Venecia o la Teoría del Laberinto

04.12.2012 20:28

Λαβύρινθος, Labýrinzos: en antiguo griego significa lugar del hacha de doble filo. En tiempos de la civilización minoica el Labros fue el hacha que simbolizó la ciudad de Knossos y por extensión del mito del hijo de Pasífae, del Minotauro, insigne habitante del dédalo de callejuelas del palacio cretense. De ahí proviene etimológicamente la palabra laberinto.

Es posible encontrar laberintos en multitud de lugares y tiempos distintos, desde los laberintos petroglifos del neolítico a los jardines franceses del Renacimiento elaborados con trabajados setos. Siguen reconociéndose en lugares cómo los pavimentos medievales de la catedral de Chartres, la del Duomo de Florencia o incluso en la de la Salute en Venecia.

Las antiguas representaciones de los laberintos describen un recorrido continuo con una entrada y una salida, sin conceder opciones al engaño ni permitir alternativas inviables. O muestran mapas, cómo el del Templo de Salomón en Jerusalén, el de la ciudad de Jericó en el siglo XIV de Alisha ben Avraham o el concéntrico de la fabulosa capital de la Atlántida. Circulares o cuadrados, pero todos ellos con un desarrollo que generalmente consta de siete hileras simétricas, con un principio y un final. A partir de aquí es posible investigar dónde reside su significado oculto: un laberinto es un periplo gnóstico, un diagrama que muestra el desarrollo en la evolución del conocimiento, una metáfora, en la que, en ocasiones, se produce la paradoja de que la entrada es también la salida. La metáfora del laberinto aplicada a Venecia significa que para ir de un lugar a otro no basta con la orientación, es preciso el conocimiento para no acabar frente a un impasse de agua o en un cul-de-sac llamado corte o patio.

El concepto de laberinto en el cual es posible perderse, de los ramales sin salida, de las veredas que retornan a su origen, y de la solución única es sensiblemente moderno y, a pesar de que del mismo modo se le puede dotar de un sentido simbólico, suele poseer un cierto componente lúdico. Frente al laberinto primitivo ofrece el emblema de los dilemas existenciales, la posibilidad de la elección, el placer del instante de la duda. Para el filósofo Walter Benjamin el laberinto es la patria del que duda.

Jorge Luís Borges en uno de sus cuentos del Aleph, Los dos reyes y los dos laberintos narra la venganza de un rey de los árabes a quien un rey de las islas de Babilonia trató de extraviar en un laberinto de escaleras, puertas y muros. Años más tarde el rey árabe abandonó al de Babilonia tras tres días de camino en otro laberinto, este absolutamente exento de muros, carente de vericuetos, sin referencias de ningún tipo, ni siquiera entrada y tampoco salida: el desierto, la nada.

Para Umberto Eco todavía existe un tercer tipo de laberinto, generado con la aparición de las nuevas tecnologías. Se trata del laberinto multidireccional que se extiende en Internet. Un paso adelante en la búsqueda de un objetivo se traduce en múltiples posibilidades de avanzar, o retroceder, o desplazarse en paralelo. Es potencialmente infinito. Aunque a diferencia de los que se seguían en los pasatiempos de los periódicos remarcándolos con un lapicero, o de los que, físicamente, se recorren a pie, entre verdes paredes de arbustos, el laberinto de la red siempre tiene una salida simple que se halla en una sola tecla. En esta categoría se podría adscribir el mismísimo lenguaje, que para Wittgenstein es también un laberinto. Si bien, en algún sentido, cada palabra, o cada texto, llevan a otros en la construcción de un conjunto de significados semánticos, la posibilidad de elección, error y duda están presentes en la elaboración del discurso. En su Tractatus-Logico-Philosophicus, Wittgenstein se sitúa en la primera tipología de laberintos unicursales al elaborar linealmente sus proposiciones. El discurso conduce unívocamente de principio a final la lógica del desarrollo del sentido. Pero la trasgresión siempre es posible. A la lógica del discurso lineal se pueden oponer bloques intercambiables de texto como hiciera Julio Cortazar en Rayuela, o simplemente destruirla con las técnicas literarias del cut-up y del fold-in ideadas por Brion Gysin y desarrolladas por William Burroughs en novelas cómo Nova Express o The Soft Machine, laberintos sin salida en los que el lenguaje es un virus que solamente es posible exterminar privando al texto de sentido.

