Un Ensayo Beatnik

21.07.2017 17:47

A finales de los años setenta y principios de los ochenta, acabada la adolescencia y sin comprender lo que pasó durante el servicio militar, llegó el momento de descubrir los primeros libros que se publicaban es esta parte de Europa de una, entonces, apenas conocida generación de rebeldes sin causa, que, también aquí, lanzó a algunos jóvenes a la carretera.

En 1956 la editorial californiana City Lights Books, con sede en el 261 de Columbus Avenue, San Francisco, publicaba en medio de un escándalo y entre acusaciones de obscenidad el libro de poemas Howl, obra del poeta Allen Ginsberg.  La edición fue secuestrada por la policía, lo cual no hizo otra cosa que despertar el interés por la publicación y darle una publicidad inesperada. Una vez ganado el caso se vendieron en pocos días sesenta mil ejemplares. El poemario no era otra cosa que un manifiesto explícito del grupo de escritores que serían conocidos como the beat generation, en una definición que pretendía mezclar las palabras beaten y beatitude. En este lado del Atlántico, y particularmente a la península, todo llegaba más tarde, entre diez y veinte años de media. Howl, acertadamente traducido como Aullido aparecería traducido en castellano y publicado por Visor Libros en 1981. Anteriormente y de un modo asaz discreto, la editorial barcelonesa Luis de Caralt había lanzado en mayo de 1971 la opera prima de Jack Kerouac, La Ciudad y el Campo, aparecida en Estados Unidos en 1950. En 1977 Alberto Corazón, en su colección Visor de Poesía, publicó en Madrid la antología seleccionada por Margaret Randall en 1969, en la que incluyó textos de Ginsberg, Kerouac, Lawrence Ferlinghetti, Gregory Corso, Leroy Jones, Philip Lamantia, Peter Orlowsky, Philip Whalen, John Wieners, Barbara Moraff, Diane di Prima, Jack Spiecer, Michael McClure y Gary Snyder, poetas menos conocidos pero vinculados a la misma generación.

Islas Canarias, 1980. Estábamos ocupados intentando olvidar que no existíamos y nos empeñábamos a fondo particularmente en la barra del hogar del soldado, donde por una quinta parte del sueldo de recluta se servía un litro de cola mezclada con whisky barato. Era poco para olvidar pero demasiado para semejante salario. En los ratos libres de arrestos o de resacas bajábamos a la ciudad, a Santa Cruz de Tenerife. Eso significaba estar lejos, lejos de todo y de todos, así que era necesario crear universos particulares, mundos paralelos con los que llenar la inexistencia, el olvido propio. Pero tenía sus ventajas. Santa Cruz era una ciudad agradable con un clima excelente. Berbelito, el Vallecas, el Taquillas – todo el mundo tenía un mote, un alter ego a menudo involuntario – conocían bien todo cuanto se movía entre la plaza de la Candelaria y la rambla Pulido, particularmente los edificios de Capitanía, Gobierno Militar y el cuartel de Artillería. Pero mejor aún el Strelitzia, el Snuupy, el Tamara y otros antros que ni siquiera entonces tenían nombre y otros que ya no recuerdo. De los mencionados el segundo aún existe en el mismo lugar y parece que no haya pasado el tiempo, el último simplemente ha cambiado de nombre.

Nos obligaban a desperdiciar la vida estableciendo conexiones telefónicas entre desconocidos, gente que no nos importaba y nosotros menos a ellos, con máquinas infernales de las que si se conserva alguna debe formar parte de la colección de algún museo. Los breves momentos de libertad estaban curiosamente vinculados a nombres de militares. La salida de Capitanía daba a la plaza Weyler, por Valeriano Weyler y Nicolau, artífice del edificio de Capitanía y de la muerte de miles de cubanos un año antes de la independencia de la isla, Cuba. Pero, al margen de la dedicatoria, el espacio es agradable, allí llega, desde el puerto, la comercial calle Castillo, y luego continúa la rambla de Pulido, en la cual frecuentábamos algunas librerías, actualmente desaparecidas en su mayoría.

