Milán o la Radiografía de un Recuerdo

22.11.2012 10:38

 

     … los recuerdos son fragmentos de vida arrancados al vacío. Nada los amarra. Nada los fondea, nada los fija. Prácticamente nada los ratifica.

                                                                                      Georges Perec

Se trata de una placa radiográfica antigua, debe rondar los treinta años si es que aún no los tiene. Examinándola al contraluz se observan claramente algunos vacíos, algunas carencias. De hecho es lo que predomina. El paso del tiempo ha deteriorado notablemente la imagen.

(1982) Hacía poco que había amanecido cuando cruzamos la frontera ítalo suiza entre Lugano y Como en el tren que proveniente de Zúrich iba hacia Milán. Un carabinieri clarividente dedujo que un par de chavales cargados con mochilas y una bolsa de deporte estarían traficando, con toda seguridad, divisas de un país a otro. Costó convencerle de que un billete verde de mil pesetas (aunque para nosotros fuera una pasta en ese momento) era el monto total y conjunto de nuestro capital tras un mes recorriendo Europa. Como acabo de señalar era clarividente, así que insistió en encontrar el grueso de la fortuna que transportábamos. El registro de ambas mochilas fue infructuoso. Al advertir que la bolsa de mano también nos pertenecía se le iluminaron los ojos. Al tensársele el rostro se le formó una incipiente sonrisa de satisfacción bajo la nariz. Ahí se hallaba su tesoro. Confesamos que efectivamente nos pertenecía y le pusimos sobre aviso de lo que acarreábamos en ella: básicamente un fogoncillo de camping gas agotado y todas las inmundicias que no habíamos lanzado por la ventana del tren. Eso incluía un frasco de gel de ducha de plástico que había reventado ya hacía algunos días, convirtiendo el interior de la bolsa en un amasijo de mugre pegajosa. Aun hoy me pregunto porqué cargábamos arriba y abajo con semejante porquería. Pero el astuto carabinieri persistía en su imperiosa necesidad de registrar exhaustivamente nuestras pertenencias.

- Aprire! Masculló imperativamente.

Obedecimos sus órdenes e introdujo por completo el antebrazo en la bolsa. En pocos instantes su rostro suspicaz transmutó la tensa sonrisa en una nueva expresión, esta vez de un asco manifiesto perceptible a distancia. Adivinamos de inmediato que acababa de encontrar lo que quedaba de la botella de gel mezclado probablemente con alguna piel de plátano u otro resto de fruta. Sacó su ahora pringosa mano de la bolsa y dio por finiquitado el registro. Algo le convenció de que realmente no traficábamos divisas, aun a nuestro pesar. Aunque eso ya lo sabíamos tras un día sin comer apenas nada, en mi caso a esas alturas de viaje ya debía haber perdido unos cuatro quilos, lo que me convertía en una especie de fideo ambulante. El recuerdo de la llegada a Milán está envuelto de una sensación inequívoca de hambre. Apenas descendimos del tren dirigimos los pasos hacia el bar de la estación. Habíamos convertido nuestro alijo de divisas en un billete de diez mil liras, que a su vez, mutamos en un par de pequeñas pizzas y sendas cañas de cerveza de presión. Tan pronto el camarero hubo depositado el suculento manjar sobre la barra y frente a nosotros se giró para ir a por las cervezas. Las pizzas humeaban  generosamente, indicando que estaban ardiendo en su interior. El camarero volvió a girarse para servir las cañas mientras advertía sorprendido la desaparición de las pizzas. El humo que se desprendía de ellas previamente nos salía ahora de las orejas mientras acabábamos de deglutirlas salvajemente. Había hambre. El incendio causado entre la lengua y el paladar se sofocó con las cervezas.

Volviendo a la radiografía y a su lamentable estado, tras la llegada a la estación y antes de llegar a la Piazza dil Duomo, en el corazón de la ciudad, tuvimos que recorrer algunas calles, concretamente el equivalente a las cuatro estaciones de metro que las separan: Reppublica, Turati, Montenapoleone y Duomo. El recorrido corresponde a un vacío. Durante años el principal recuerdo que he conservado ha sido el de las galerías cubiertas y no el de la propia catedral. También el de unos jardines de los que no puedo precisar si estaban próximos a la estación o corresponden, con más probabilidad, a los cercanos al castillo Sforzesco.

(1996) Años más tarde volví a Milán en un par de ocasiones separadas por pocos meses, pero ambas de paso hacia Ancona, sin más oportunidad que la de explorar la monumental estación Centrale

(2011) … Así que escribo estas líneas desde el tren, cómodamente sentado en  un Frecciabianca que se dirige a la Estación de Milano Centrale. Vuelvo a Milán a intentar recuperar esos vacíos, a intentar buscarlos donde quizás los perdí, si es que siguen en el mismo lugar.

En esta ocasión buscaba unas coordenadas físicas, como un navegador sitúa al piloto, para comparar dos presencias y experiencias isotópicas, ponderando el ángulo visual adecuado para que mis propias existencias paralelas resultaran comparables. Ergo había de intentar situarme en el punto exacto de la Piazza dil Duomo donde habían quedado mis recuerdos, un lugar donde la perspectiva entre el arco de entrada de las galerías comerciales y la fachada del Duomo fuera coherente, como el punto de inflexión en el que una vivencia se repite materialmente con un intervalo de tres decenios.

