Rayuela en París

05.07.2013 11:10

93 Levanté la cabeza y, como quien quiere no ser visto, deslicé pausadamente la mirada hacia la boca del puente, del Pont des Arts, en el ángulo donde confluyen la rue de Seine con el arco que da al Quai de Conti, con la manifiesta intención de constatar que ya no estaban allí. Ni Lucía ni Morelli.

115 Había sido un accidente temporal el que me había llevado hasta el mismo lugar sin establecer coincidencia alguna. Siempre estarían allí. Él, ataviado con su gabán de otoño parisino, sosteniendo algunos libros en una mano y un cigarrillo prendido en la otra. Ella paseando su silueta delgada a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. No quise cruzar el puente así que giré y desandé mis pasos en sentido inverso hacia un principio que es, simultáneamente, final.

  

116 Aunque ahora el puente parece una ferretería, desde que se pusiera de moda entre los enamorados bloquear un candado entre las rejas de la barandilla. Temo que algún día no muy lejano el peso de tanto amor hundirá sus pilares.

    

1 Giraron las llaves en la cerradura. Philippe entró cargado de bolsas que depositó como pudo en la cocina. Le ayudé. Había traído gambas del Atlántico, unas ostras fines de claire del 3 o del 4 de Arcachon, mejillones, que más tarde descubriría que eran los mejores que había probado jamás, un tourteau, bigorneaux y un par de bogavantes. Aun no había llegado nadie. Miré por la ventana. Era un espectáculo la ventana de su apartamento en un treceavo piso del boulevard National en La Garenne Colombes, en las afueras de Paris. Los rascacielos de la Défense y la torre de Montparnasse, la torre Eiffel y Notre-Dame, las cúpulas del Grand Palais y más a la izquierda, en pequeñito el Sacré-Cœur sobre la colina de Montmartre. Era una postal que se mecía en los colores de la luz a lo largo del día.

6 Llegaron Linette y Neal para ayudar a preparar la mesa. Trajeron un par de botellas de blanco alsaciano. Oh sí, sí. Conocía las bodegas, había estado el año anterior de visita en Riquewihr. Algunos eran deliciosos en su incipiente vejez. Philippe preparaba el marisco y yo me puse a abrir ostras. Me desplazaba cada día desde el metro del Grande Arche hasta el apartamento. Había un paseo que no era ni corto ni largo desde la explanada del CNIT, bajando las escaleras de un gran parking para recorrer las aceras hasta La Garenne. El bloque de pisos, casi tan incisivo como un rascacielos, se distinguía bastante antes de llegar. Alguna vez me había equivocado al coger el tren en Saint-Lazare, tomando alguno que no paraba en todas las estaciones había acabado, a veces, en Nanterre. No para abrir ostras. Otras veces había llegado hasta La Villette en taxi para encontrar, no a Lucía ni a Babs, sino a Isabelle, llegaba tarde, yo llegaba más tarde que el conejo de Alicia y la vi, la vi andando sobre la acera en sentido contrario al de mi taxi, descendí dejando las maletas para encontrarla. Lo hice y el problema subsiguiente fue el de recuperar las maletas y el taxi, o viceversa. Eran años de pensiones en el Marais y de ascender a diario la rue Vielle du Temple. Un encanto en las noches de lluvia y de reflejos de luces  anaranjadas sobre el asfalto mojado.

7 Acabé de abrir las ostras, tres docenas, las había ido depositando sobre tres bandejas ovaladas, una por cada docena. Faltaban los mejillones, aquellos extraordinarios mejillones. Hélène ya había abierto las botellas de gewürtz que ya estaba escanciado. Philippe tenía aquellas copas de base verde, redondas y cortas, que parecen hechas aposta para los vinos alsacianos. Ahora sonaba un viejo tema de Coleman Hawkings con Ben Webster, Salt and Pepper… y mantequilla con pan moreno para las ostras. Ya habían pasado algunos años desde que íbamos a comerlas al boulevard de Saint-Germain, allí nos tomaban por míseros y nos arrinconaban en pequeñas mesas en las que apenas cabía el servicio. Sé que las mesas suelen ser pequeñas y que acostumbran a aprovechar los espacios hasta límites casi indecibles y liliputienses, pedimos una bandeja de mariscos imposible para la superficie de la mesa y para las esperanzas del camarero. Eran esas mismas noches de jazz oído en pie junto a la barra, de jazz en vivo, junto a los vasos de cerveza que corrían a pares. Para luego pasar las mañanas recorriendo el mercado de Mouffetard y acabar sentados en una mesa de la plaza de la Contrascarpe frente a una copa de Leffe.

10 Ivette y Etienne hablaban y hablaban, de los menús de una cervecería de Estrasburgo, de Au Cochon, un desmesurado restaurante de Nanterre especializado en cualquier corte de cerdo. Etienne, enorme con su bufanda aun al cuello y su copa en la mano, siempre alegre con su exultante vozarrón, tan grande como él mismo. Las ostras estaban frescas sobre la capa de hielo picado.

16 Visiones de una gran costilla de buey entrando a un restaurante cercano al Panthéon, de Madame Arthur en Pigalle buscando espectadores con barba, de un kir royale en la pequeña y coqueta place du Marché de Sainte Catherine y de lluvia intensa en Saint Paul, de la pista de hielo en los inviernos frente al hotel tonto, l’Hôtel de Ville,  en un estúpido juego de palabras que solo parecía comprensible para mí mismo y que solamente a mí me divertía, de un jardín en un castillo de Clamart y de un viejo perro negro junto al fuego de la chimenea. Oh, sí sí, un magnifico trago de Ardbeg de 10 años en el Whisky Life Paris mientras desfilan por Champs Élysées bandas de músicos bretones una soleada mañana de otoño.

18 Hawkings y Webster han dado paso a Charlie Parker con Now’s the Time, Ivette toma cuidadosamente entre sus dedos pulgar e índice una ostra y la rocía con la rodaja de limón que aprieta en la otra mano. El gewürtz está genial. La luz disminuye tras el ventanal que da a la Défense. Dentro de dos años Philippe se casará con Valerie en el ayuntamiento de La Garenne. Aun no lo saben. Ni que festejaran el evento en un restaurante del Bois de Boulogne. Quedará una foto dentro de un bar tras la ceremonia y durante un efímero aperitivo junto a un cartel de Ricard entre un preciso golpe de flash ante un gran angular de 20 mm. El arroz caía sobre sus cabezas. Vals nocturno.

La Maga atraviesa el Pont des Arts. ¿Qué venía yo a hacer al Pont des Arts? Me parece que ese jueves de diciembre tenía pensado cruzar a la orilla derecha y beber vino en el cafecito de la rue des Lombards donde madame Léonie me mira la palma de la mano y me anuncia viajes y sorpresas. Entre una orilla y la otra se desvanecen unos recuerdos y se generan otros nuevos. Acaba un texto y empieza otro discurso. La Seine est jolie, les filles sont belles et les Dieux sont ravis. Voilà l’été, cantaban Les Négresses Vertes.

© J.L.Nicolas

 

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