Una tarde de mayo aparecieron en Santa Cruz un par de amigos. Venían de Las Palmas, otro buen destino. Nos encontramos en Weyler y después de las pertinentes cervezas hablamos de literatura y de algún descubrimiento que habían hecho recientemente, un tal Kerouac y un tal Ginsberg que escribían cosas como "Someday you'll be lying / there in a nice trance / and suddenly a hot / soapy brush will be / applied to your face / - It’ll be unwellcome / - someday the / undertaker will shave you". (“Un día estarás tumbado / allí en un delicioso trance / y de pronto una caliente / brocha enjabonada te será / aplicada en la cara / - lo tomaras a mal / - un día el / empleado de la funeraria te afeitará.”). Uno de los volúmenes que trajeron consigo eran los Poemas Dispersos de Kerouac, publicados en España por Alberto Corazón en 1980. Era una edición que aún estaba caliente, casi recién salida a la calle. La publicación original en inglés era de 1971. En el prólogo Kerouac hacía una definición de voluntades por las que estaban desarrollando una "new-old Zen Lunacy poetry, writing whatever comes into your head as it comes, ( ) I could say lots more but aint got time or sense”.  (nueva-vieja poesía lunática zen, escrita tal como entra en la cabeza según va viniendo. ( ) Podría decir montones de cosas más pero no tengo tiempo ni ganas). Casi un manifiesto punk avanzado a su época. En el mismo volumen hay una selección de haikus occidentales, una adaptación de la poética japonesa a las necesidades creativas de Kerouac que puede hacer interpretaciones como esta: "Missing a kick / at the icebox door / It closed anyway." (Fallando la patada / a la puerta de la nevera / Cerrada en cualquier caso.)

En la librería de la rambla Pulido encontré el libro y también, de la misma editorial madrileña los Sandwiches de Realidad de Ginsberg, ya editado en 1978, una selección de poemas del bardo de New Jersey escritos entre 1953 y 1960, con una onanista declaración de intenciones en el subtítulo, “Scribbled secret notebooks, and wild typewritten pages for yr own joy” (He emborronado en secreto estos cuadernos para mi propia satisfacción) y con referencias a sus compañeros: una dedicatoria para Corso y unas líneas de uno de los poemas para Burroughs: "A naked lunch is natural to us / we can eat reality sandwiches / But allegories are so much lettuce / Don’t hide the madness." (Una comida desnudos es natural para nosotros / nosotros comemos sándwiches de realidad / Pero las alegorías no son más que lechuga / No ocultéis la locura.)

Pensé que el jersey militar – nadie podría jurar que lo fuera, pasaba inadvertido y era fácil de arremangar – era un buen complemento para unos tejanos y un billete del transbordador con destino a Las Palmas, así que los acompañé de vuelta. De mi propio regreso debería preocuparme más tarde. Ya había estado en Las Palmas unos meses antes, concentrado en el cuartel de las Rehoyas, en las Lomas Coloradas de la Isleta. Un infierno de calor y de actividades sustancialmente estúpidas propias de militares. La segunda llegada a la ciudad estuvo inmersa en la oscuridad de la noche y de recuerdos de la misma tonalidad. Uno de mis amigos trabajaba en un bar y tenía alquilado un piso pequeño, todo en los alrededores del Parque de Santa Catalina, en alguna de las calles aledañas, Tomás Miller, Joaquín Costa o Miguel Rosas, quien sabe. Conservo algunos oscuros recuerdos del apartamento, unas cervezas y los Poemas Dispersos de Kerouac. Regresar a Santa Cruz fue una odisea, perdí el transbordador, acabé encontrando un vuelo y, en alguna hora intempestiva me transmuté en militar cambiándome de ropa frente un escaparate de alguna tienda en la calle Castillo.

En octubre nos echaron, a algunos más tarde que a otros, nos devolvieron una cartilla blanca y una especie de libertad condicional. Las dudas y la incertidumbre nos retuvieron a algunos en Santa Cruz. Durante el último año habíamos vivido, cuando era posible, en un piso de la calle Princesa Dacil en el barrio de la Salud, y en los últimos días cerca del Parque García Sanabria, algo más elegante. Finalmente, Berbelito regresó a Redondela, la patria del aceite fraudulento, Taquillas a Valencia, Vallecas a Vallecas y yo a Barcelona, una ciudad en la que todo y todos parecían haber cambiado. Quizás fui yo quien cambió. 