Venezia é un laberinto. O más bien un puto laberinto, como oí en boca de un turista español cuando, durante mi primera estancia, no llevaba ni una hora en la ciudad de la laguna. A pesar de que cuando se pregunta a un veneciano por una dirección la respuesta es invariablemente tutto diretto, es decir, todo recto, no es completamente falsa la noción de que Venecia es una suerte de laberinto. Para ser exactos y tal cómo el Labros era un hacha de doble filo, Venecia es un doble laberinto: el que está formado por su intrincada red de calles, puentes, fondamentas, ramos, salizadas, cortes...y otro acuático que entrelaza sus ríos y canales. Este último siempre tiene salida, no hay más que dejarse llevar por las corrientes de las mareas o por el salario de un gondolero. El primero es más incierto, no siempre con una continuidad clara, que, en más de una ocasión, obliga a volver sobre los pasos ya recorridos tras llegar a una corte sin salida, o a toparse con los peldaños de una riva que llevan directamente al agua de un canal.

Y aún así, a veces, según el capricho de las fases lunares y de los vientos del sur, suele ocurrir que entre otoño e invierno ambos se entremezclen en virtud del nivel de las mareas. El aqua alta que complica la vida a los venecianos y sorprende a los turistas ralentiza y transforma ambos laberintos en una ósmosis única en el mundo.

Cual hilo de Ariadna existen los nizioletti, - pequeña sábana en dialecto veneciano -, esos pequeños rectángulos blancos que decoran por doquier cada esquina del paisaje urbano. La mayoría indican tan sólo el topónimo, pero también existen los que muestran el inicio o fin del término de un sestiere, de una parroquia, o los que señalan una dirección. Estos últimos de color amarillo, ¿un sutil guiño sobre el color del hilo que guió a Teseo?, en lugar del blanco habitual, claman Per San Marco, Per la Accademia, Per Rialto...incluso se venden  camisetas con este motivo en Lista de Spagna o en Piazzeta San Marco. Venecia es un mundo en el que no solamente es posible perderse entre su maraña de calles y callejuelas, campos y salizadas, fondamentas y puentes, sino que también es posible hacerlo en la ensoñación que proporcionan sus nombres y las historias y leyendas que se les atribuyen. ¿Dónde sino sería posible encontrar una calle del Amor dei Amici, de la Donna Onesta, de la Morte, una calle Larga dei Proverbi, una corte Stupenda, de la Vida, del Occhio Grosso, una fondamenta de la Tette o de las Turchette, un puente de las Maraveglie o del Diavolo, de la Cortesia, de la Umiltà o Celestia. O una corte Sconta detta Arcana?

Con el tiempo y a través de sucesivas visitas creo que he adquirido la bizarra obsesión de pretender memorizar la ciudad al completo, en congruencia, aunque no lo supiera, con la opinión del matemático francés Pierre Rosenstiehl en la que sostiene que la resolución de un laberinto estriba en su completa exploración. En ellos es la falta de referencias la que lleva al extravío, y con este a la búsqueda. La solución pasa, en ocasiones, por un completo y minucioso conocimiento de cada uno de sus ramos, de sus calles y recovecos.

Pero volviendo a la idea del periplo gnóstico, se avanza progresivamente en el conocimiento. Esta vez de la propia ciudad y de su carácter, con la ventaja añadida que proporciona volver sobre los pasos andados para reencontrar detalles no observados anteriormente. Rememorar los escenarios de las acuarelas de William Turner o de Maurice Prendergast, los óleos de Canaletto o Bellini. O entrever las líneas escritas por Byron, Mann o Brodsky. Oír las notas de una pieza de Vivaldi que se deslizan bajo la puerta de una iglesia entre Campo San Vidal y Campo San Stefano. Mirar de reojo el reflejo de la fachada de I Frari en el río del mismo nombre en un día medianamente soleado. Encontrar una puerta que no lleva a ningún lugar en medio de la calle. Descubrir un elefante de piedra entre las columnas de la Scola Grande di San Rocco o un corazón, también de piedra, bajo el arco de un sotoportego en la salizada del Pignatier. Leer los lomos de los libros de la biblioteca armenia en San Lázaro, o de la biblioteca Marciana en San Marcos, en busca de algún incunable cómo el Hypnerotomachia Poliphili de 1499. Hallar en una extraña librería una pareja de muñecos con los ojos cerrados deseando desesperadamente un beso. Imaginar los palacios del Gran Canal en su época de mayor esplendor o los pozos con vida propia en las cortes de Castello o Cannaregio. Y cuando uno ya no siente las piernas, tras un empacho gnóstico de un calibre moderado, queda una infinidad de terrazas donde sentarse y recuperarse con el aperitivo veneciano por antonomasia, aunque las malas lenguas insinúen que se trata de una invención austríaca. El Spritz: vino blanco, Campari, sifón, hielo, una rodaja de limón y una aceituna. Salud!

© J.L.Nicolas

 

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