La Via Domitia

23.03.2016 10:21

Recorriendo la autopista A9 que atraviesa el Languedoc, de cuando en cuando un cartel recuerda que circulamos sobre la antigua Vía Domitia, la calzada romana que unió la provincia de Tarraco en Hispania con la Galia Cisalpina, desde los Pirineos hasta los Alpes.

Un trayecto que los griegos atribuyeron a su héroe Heracles, quien habiendo cumplido el décimo de sus doce trabajos, el robo del ganado del rey Gerión, regresó por este camino hacia su país. Se trata del mismo itinerario que llevó a Aníbal y sus elefantes a cruzar los Alpes antes de adentrarse en la península italiana durante la Segunda Guerra Púnica.

Tras la conquista de las Galias, Roma se apresuró a mejorar sus vías de comunicación terrestres aprovechando algunos tramos de la antigua vía Heráclea, construyendo nuevas calzadas, atajando el recorrido mediante puentes y pavimentando el acceso a las nuevas colonias. Las calzadas fueron vitales para el Imperio, por ellas se desplazaban con facilidad y rapidez sus ejércitos y, por supuesto, desarrollaron el comercio. Roma llegó a disponer de más de cien mil quilómetros de vías de dominio público, la construcción de las principales fue promovida por ciudadanos destacados. En el caso de la Vía Domitia esta debe su nombre a Cneus Domitius Ahenobarbus, el general romano que en el año 118 AC auspició la obra. Sus victorias en tierras galas le valieron un desfile a lomos de elefante, un puesto en el senado romano y fundar dos nuevas ciudades que serian conocidas como Colonia Narbo Martius, Narbona y Forum Domitii, hoy Montbazin.

A lo largo de la vía se establecieron paradas intermedias para facilitar el desplazamiento y el descanso de los viajeros. Las mansio no distaban entre ellas más del camino que se podía recorrer a pie en un día, alrededor de una treintena de quilómetros. Algunas de ellas acabarían formando con el tiempo importantes núcleos urbanos. Su ubicación ya fue documentada en tiempos de Augusto. Los cuatro tazones cilíndricos de Vicarello, descubiertos en 1852 allí donde estuvo Aquae Apollinares, tienen grabados en su superficie la lista con los nombres y las distancias en millas de cada estación que existió entre Roma y Cádiz. La tabla de Peutinger es un atlas coloreado con todas las rutas del Imperio tal como figuraban enumeradas en el Itinerario Antonino, elaborado en tiempos de Diocleciano, a finales del siglo III.

La Vía Domitia atravesaba los Pirineos por el puerto de Panissars, Summum Pyrenaeum, que hoy, en desuso, queda al oeste del actual paso fronterizo de La Junquera. Una de las primeras etapas mencionadas en el Itinerario es el castillo de Ad Salsule, Salses. Frente al castillo construido por los Reyes Católicos en 1497 aun se pueden ver los restos de la antigua fortaleza de origen romano, básicamente los cimientos de la construcción, de planta cuadrada, y los de alguna de las torres. Pronto, la vía llegaba a la ciudad fundada por Cneus Domitius, Narbona, atravesándola. Hoy, en la place de l’Hôtel de Ville, la plaza del ayuntamiento, una cata en la acera muestra en el subsuelo el pavimento de la calzada.

Dejando atrás Narbo y Baeterrae, Béziers, la vía cruzaba el rio Herault, que hoy da nombre al departamento, sobre el puente que se halla en las afueras de Saint Thibéry. Reconstruido en los años 1536 y 1678, finalmente una crecida se llevó una buena parte en el siglo XIX. De sus nueve arcos originales no queda ni la mitad. Antes de resbalar bajo sus ojos, las aguas del Hérault pasan embravecidas tras atravesar un molino del siglo XIII que aprovechó parte de una torre de defensa romana.

Rodando sobre la nueva Vía Domitia, ahora llamada A9, y una vez pasado Montpellier, la salida de Lunel lleva a la antigua Ambrussum. Sobre una colina junto al rio Vidourle la tribu celta de los Volques había construido un oppidum, una población fortificada. Tras la conquista romana Ambrussum adoptó formulas arquitectónicas como la construcción de un forum con una basílica civil, tuvo calles flanqueadas por tiendas y unas murallas defendidas por unas veinticinco torres accesible por dos puertas. Donde estuvo la puerta meridional aun se observa la base de la torre semicircular que la protegía, y como en la septentrional, largos tramos de calzada pavimentada en los que se aprecian perfectamente el desgaste causado por las rodaduras de los carromatos que circularon. En la parte baja de Ambrussum, junto al rio, se construyó la mansio que ofrecía reposo a los viajeros. De ella quedan los restos de lo que fueron albergues y caballerizas, baños, una forja y un templo. Las crecidas del rio que inundaron la zona llegaron a proteger con sus lodos los vestigios de la mansio del modo, obviamente menos violento, en que las cenizas del Vesubio preservaron las ruinas de Pompeya. Un poco más allá el puente que cruzaba el Vidourle solo conserva un arco y poco más de los once que llevaban a la otra orilla.

