Milagro en la Viña

03.03.2017 10:15

El barrio de la Viña, uno de los más populares del casco antiguo de Cádiz, recibió ese nombre por una razón obvia, en esa parte de la ciudad, una de las más bajas respecto al nivel del mar, se cultivó, en su día, la uva. Los domingos al mediodía algunas de sus calles rebosan, en las mesas que los restaurantes  sacan a la calle, de comensales que disfrutan del pescaito frito y otras delicias de la cocina gaditana: sardina, langostinos, huevas aliñadas...

Superadas las hileras de mesas, al fondo de la calle de la Palma, hoy convertida en área peatonal, esta se cierra con la iglesia de Nuestra Señora de la Palma, construida entre 1693 y 1696 como sede de la Compañía del Rosario del Ave María y fundada por el capuchino fray Pablo de Cádiz. En su luminoso interior barroco unas blancas balconadas dobles se inclinan hacia el altar mayor, presidido por una Inmaculada Concepción. A la izquierda, en la capilla de la Hermandad de la Misericordia, se guardan un crucifijo y un estandarte con la imagen de la Virgen que poseen una historia peculiar. Y esta tuvo su epicentro en pleno Atlántico, cerca del cabo de San Vicente.

La mañana del día de Todos los Santos de 1755 la falla que va desde las Azores hasta Gibraltar sacudió la tierra repetidamente con una intensidad que llegó a los 8’7 grados de la escala de Richter a las 9 y 50 minutos. De nuevo a las 10 y aun tuvo una replica a mediodía. Lisboa, la capital portuguesa, una de las urbes más importantes de la Europa del siglo XVIII, quedó arrasada, y perdió casi una cuarta parte de su población. Más de 50.000 muertos. Al terremoto siguieron los incendios y un gran maremoto. En España los efectos del seísmo llegaron a afectar Madrid y Sevilla, donde quedaron dañadas el 89 por ciento de las viviendas y la propia Giralda. En la costa andaluza, Ayamonte sufrió la perdida de más de mil vidas. Lepe cuatrocientas. En la Isla del León, hoy San Fernando, hubo 26 víctimas, y también afectó al Puerto de Santa María y a Sanlúcar de Barrameda.

 

El maremoto alcanzó Cádiz en tres oleadas consecutivas, que llegaron, se dice, hasta los 18 metros de altura, rompiendo lienzos de muralla, desplazando piezas de sillería de 10 toneladas a más de 40 metros, y atravesando la ciudad desde la Caleta hasta el muelle. Los feligreses sacaron imágenes de parroquias e iglesias en un intento desesperado de apaciguar a las aguas. En la de Nuestra Señora de la Palma, el fraile Bernardo de Cádiz y el párroco Francisco Macías salieron de la capilla portando un crucifijo y un estandarte, esos que se conservan en la vitrina a mano izquierda. Dicen que el fraile clavó la insignia en el suelo pronunciando las palabras: -Hasta aquí, Madre mía. Tras la súplica las aguas se retiraron mansamente dejando indemne la parroquia. Hoy, en la remozada calle de la Palma, cerca de la iglesia, una placa a dos metros y medio del suelo indica el nivel que alcanzó la desproporcionada marea. Otra recuerda en castellano e inglés el evento, y una tercera, más añeja, relata los hechos de este modo: Vn sacerdote saca feruoroso el Guion de la Ymagen de la Palma. De aqui no pases dice, al mar furioso. Y al punto el mar se vuelve, y todo calma. Por caso tan notable y prodigioso. Esta ylustre Hermandad con vida y alma de Dios y de Maria en honra y gloria erigio en gratitud esta memoria. Desde entonces, cada primero de noviembre, en el barrio de la Viña, se saca en procesión a la Virgen de la Palma.

Pero el terremoto de Lisboa tuvo otras secuelas. En España, Fernando VI, ordenó al Supremo Consejo de Castilla la elaboración de un informe para evaluar lo más exactamente posible los efectos del cataclismo. Se realizó una extensa encuesta de la que se recibieron respuestas de 1273 localidades que sufrieron el seísmo detallando bastante aproximadamente su alcance. De hecho es el primer estudio jamás elaborado sobre las consecuencias de un terremoto y se conservó integro en el Archivo Histórico Nacional en Madrid. No fue publicado por el Ministerio de Fomento hasta el año 2001, gracias a los trabajos de recopilación de José Manuel Martínez Solares, jefe del Área de Geofísica del Instituto Nacional Geográfico.

En los años posteriores al movimiento de tierra, en plena época de la Ilustración, este suscitó importantes discusiones filosóficas, particularmente en lo que se refiere a la teología y la teodicea, para la que resultaba difícilmente justificable semejante manifestación de la cólera divina. Un razonamiento científico y una explicación natural permitía eximir responsabilidades ante argumentos sobrenaturales. Voltaire trató el tema en “Cándido” y, en el Poème sur le désastre de Lisbonne, escrito el año siguiente a la catástrofe, exclama “Filósofos erróneos que clamáis: todo está bien!/ Corred, contemplad estas ruinas terribles/ estos desechos, estos andrajos, estas cenizas desafortunadas/ Estas mujeres, estos hijos apilados uno sobre otro/ Estos miembros dispersos sobre estos mármoles rotos/ Cien mil infortunados que la tierra devora.” 

Entre 1755 y 1759, el filósofo alemán Immanuel Kant, escribió tres opúsculos sobre el terremoto de Lisboa que aparecieron en el periódico local de Köningsberg, Köningsbergische wöchenlitche Frag Nachrichten, en los que meditaba sobre “los grandes acontecimientos que afectan al destino de todos los hombres y que provocan esa loable curiosidad que se despierta ante todo lo que es extraordinario y que lleva a preguntarse por sus causas.” Opinaba que el científico tiene la obligación de divulgar el conocimiento obtenido mediante la observación y el análisis, a pesar de que no dejaba de derivar esas cuestiones científicas hacia consideraciones de orden moral.

Más de doscientos cincuenta años han transcurrido desde la calamidad. Cádiz ha perdido en ese periodo una buena parte de las murallas que amortiguaron, en parte, el maremoto, así que, en caso de que se repitiera, la Virgen de la Palma debería emplearse a fondo. De todos modos, las únicas mareas que se suceden en la Viña son humanas y suelen acaecer en Carnaval.

© J.L.Nicolas

 

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