Capitales Cingalesas

20.01.2013 12:47
La mujer entra con parsimonia en el viejo templo, agacha la cabeza respetuosamente ante la estatua del Bodhisattva, deposita algunas flores ante la imagen y prende unas delgadas barras de incienso que humean de inmediato soltando las características fragancias del sándalo. Otros fieles la siguen y repiten lenta y ceremoniosamente los mismos gestos. Probablemente estos no hayan cambiado durante los últimos dos milenios. Lo que sí ha cambiado es el propio templo, apenas una ruina en una antigua ciudad abandonada hace cientos de años en la que aun se conserva el culto en los templos y las campañas de excavaciones y restauración.

Anuradhapura sería un escenario adecuado para las andanzas de Lara Croft, y es probable que se hayan inspirado en espacios de esta ciudad para ambientar las aventuras cibernéticas de la heroína del píxel en Tomb Raider. Los magníficos estanques y sistemas de irrigación aun hoy en día abastecen de agua dulce a miles de habitantes que viven y cultivan los campos alrededor de las antiguas capitales cingalesas.

Anuradhapura fue fundada cuatro siglos antes de Cristo por el rey Pandukabhaya quien hizo de ella la capital de su reino. Y lo fue hasta el siglo XI. En el siglo I la ciudad ya era conocida en occidente por griegos y romanos. Figuraba en el mapa de Ptolomeo con el nombre de Anurogrammon, en la isla de Taprobane. Los años dorados de la gran ciudad cingalesa coinciden con la llegada del budismo a la isla durante el tercer siglo antes de Cristo, bajo los reinados del gran emperador Ashoka y de su hijo Mahinda en el sur de India, mientras en la isla gobernaba el rey Devanampiya Tissa.

El viajero chino Fa Hian la visitó en el siglo sexto. Y de ella decía: ...hay muchos notables y mercaderes. Las casas son grandes y hermosas, y, las calles llanas y regulares. En todas las encrucijadas hay salas de predicación...y en ellas se congregan para escuchar la Doctrina monjes y devotos. El explorador británico Samuel White Baker dedujo en el siglo XIX que millones de personas debieron, entonces, haber atravesado las puertas de una ciudad al lado de la cual nuestro moderno Londres era comparativamente un villorrio.

Las invasiones provenientes del sur de India marcaron el declive de la gran urbe y los nuevos gobernantes construyeron una nueva capital a un centenar de quilómetros al sudeste, Polonnaruwa. Derrotados a finales del siglo XI los invasores, el rey Vijayabahu I mantuvo ahí la corte, donde permanecería a lo largo de los dos siglos siguientes. El erudito gobernador colonial británico James Emerson Tennent reprodujo en sus escritos instantáneas de la antigua ciudad cingalesa: La rodearon de murallas, erigieron una fortaleza y construyeron palacios que contenían cuatro mil viviendas. Construyeron escuelas y bibliotecas, escenarios para la música y la danza.

Los sistemas de almacenamiento de aguas e irrigación superaron a aquellos de Anuradhapura, también templos y dagobas rivalizarían con los de la antigua capital, a pesar de que habían adquirido tan colosales dimensiones que eran comparables en tamaño a las pirámides egipcias.

Y del mismo modo que Anuradhapura, tras las invasiones dravídicas del siglo XIII, Polonnaruwa conoció el olvido. Ante las ruinas de la ciudad Baker se preguntaría: ¿Qué permanece de su grandeza? Se ha desvanecido como un cuento que es narrado, se ha ido como un sueño.

Tras Polonnaruwa, Yapahuwa se convirtió en una de las efímeras capitales medievales de Sri Lanka, con sus palacios y fortaleza construidos sobre una enorme roca de noventa metros de altura.

Hoy todas ellas y otros restos de los que fueron ciudades medievales como Ritigala, Dambulla, Medigiriya o Mihintale forman parte del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO y tanto en Anuradhapura como en Polonnaruwa se siguen venerando los antiguos templos mientras los monos se enseñorean de los viejos dagobas en el que fuera el Reino de los Leones.

© J.L.Nicolas

 

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