La siguiente etapa de importancia era la Colonia Augusta Nemasus, la actual ciudad de Nîmes. Como Ambrussum y otras poblaciones tuvo su origen en un asentamiento celta previo. Aquí los Volcas Arecómicos rendían culto a Nemausus, un espíritu que moraba en una fuente sagrada. La población vivía sobre el vecino Monte Cavalier protegidos al abrigo de las murallas del oppidum y de la vigilancia que ejercían sobre el territorio desde una torre de observación. Con la llegada de los romanos la población se trasladó al llano. La fuente sagrada se adaptó y mezcló con los nuevos dioses, convirtiéndose en un augusteum, en el cual, además de al emperador se continuaban venerando Nemausus y a las ninfas de las aguas. El santuario fue modificado añadiendo nuevos espacios de culto de los que tan solo se ha conservado el conocido como Templo de Diana que, posiblemente, tuvo funciones de biblioteca en el marco del complejo religioso. En el año 991 lo ocuparon los monjes benedictinos, convirtiéndolo en el convento de Saint Saveur, que no abandonarían hasta 1562. Dos años antes Jean Poldo d’Abenas había realizado un grabado del edificio, en el que se constata que aun mantenía casi completo el tejado. Los jardines que existen en la actualidad fueron construidos en el siglo XVIII y a pesar de la obvia diferencia de estilos preservaron un cierto  aire del santuario de las ninfas. Por lo menos el agua continúa conservando el protagonismo en el espacio.

La torre de vigía del oppidum fue transformada e integrada en el sistema defensivo en los primeros tiempos de la conquista romana. Aumentaron su altura hasta casi los treinta y tres metros. Desde su terraza, accesible, el dominio del territorio es absoluto. Hoy predomina la vista sobre la ciudad: como se extiende la larga, amplia y arbolada avenida de Jean Jaures, aplastada por el sol de verano; otra hilera de plátanos oculta el bulevar Gambetta y el canal de agua que proveniente de los jardines permanece en la sombra; más allá se distingue el perfil del anfiteatro y, ya observando hacia el horizonte, la sierra de los Alpilles y la cima del Mont Ventoux. En el siglo XVII la Tour Magne, como se la conoce, fue objeto de la obsesión de François Traucat, un jardinero y horticultor transmutado en meticuloso buscador de tesoros ocultos. Traucat, conocedor de las profecías de Michel Nostradamus, interpretó libremente las ya de por sí vagos vaticinios del vidente provenzal, asumiendo que su destino vital estaba intrínsecamente ligado a la hipotética existencia de un tesoro en la torre. Inasequible al desaliento, su tozudez obtuvo del rey Enrique IV, el Buen Rey Enrique, la autorización, con fecha 22 de mayo de 1601, para emprender las excavaciones necesarias para alcanzar su objetivo, en el bien entendido que dos terceras partes serían entregadas a la corona. Infructuosamente Traucat llegó a vaciar casi por completo el interior de la Tour Magne llegando a poner en peligro su integridad, de tal modo que se tuvo que construir un gran pilar central que afianzara la estructura. Este se aprovechó para incorporar la escalinata metálica que, ascendiendo en espiral, lleva hasta el mirador. Para lo único que sirvieron los vanos esfuerzos de Traucat fue para demostrar la existencia de una torre anterior a la obra romana.  

La Vía Domitia llegaba hasta la ciudad a través de varias puertas que franqueaban las desaparecidas murallas. Por el sur aun existe la conocida como Porte de France que estuvo defendida por dos torres. En el bulevar del Almirante Courbet, frente a la iglesia de Saint Baudile, está el acceso oriental, la Puerta de Augusto. Esta era una puerta monumental con un doble acceso para vehículos y dos puertas laterales de menores dimensiones destinadas a los peatones, defendidas, como era habitual, por dos torres semicirculares. Sobre los arcos una inscripción atribuye su financiación a Augusto: IMP CAESAR DIVI F AVGVSTVS COS XI TRIB POTEST VIII PORTAS MUROS COL DAT (El emperador César Augusto, hijo del divino Julio César, once veces cónsul, revestido del poder tribunicio por octava, donó estas puertas y estos muros a la colonia).

