Una Astilla en las Nubes

14.08.2014 17:15

En septiembre de 2007 empezaron los preparativos de la demolición de las Torres de Southwark, un complejo de oficinas de 24 pisos de altura. Se estaba preparando el terreno, literalmente, para desarrollar el  proyecto del arquitecto genovés Renzo Piano, una gran astilla de cristal que iba a desgarrar las nubes sobre el cielo de Londres.

Y es lo que sucedió el primero de febrero de 2013 cuando se abrió al público The Shard, en aquel momento el rascacielos más alto de Europa con sus 310 metros de altura y sus 72 pisos, 87 contando el pináculo. Queda lejos de ser el rascacielos más alto del mundo, titulo casi indisputable ante la torre Bhurj Khalifa de Dubái y sus 828 metros, de hecho al poco tiempo ya fue superada en Europa por la Mercury Tower de Moscú con 339 metros, 29 por encima de la construcción británica.

Su forma de pirámide estilizada completamente recubierta de vidrio se astilla en la cúpula abriendo al aire libre quince pisos de conductos de ventilación, las mismas fachadas translucidas que permiten el paso de luz natural y reducen las fugas de calor mediante sus once mil paneles, 56.000 metros cuadrados de cristal. El mismo arquitecto propuso para los usos del edificio combinar sus espacios entre oficinas, viviendas, hoteles, comercios y hostelería. De hecho hasta la planta 28 está reservado para despachos, entre la 31 y la 33 hay un centro comercial y un restaurante, entre la 35 y la 51 un hotel de lujo, en la 52 un spa y entre las 53 a la 65 están reservadas para apartamentos. Sin embargo The Shard solamente ofrece 48 plazas de aparcamiento para vehículos, la idea es que las doce mil personas que trabajen en las oficinas ya tienen acceso en pocos minutos a la estación de London Bridge servida por las líneas Northern y Jubilee del metro y por el ferrocarril.

El arquitecto italiano también creyó que el lugar más alto de Londres debía ser de acceso público, pagando, así se destinaron las últimas plantas hábiles, entre la 68 y la 72 a ubicar un mirador de varios pisos. Un ascensor que a pesar de su velocidad no produce sensación de vértigo conduce en dos tramos hasta la planta 68. Esta y la inmediatamente superior son el belvedere cubierto, al abrigo de la intemperie. Unas escaleras conducen hasta el observatorio exterior en la planta 72, la última del rascacielos a 244 metros sobre la ciudad, casi el doble de la que proporciona en su cúspide la noria del London Eye y afirman que en un día claro la visión alcanza hasta los sesenta y cuatro quilómetros de distancia

Este última azotea al aire libre, aunque protegida por los extremos cristalinos de la astilla, proporciona una curiosa sensación aérea, reforzada por la una tenue ambientación musical y los sonidos que llegan de la ciudad traídos por el viento. Hacia arriba, hacia la cúspide de la torre, se ven las estructuras metálicas del pináculo que parecen prolongarse, acompañando el trazado que marca el vidrio, hacia un infinito desconocido. Hacia cualquier lado y hacia abajo, siempre hacia abajo, se aprecian los distintos lugares destacados que jalonan las aguas del Támesis en su camino hacia el mar. Desde la torre del Big Ben hasta los muelles de los Docklands cerca de Greenwich.

Desde el suelo, en un clásico día de bruma, elevando la vista no debe ser difícil imaginar a la gran astilla de vidrio cortando finamente el techo de nubes que cubre a menudo la capital británica. Entonces el mirador queda rodeado de una gran alfombra blanca de la que solamente sobresalen algunos tímidos competidores.

© J.L.Nicolas

 

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