Formentor Revisitado

10.10.2014 20:47

El trayecto que separa Palma de Mallorca de la costa catalana es el tiempo de un sueño, o el tiempo que se pasa en duermevela sobre un sillón en cubierta esperando la llegada de las primeras luces del amanecer, o antes que estas, sobre la línea del horizonte que lentamente se aproxima, las luces de la ciudad que se proyectan como el reflejo de la lámpara de un faro en la distancia.

Pero el trayecto que separa Formentor en la memoria es aún mayor, no es cuantificable en una mirada dirigida hacia el reloj de pulsera o hacia una página atrasada en un calendario. La distancia que separa a Formentor del presente es como el vértigo que acompaña al vacío, un hueco impresionante al que apetece lanzarse aun sin tener el más remoto deseo. Volver es viajar en el tiempo acompañado por recuerdos de adolescencia que, como espíritus evanescentes e intangibles, acompañan el paisaje. Y Formentor es una excusa.

Tònia nos esperaba en el puerto, su sonrisa era afable por ser la primera, única por su sinceridad e impar por su frescura. Nos llevó hasta su vehículo, el que voluntariosamente debía llevarnos a nuestro destino. Xesca, Luis y Marta se acomodaron tanto como se podían acomodar cinco personas en un Simca 1000. La siguiente visión era la de las rondas de Ciutat pasar a través de la ventanilla. El recuerdo, el de una sucesión de movimientos indefinidos, de algún color próximo al de las fotografías envejecidas donde un color dominante suele comerse a los otros. Entonces solo quedan memorias teñidas de magenta, a veces de verde deslucido.

Las rondas i Ciutat quedaron atrás como lo hace quien abandona alguna cosa poco importante, una nota arrugada rebotando sobre el borde de una papelera, la colilla de un cigarrillo aun encendido muriendo en la humedad junto a la base de un árbol rodeado de acera. Y como algo que nace brotó del horizonte la torre del campanario de Santa María del Camí. La plaça dels Hostals acogía su día de mercado, las señoras comparaban la fruta y la verdura, sopesaban unas patatas o preguntaban por el precio de unas legumbres. Un hombre quien, siguiendo el orden natural de las cosas y el devenir del tiempo, hace ya años que leyó su esquela, enciende un cigarrillo mientras observa cuidadosamente unas naranjas.

Santa María se elonga, vuelve a ser otro pueblo que queda atrás y del que pasa, otra vez a través de la ventanilla, ahora la calle Bernat de Santa Eugenia, un largo nombre para una larga calle. Hasta que el Simca desfallece. Decide que cinco pasajeros son demasiados para sus fatigadas llantas y aligera de aire un neumático junto a los indicadores de las vías que llevan hacia Inca, Pollença o Alcudia.

Can Picafort aun no había crecido a demanda de los visitantes británicos y alemanes que hoy pasan los veranos quemando su piel al sol que calienta la arena en la bahía de Alcudia. Era un mero barrio de Santa Margalida, con un pequeño puerto que abrigaba algunas barcas de pesca no demasiado grandes. Las casas, como la de Xesca, de una sola planta, repetían un mismo patrón en sus interiores: un recibidor que se abría a un pequeño dormitorio, siempre a la izquierda, no importaba si era una casa u otra. Al frente una sala, la principal,  con un suelo de ajadas baldosas policromas daba acceso a otra habitación y a la cocina. Al fondo una doble puerta de madera, pintada en un tono marrón que solamente se me ocurre definir como antiguo, con porticones que cerraban las cristaleras, llevaba a un agradable patio con un cobertizo accesorio de obra con unas escaleras hacia el tejado. La hojarasca invernal, caída de los cercanos plátanos de sombra, lo cubría casi por entero, proporcionándole una adecuada ambientación para la época. Allí, como en la playa y a pesar del frío, Marta no tenía reparos en hacer sonar la guitarra que había viajado con todos a bordo del Simca. Ahora lo vuelvo a ver, en sus matices de magenta desbocado que parecen desbordar los límites de la fotografía.

De nuevo gracias al Simca salimos a la descubierta de los alrededores, de los paisajes que cierran la bahía en el Port d’Alcudi, y aun antes deambulamos por la ribera del canal de Siurana y la Siquia de s’Aigua Bona que desaguan unidas flanqueadas por dos espigones que se adentran en las aguas del Mediterráneo. Allí en el mismo canal, protegidas de los vientos de levante, amarraban algunos botes, otros, en desguace, se amontonaban sobre un promontorio en la arena de la playa de Muro, como si se auparan unos a otros para alcanzar a ver las olas.

Más allá empieza Formentor, la granítica península que prolonga la Sierra de Tramontana cubriendo el norte de Mallorca como si fuera una muralla que trata de cercar un patio abierto. Pasado Pollença, entrada obligada como si se tratara de un peaje, la carretera sigue serpenteando las primeras colinas antes de llegar a la cala Pi de la Posada, donde enfrente, a una pequeña isla poblada de pinos se le ha otorgado el mismo nombre que al cabo. Siguiendo hacia el extremo de la península hay varias calas rematadas con pequeñas playas de arena clara. Al norte Cala Barques y Cala Molins parecen corresponder a las fotografías descoloridas. El horizonte coincide así como una mansión rosada que posa la mirada de sus vacíos ventanales sobre las aguas turquesas de la rada, que en ese día rompían con fuerza contra la costa transmutando sus delicados tonos verdeazulados en la blancura volátil de la espuma antes de regresar violentamente a su seno.

Al final, donde ya no hay más límite que el que se precipita sobre las aguas, suele haber un faro. Una referencia para las embarcaciones como es una referencia para los recuerdos el transmutado color de una viejas imágenes de un viaje en compañía de compañeros de escuela, de escuela de fotografía, en un frío y cálido enero de 1979.

© J.L.Nicolas

 

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