Algunas de las construcciones más destacadas de época romana han llegado hasta nuestros días admirablemente bien conservadas, la causa ha sido que jamás fueron empleadas como cantera y que su uso, de un modo u otro, ha tenido continuidad en el tiempo, particularmente en los casos de las Arenas y la Maison Carré. Además, ya en 1741 la ciudad nombró un responsable para velar por los nuevos hallazgos que aparecían bajo tierra, particularmente en la zona de los Jardines de Lafontaine. El museo más antiguo de Nîmes lo fundó el erudito Jean François Séguier en 1770 para acoger su biblioteca y su colección de piezas antiguas. La propia Maison Carré se transformó en museo en el año 1823. Tras la Primera Guerra Mundial el interés por el legado romano fue en aumento, se fundaron la Société d’Histoire et d’Archéologie, l’École Antique de Nîmes y, entre los años 1932 y 1958 se publicó periódicamente la revista Vieux Nîmes.

Junto al bulevar Víctor Hugo se abre una plaza donde estuvo el forum y, en su centro, casi como antaño, se halla la Maison Carré, un templo que estuvo dedicado al culto imperial y a Caius y Lucius Agrippa, hijos de Marcus Vipsanianus y nietos adoptivos de Augusto. A lo largo de la historia ha estado prácticamente siempre en uso. Entre los siglos XI al XVI fue residencia privada. El 28 de mayo de 1670 los monjes agustinos, representados por el padre Valéri la Croix la compraron por 5.650 libras, ocupándola hasta la Revolución, cuando fue empleada como almacén de grano y posteriormente archivo. En 1823 se convirtió en museo, albergando piezas que iban siendo descubiertas en la ciudad. Una instantánea de 1851 tomada por el fotógrafo Éduard Baldus muestra el estado del templo antes de su restauración. En ella se aprecian los muros que tapiaban el espacio entre las columnas del pórtico del pronaos, una puerta convencional y las ventanas que asomaban a la fachada. A principios del siglo XX, el diputado marsellés J. Charles Roux escribió sobre el templo: quand on connait tout son histoire, on l’aime comme un enfant très chère, que les dieux ont miraculeusement sauvée. (Cuando se conoce toda su historia, se ama como a un niño muy querido que los dioses han salvado milagrosamente). Devuelta prácticamente a su estado original sigue siendo imponente.

Otra construcción que se ha mantenido prodigiosamente en buen estado es el anfiteatro, conocido como las Arènes. Inspirado en el Coliseo de Roma, fue construido pocos años después, posee unas dimensiones considerables. Acomodaba a unos 24.000 espectadores en 34 hileras de asientos. Fue empleado principalmente para las munera, los combates de gladiadores, ya que para las venatio, escenas de caza y lucha contra fieras salvajes, la protección de sus gradas era insuficiente. Tras la prohibición de los combates en el siglo V y la caída del Imperio fue transformado en fortaleza. En el año 673 resistió el asedio del rey Wamba, cayó en manos de los árabes en el 725 y recuperado por los francos del conde Radulf en el 754. A partir del siglo XIV perdió su utilidad militar y entonces empezaron a construirse viviendas en su interior y adosadas en los muros del exterior. En 1726 el historiador de la ciudad Léon Ménard censó la existencia de trece edificaciones en el espacio de la arena, sesenta y cinco más distribuidas por los pórticos y setenta y dos en el exterior. En total unas ciento cincuenta viviendas que alojaron a más de setecientos habitantes y que contaron con una iglesia propia, Saint Martin des Arènes construida ya en el siglo XI. Las moradas del anfiteatro empezaron a desmantelarse por un decreto imperial de febrero de 1809. En 1853 las Arènes volvieron a emplearse como espacio público y especialmente para espectáculos taurinos. La afición por la tauromaquia en esta zona de Francia es considerable. En Nîmes se celebran tres ferias anuales: la de invierno, la de Pentecostés y la de la vendimia. Frente al anfiteatro hay una estatua dedicada al maestro local Christian Montcouquiol, que fue conocido como el Nimeño II.