A finales de octubre descubríamos a William Seward Burroughs, en abril de 1980 se había publicado Nova Express, en septiembre Yonqui y un año más tarde, en septiembre del 81, había aparecido la primera edición de El Almuerzo Desnudo. Todas en la colección de bolsillo Libro Amigo de la extinta Editorial Bruguera. Era la introducción a la narrativa beat dentro de la particular temática del escritor de San Luís. Burroughs abundaba en un inframundo al que se había condenado él mismo y en el que navegaba bien, como si fuera el barquero de la laguna Estigia. Pero no era un inframundo desconocido. Con los años más de un amigo atravesaría la laguna de la mano de Caronte. Nova Express era la última entrega – en Estados Unidos - , aquí la primera, de la trilogía compuesta además por The Soft Machine y The Ticket That Exploded. Nova Express exploraba formas abstractas de literatura y técnicas aleatorias como el fold up y el cut in experimentadas por el pintor y escritor Brion Gysin con las que el resultado, para el lector, podía llegar a ser atrozmente incomprensible. En diciembre encontré en la librería Leviatán El Feliz Cumpleaños de la Muerte de Gregory Corso, editado en la colección Visor en el 78.

Apenas algunas semanas después, el 6 de enero del 82, un día de Reyes que cayó en miércoles ese año, fui con uno de los colegas a la estación, me quedaba algo de dinero en un abono de tren así que pillamos un expreso hacia el norte, hacia Gijón. Íbamos a reencontrar a compañeros del servicio militar menos de un año después de haberlos perdido de vista. Llegamos a la costa asturiana, llamé al Guaje y compartimos algunas cervezas con algunos blues de John Mayal. Nos cocimos demasiado y me costó localizar la pensión donde nos alojábamos, estaba debajo de una acera porticada en alguna parte. Aún me parece un milagro haberla encontrado. Continuamos hacia San Cucao de Llanera, a medio camino entre Gijón y Oviedo, donde encontraríamos a un colega de mi colega. Ramón había regresado unos meses antes y ahora se encargaba de ir a recoger leche con una cisterna por algunas granjas de la comarca. Un día lo acompañamos. Nos hizo levantar a la hora de acostarse, sobre las cuatro y media de la mañana. La primera parada era para repostar. Un par de orujos como el resto de camioneros que empezaban la jornada en las afueras de San Cucao. No volvimos a acompañarle.

En aquellos días aún era fácil encontrar psicotrópicos de calidad, quizás ya no tanta como la de aquellos vulcanos de unos años atrás para los que era recomendable dividir las dosis con una hoja de afeitar ya que los efectos podían ser excesivos. Los llamaban vulcanos porque la dietilamida del ácido lisérgico se diluía en un cono truncado sintético y absorbente que alguien debió de relacionar con un volcán. En esos días era más común encontrar los ácidos diluidos en papel secante. Tras una tarde en la que el Seis Pelas intentaba hacer honor a su apodo recordando a toda la parroquia porqué él valía más de un duro, pasé la noche conversando con Janis Joplin, yo sentado en la taza de un sanitario, ella en la portada de Pearl, como si nada, hasta que se hizo de día. Desde allí fuimos en el ferrocarril de vía estrecha hacia Galicia, hasta llegar a Redondela, allí nos esperaba Berbelito. Aún vivía en casa de sus padres y allí nos alojó, una estupenda casa rural de dos pisos y una bodega donde hacíamos queimadas. Anduvimos por Pontevedra y Vigo, entre cervezas, orujos, ribeiros baratos y secantes. Entonces no lo sabíamos, pero Berbelito moriría once años más tarde a causa de una afección de estómago.