Las Galerías Vittorio Emmanuelle, unas de las más antiguas galerías comerciales del mundo, se empezaron a construir en 1867 a partir del diseño de Giuseppe Mangoni, también son  famosas, obviamente al margen de sus comercios de lujo, por el mosaico del toro al que todo turista que se precie de actuar gregariamente como está mandado debe pisarle las partes. Parece ser que no se ha estado en Milán, sino se han pateado adecuadamente las criadillas del desdichado buey del mosaico. Pero sigue ahí. También el Duomo. Desde que pusieron la primera piedra en 1386 y la postrera a mediados del siglo XX, el 6 de enero de 1965, cuando se inauguró la última puerta. Apenas veía la fachada en mis recuerdos. Mucho menos el interior. Probablemente no entré. Creo que hubiera recordado la estatua del desollado San Bartolomé Apóstol, quien se muestra sin su piel tan fresco como si tan solo le hubiesen desprovisto de una camisa usada, alzándose sobre su pedestal cerca de la vidriera de la entrada meridional de la catedral. Mucho menos recuerdo haber subido a la azotea desde la que, en días claros, se vislumbran los Alpes. Más fácil es contar las innumerables, más de dos mil trescientas, estatuas que ornan los pináculos bajo la mirada vigilante de la Madonnina, la estatua de cobre dorado de la Virgen, que preside el conjunto desde los ciento diez metros de altura donde la ubicaron, y los cielos de la capital lombarda. Cuando Pirelli construyó su rascacielos de oficinas superando el pináculo del Duomo colocaron una réplica de la efigie de la Madonnina como acto de desagravio hacia las alturas. Por si acaso.

Tampoco recordaba, otro vacio en la radiografía, los accesos al Castillo Sforzesco: los Mercati, la Piazza Cordusio y la vía Dante. En cambio si lo hacía de un modo más o menos preciso del Parque Sempione entre el castillo y el Arco della Pace.

En esta ocasión he tomado fotografías. Serán más útiles que las láminas  radiográficas de mis recuerdos. También añadiré unas notas. Por si acaso.

(2012) Vuelvo para revisar las coordenadas que no me parecían suficientemente precisas ni fiables. El año anterior la estatua ecuestre de Vittorio Emmanuelle II , un punto de referencia necesario estaba cubierta para su restauración. Ya descubierta es un valioso nuevo parámetro para fijar la posición de los recuerdos. Las columnas de la zona porticada, la estatua, la fachada del Duomo y las galerías podrían convertirse en los vectores que los sitúan en 45º27’52.30” de latitud norte y 9º11’20.99” de longitud este.

Pero los nuevos desplazamientos generan nuevos recuerdos que acumular a la memoria. Esta vez me molesté en tomar el metro para llegar hasta los Navigli, los otrora canales navegables y que hoy concentran una parte de la actividad de ocio nocturno de la ciudad. También paseé por Brera, un relajado barrio plagado de restaurantes que se extiende tras el Palacio de la Scala y donde está la Pinacoteca. Leonardo mira en esa dirección.

De nuevo en la plaza, bajo el brillo refulgente y dorado de la Madonnina, llega una gran limusina blanca de la que descienden una pareja de novios, chinos, indumentados en correspondencia con la ceremonia del momento, aunque por ahora solo se trate de la toma de imágenes, quizás porque también desean generar sus propios recuerdos para un futuro lejano en el que mostrar a sus nietos el coche que alquilaron.

Todo desfila delante mío, adecuadamente sentado en primera fila en uno de los cafés probablemente más caros de la plaza. Pero he de reconocer que el sitio es inmejorable para contemplar una vez más mis propios recuerdos pasados, presentes y futuros y compartirlos con un Martini seco, adecuado para prevenirlos.

A pesar de haber fijado con precisión el lugar exacto de mis antiguas memorias, por cierto, junto a una papelera, no deja de sorprenderme su volubilidad, como han llegado, con el tiempo, a comprimir el espacio, uniendo el exterior de la estación Centrale con los jardines cercanos al castillo Sforzesco. Curiosamente distorsionados del mismo modo en que en una primera estancia en Dublín, en 1986, unía indisolublemente el recinto del Trinity College con el rio Liffey justo al pie del Ha’Penny Bridge. Una impresionante compresión que elude por los menos cuatro calles al completo.

Lo que mejor recordaba, en Milán, eran precisamente las galerías, allí donde los turistas disfrutan pisando el mosaico del toro. Al que, por cierto, le han reconstruido las teselas correspondientes a las criadillas, allí donde se recrean sádicamente pisándolas al tiempo que giran sobre sus tacones y se retratan. Debe doler. En la estación Centrale, en el vestíbulo ante la playa de trenes, hay otro mosaico de un toro muy similar. Mirándole las partes se percibe inmediatamente que disfruta de una existencia más relajada.

© J.L.Nicolas

 

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