En 1844, en la rue de la Lampèze, se descubrió una estructura de las que se han hallado pocas en el mundo romano. Se trata de un Castellum Aquae, es decir un distribuidor del agua que llegaba a la ciudad mediante un acueducto. El líquido elemento se vertía en un depósito circular de cinco metros y medio provisto de diez orificios de cuarenta centímetros de diámetro en los que se encajaban las tuberías de plomo que repartían el suministro mediante canalizaciones subterráneas. El manantial de captación se hallaba a cincuenta quilómetros de distancia, en la fuente del Eure, cerca de la ciudad de Uzès. Treinta y cinco mil metros cúbicos llegaban diariamente a Nîmes y para ello se deslizaban por una pendiente media del 0’03%. El principal obstáculo que debía sortear el acueducto era precisamente otra corriente de agua, la del rio Gardon. Se salvó mediante la construcción de un descomunal puente que alza su estructura hasta a 49 metros sobre el nivel del rio. Es el que hoy se conoce como Pont De Gard, convertido en una atracción de la que Stendhal escribió: l’âme est jetée dans un long et profond étonnement. C’est à peine si le Colisée à Rome, m’a plongé dans un réverie aussi profonde. (El alma se lanza en un largo y profundo asombro. Apenas el Coliseo de Roma me sumió en semejante profunda ensoñación). Jean Jacques Rousseau, quien lo visitó en 1737 no pudo evitar sentirse como une insecte dans cette immensité. Je sentais, tout en me faisant petit, je ne sais quoi qui m’elevait l’âme. (Un insecto en esta inmensidad. Sentía, mientras me empequeñecía, un no sé qué que me elevaba el alma). Compuesto de tres niveles de arcos superpuestos todo parece sobredimensionado, bloques de piedra que llegan a pesar hasta seis mil quilogramos hacen calcular su peso total sobre las 50.000 toneladas. El acueducto abasteció de agua a Nîmes durante quinientos años.

Siguiendo en dirección al Ródano, antes de cruzarlo estaba la ciudad de Ugernum, la actual Beaucaire. En sus afueras se hallan en pie tres miliarios de la Vía Domitia. Estos monolitos verticales, además de indicar las distancias, solían proporcionar información sobre las reparaciones de la vía o sobre su promotor. Se situaban a cada milla romana, es decir, a intervalos de 1481 metros. Los de Beaucaire son conocidos popularmente como les colonnes de César

Cruzado el rio y bajo la protección de la Sierra de las Alpilles la calzada proseguía hacía Glanum, hoy en día junto a Saint Rémy de Provence. Durante siglos los únicos vestigios conocidos fueron un mausoleo y un arco, probablemente contemporáneos, a los que denominaban Les Antiques. El arco, aunque ha perdido su tercio superior, tiene relieves que muestran a guerreros y mujeres celtas tomados como prisioneros. El mausoleo debió formar parte de una necrópolis más extensa. Está inspirado en el de Halicarnaso y está dedicado a Cayo Julio y a su padre por parte de sus descendientes Sextio, Lucio y Marco, como se puede leer en la inscripción SEX L M IVLEI C F PARENTIBVS SVIS. Está compuesto de tres niveles. En el inferior, de planta cuadrangular, se exaltan sus gestas militares y cinegéticas, el central está decorado con frisos en los que se mezclan tritones de busto humano con otros seres mitológicos marinos y dragones. En el tholon, la rotonda superior, ocho columnas corintias sostienen una cúpula circular y en su interior las dos estatuas que representan a los fallecidos.

A partir de 1921, los arquitectos Jules Formigé y, posteriormente Pierre de Brun, iniciaron una campaña de excavaciones que reveló la existencia de una ciudad de origen celta y que tuvo relación con las colonias foceas de la costa antes de entrar en el ámbito de influencia romano. De la misma manera que en Nîmes, el centro del culto religioso se centraba en un manantial sagrado. Los restos excavados tienen una extensión notable. Los recorre longitudinalmente una calle pavimentada que tuvo comercios y amplias viviendas en las cercanías de las termas. En la zona del forum hubo una gran fuente monumental, una basílica y dos templos geminados. Glanum fue tempranamente despoblada, antes de finales del siglo III.

La Vía Domitia aun prosigue  su derrotero pasando por Cavaillon, Notre Dame de Lumieres, Apt y otras paradas antes de llegar al puerto de Montgenèvre, a 1854 metros sobre el nivel del mar, aquel que franquearon los elefantes de Aníbal.

© J.L.Nicolas

 

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