Un día salimos a la carretera para hacer autostop. Deseábamos trayectos medios que nos fueran acercando a Barcelona, pero el primer vehículo que paró nos llevó directamente a Madrid. De nuevo a Madrid. Había estado por primera vez en marzo del 80, un año y un par de meses antes. Me apunté para ir a una gran manifestación de estudiantes universitarios que se celebró el domingo día 3. Salieron varios autocares de la plaza Universidad de Barcelona. La llegada fue espectacular, nos recibió una gran fiesta en el campus de la Universidad Autónoma, en pleno monte, para recibir a los participantes que llegaban de toda la península. Era de noche y había cerveza. Un montón de jóvenes madrileños se volcó para ayudar a quienes llegábamos de fuera ofreciéndonos alojamiento. Dieciocho de nosotros acabamos en un pequeño piso de la calle San Bartolomé, en pleno centro de la ciudad. Lo tenía alquilado Jesús, un chaval poco mayor que nosotros, delgado como un palillo y con una barba y bigote que no querían crecer en demasía. Tomamos por primera vez el metro de Madrid, aquel que circula en dirección contraria, y descendimos en Chueca. Me encantaba aquel espacio y aun hoy no deja de sorprenderme como nos alojamos dieciocho personas en aquella magra superficie. En otras ocasiones hice breves paseos por el reducido salón, echando un vistazo a libros, revistas y discos. Me sentaba en el suelo y memorizaba las letras de un disco de Carly Simon, No Secrets. Bajo el piso había un restaurante chino en el que acabaría aprendiendo a comer con palillos, era baratísimo y tenía aire acondicionado. Tres farolillos y un cartel horizontal amarillo lo garantizaban rotulando con letras negras y rojas: Restaurante Chino Kei Wah. No sé transcribir los cuatro caracteres en mandarín. Un par de puertas más allá, en el número 20, una zapatería anunciaba su muestrario y, al fondo, donde San Bartolomé muere en Augusto Figueroa, un tal Mariano Abad ofrecía sus ventas al por mayor. Un señor regordete y risueño observaba la calle desde su balcón en el primer piso. Frente al restaurante había aparcado un coche con dos ruedas sobre la acera. Pasé hace poco, parece que todo se haya desplazado levemente, donde estaba el restaurante chino hay un cartel que reza Izakaya Han, sirven sushi, el rótulo de la zapatería se ha renovado pero es del mismo tamaño, del mismo color y está limpio, ahora solo pone Muestrario de Calzado; donde estaba el rótulo del señor Mariano Abad está el de  Adela Gil y han pintado la fachada y adecentado la calle. El señor regordete es más que probable que haya muerto, ahora asoma un fornido joven sin camiseta que también sonríe. Abajo no se puede aparcar. 

Llegó junio de 1982 y con él la Feria del Libro de Barcelona y una sucesión de hallazgos, ediciones que desconocíamos hasta entonces hechas por Ediciones Júcar y la underground Star Books entre 1977 y 1980. Star Books publicó Gasolina, de Corso, El Primer Tercio de Neal Cassady, a quien Kerouac convertirá en personaje de algunas de sus novelas y Las Cartas del Yage, la correspondencia entre Burroughs y Ginsberg desde Colombia, Ecuador y Perú en búsqueda de la ayahuasca, la droga empleada por los chamanes. Ediciones Júcar había publicado en su colección de Narrativa Contemporánea dos trabajos de Burroughs: Exterminador y Las Últimas Palabras de Dutch Schultz. Del primero adaptamos uno de los relatos, La Disciplina del ME (Mínimo Esfuerzo) para emitirlo radiofónicamente, del segundo conservo, además del libro, el recuerdo de la portada mientras uno de mis amigos lo leía en el metro: una fotografía antigua del gánster mortalmente herido sobre la mesa de un restaurante de Newark, el Palace Chophouse. Tenía el sombrero inclinado entre su cabeza y la superficie de la mesa, detrás, un espejo, en el que se aprecian los impactos de tres balas, reflejaba la llegada de dos agentes de policía. Llevaba el abrigo puesto.

Y llegó Jack Kerouac. Entre enero de 1981 y enero de 1982 aparecieron las primeras ediciones en castellano de En el Camino y Los Vagabundos del Dharma, ambos una invitación irrechazable de salir a la carretera y extender el pulgar.Yes! Yes, man, you sure come go!” (¡Sí! ¡Sí! Tío, ¡Vamos! ¡Vamos!) (Capítulo 7 de la segunda parte). Bruguera continuaba explorando el filón y el primero se publicó en tapa dura en su Colección de Literatura Universal.     

