calles con nombres tan sugerentes cómo la del Agua, de la Pimienta, del Consuelo o de la Vida, inscritos todos en cerámica sevillana en cada esquina. Los naranjos pueblan sus recogidas y acogedoras plazoletas. En una de ellas está el antiguo Hospital de los Venerables, que fue en su origen, en 1675, residencia de sacerdotes ancianos. En su interior, el recinto es extraordinario, con una bellísima capilla junto al atrio central, que conserva frescos y lienzos de diversos autores. Más allá, al extremo del barrio y en la plaza homónima la Casa de Pilatos, un palacio del siglo XVI debe su nombre a la convicción de que el palacio era una réplica de la casa del gobernador romano de Judea en Jerusalén. Los patios tienen un reconocible aire mudéjar en sus arquerías y columnas, aunque se solapan con estilos renacentistas y barrocos en otras partes del recinto. En las esquinas del patio principal hay cuatro estatuas que representan a una musa, a Ceres y dos de ellas a Palas Atenea.

Tras el descubrimiento del Nuevo Mundo, Sevilla se convirtió en el principal puerto de la península. El comercio con las colonias transformó la ciudad en centro económico del imperio español, la población se multiplicó y sus calles se extendieron. Para regular los negocios y la navegación se fundó en 1503 la Casa de Contratación de Indias que hoy acoge al Archivo General de Indias. Más de nueve quilómetros de estanterías guardan 43.000 documentos con unos ochenta millones de páginas y ocho mil mapas y dibujos y textos originales de Cristóbal Colón, Hernán Cortés, Magallanes y Pizarro.

La célebre calle Sierpes atraviesa el centro de la ciudad, desde la famosa confitería La Campana, en la calle Martín Villa, hasta la plaza de San Francisco, donde se halla el consistorio. La acompañan en paralelo las calles Velázquez, Tetuán y Cuna, formando un  entramado peatonal que alberga a una de las principales áreas comerciales de la ciudad. Aquí puede encontrarse Mohedano, la sombrerería más reconocida, una relojería clásica como El Cronómetro, imaginería religiosa u ofertas en trajes de faralaes. También en esta calle se ubicó la Cárcel Real, donde se alojó contra su voluntad el propio Cervantes. La calle Sierpes siempre tuvo buenas librerías e imprentas que firmaban sus productos bajo la marca In Vía Serpentina.

Cerca del barrio de la Macarena cuatro columnas, dos en cada extremo, limitan la Alameda de Hércules. El espacio había sido una marisma insalubre que fue conocida como la Laguna de los Patos, hasta que en el año 1574 se hizo desecar, se plantaron árboles y se trajeron dos columnas de un antiguo templo romano. Sobre sus capiteles se pusieron sendas estatuas, una del héroe griego, Hércules, y otra de Julio César. Dos nuevas columnas decoradas con leones de piedra fueron levantadas posteriormente en el extremo contrario. Nuevas estatuas se instalaron más cerca del suelo, la de Pastora Pavón o la Niña de los Peines y la del cantaor Manolo Caracol.

La plaza de la Encarnación, que debe su nombre a un desaparecido convento de la Orden de San Agustín, es más conocida ahora por las nuevas setas que han aparecido elevándose hacia las alturas. Es el nuevo conjunto arquitectónico conocido por el nombre de Metropol-Parasol. Los trabajos dejaron al descubierto un subsuelo rico en restos de la antigua ciudad romana. Arriba un mirador por el que se puede pasear ofrece unas buenas vistas de la ciudad a veintiséis metros del suelo.

A orillas del Guadalquivir se yergue la altiva Maestranza, con sus bermejas puertas colosales enmarcadas en franjas del ocre amarillo tan típicamente sevillano. Las sombras de las rejas se proyectan al final de la tarde sobre las blancas paredes del pasillo que, por la parte externa, circunvala el ruedo. De este último procede precisamente la materia prima con la que están hechos, no los sueños, sino el rico rabo de toro de lidia que se puede probar en alguno de los bares del barrio del Arenal. En el exterior se perfilan a contraluz las estatuas de famosos toreros que en su día pisaron la arena.

En 1929 la ciudad acogió la Exposición Iberoamericana en los alrededores del Parque de María Luisa. Para ella fue creado el gran edificio semicircular del pabellón de España y diecisiete más para los países que participaron. Sesenta y tres años más tarde la Exposición Universal de 1992 se celebró en el espacio de la Isla de la Cartuja, donde han quedado más o menos relegados al olvido pabellones como el de los Descubrimientos o el del Futuro.

El río, que un día se atravesaba en barcazas, como atestigua el nombre del Puente de la Barqueta, hoy se cruza a pie o en automóvil a través de sus múltiples puentes. Desde el futurista del Alamillo, diseñado por Santiago Calatrava y, hasta el momento exento de litigios, hasta el más antiguo, el de Isabel II, construido por el ingeniero francés Eiffel. Este último lleva al barrio de Triana, al que se entra por la plaza del Altozano, que hace de puerta de entrada junto al mechero, la capillita del Carmen que se halla junto al puente. Al lado estuvo antiguamente el castillo de San Jorge, sede de la Inquisición entre 1541 y 1785, ahora mercado y museo. En la plaza una estatua del matador Juan Belmonte, el pasmo de Triana, escudriña la otra orilla.

Triana huele a pescaito frito, a puntas de solomillo, a cazón en adobo, a ventresca de atún y a boquerones. Y, ¿cómo no?, a manzanilla y a la nostalgia conjunta de todos esos sabores. 

© J.L.Nicolas

 

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