On the Road nos llevó curiosamente a la vía del tren, concretamente a la Estación de Francia de Barcelona. Y de la estación de Francia a Paris. Cargábamos con dos botellas de brandy para vender en Ámsterdam y así recuperar algo de dinero. París amaneció en la estación de Austerlitz en forma de vagos recuerdos y una monumental resaca. La búsqueda de una pensión barata en el boulevard Magenta y una amiga danesa en Etoile, - ella era de Aarhus y no sé para que vino a Paris -, el primer encuentro con la catedral fue comparable a la descripción de Kerouac en Viajero Solitario: ...and my first sight of Notre Dame strange as a lost dream. (Y tengo entonces la primera visión de Notre Dame, extraña como un sueño olvidado). Tras París llegaron Bruselas, Ámsterdam, Copenhague, Hamburgo… hasta que la vía finalizó en Narvik, Noruega, donde el día duraba veinticuatro horas, no había bares abiertos y empezaba la carretera que conducía al límite del norte. Entre Ámsterdam y Copenhague compartimos compartimento de tren con un par de fumetas holandeses que no pararon de liar porros durante todo el trayecto. Eran hábiles y tenían aquella técnica depurada que precisa de dos papeles para elaborar una trompeta con una tapa de papel que se abre al quemar ligeramente los bordes. Una filigrana. Aún se podía fumar, incluso tabaco, en los trenes, y la consecuencia inmediata era que estábamos viajando en el interior de una nube tóxica de hachís. El mejor instante transcurrió en el control de pasaportes alemán, cuando un policía, a quien no conseguimos verle la cara entre la niebla, nos pidió la documentacion: Coff, coff. Passport bitte, coff, coff!! No arrestó a nadie y salió sonriente.

En Narvik la carretera fue la única alternativa a cualquier medio de transporte, todos inasequibles a nuestro presupuesto. Durante los días de recorrido por los fiordos noruegos dejamos la cerveza, demasiado cara, así que fuimos tirando de una gran piedra de costo y de la generosidad de conductores suizos y noruegos que nos acabaron acercando a Magerøya, la isla donde se encuentra Cabo Norte. Llegamos a pie al recinto donde nos encontramos con el guarda que nos exigió el pago del aparcamiento. Aún está esperando. Había convenido con algunos amigos que podían enviarme su correspondencia a la lista de correos de Honingsvåg, así que pasé por la oficina, no había nada pero aproveché para enviar algunos sobres de dimensiones desmesuradas a algunas amigas a quienes deseaba sorprender. Nos hicimos algunas fotografías junto al globo terráqueo que señala la posición más extrema de la Europa continental, en mi caso con la gorra, un poco más aplastada, con la que pretendía emular al mismo Kerouac.

De retorno hacía el sur nos empleamos de nuevo con el autostop, tuvimos suerte y encontramos a un par de finlandeses que volvían a su tierra, nuestro siguiente objetivo. Conducían un taxi que, evidentemente, no estaba de servicio. Yo intenté rememorar todo aquello que me habían enseñado un par de amigos finlandeses que vivieron en Barcelona, Kimo y Kerry. Me enseñaron a contar hasta diez, a decir algunas palabras amables y a pedir cerveza. Aún recuerdo a Kerry en las fiestas de carnaval en Vilanova intentando evitar el desperdicio de moscatel de una barrica que se rompió, saltó velozmente desde el exterior de la bodega y abrió su boca bajo la grieta del barril. Casi no se perdió una gota de moscatel. Yksi olut kiitos, repetí días más tarde, y obtuve un botellín de cerveza en mis manos. Pero los pilotos del taxi seguían impertérritos dirigiéndonos hacia su país por las estepas del norte de Escandinavia. Debería recordar que llevábamos más de una semana sin beber siquiera un mal quinto cuando el copiloto alargó una mano bajo su asiento, sacó una botella de medio litro de vodka finés y farfulló en su lengua alguna cosa incomprensible para nosotros que simplemente interpretamos como una invitación a beber. Media hora más tarde habíamos atravesado la frontera que separa Noruega de Finlandia, habíamos acabado con tres botellas y en algún punto nos dimos cuenta de que nuestros caminos divergían, a pesar de la entrañable amistad recién entablada. Debíamos emprender el camino hacia el sur y acabamos acampando bajo un puente intentando hacer unos huevos fritos que acabaron acompañados de una guarnición de mosquitos. Había hambre. En Rovaniemi acabó la carretera y volvió el tren. Abrí los Poemas Dispersos de Kerouac y leí: All That hichthikin / All that railroadin / All that coming back.

Desde entonces se han ido sucediendo las publicaciones de traducciones. Una cierta moda y algún interés en revivir las experiencias y la literatura de aquella generación, con la produccion de algunos largometrajes, The Last Time I Committed Suicide, The Naked Lunch u On the Road, entre otras, y exposiciones y, por supuesto, algunos libros antológicos y nuevas publicaciones que, hasta ahora, permanecían inéditas. Así han continuado latiendo. 

© J.L.Nicolas

 

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