Un Paseo por Filopapo

10.08.2019 10:01

La Acrópolis ateniense tiene enfrente una amplia zona verde que, en el corazón de la capital griega, se convierte en un relajado espacio donde pasear lejos del ajetreo urbano y a la sombra de encinas y cipreses. Es la colina de Filopapo. Desde allí hay unas vistas privilegiadas sobre el Partenón, el resto de Atenas e incluso de las aguas del golfo Sarónico, en el Egeo.

Gaius Julius Antiochus Epiphane Philopappus, Julio Antíoco Filopapo en una versión reducida, nieto del rey Antíoco IV, fue un príncipe del antiguo reino armenio de Commagene, anexionado por el Imperio Romano en los confines de Siria. Filopapo vivió entre los siglos I y II, nació en el 65, durante la dominación del Imperio Romano en Grecia. Su familia se trasladó a Roma a raíz del conflicto con Partia y él, posteriormente, se mudaría a Atenas donde residió hasta el fin de sus días habiéndose convertido en un ciudadano benefactor e influyente. Vinculado a las élites romanas tuvo amistad con el emperador Trajano y su heredero Adriano. Su muerte, acaecida en el año 116, tuvo repercusión en Atenas hasta el punto en que se le dedicó el gran monumento que corona la colina que hoy lleva su nombre.

El Mausoleo, orientado hacia la Acrópolis forma un semicírculo de dos pisos construido con mármol de los cercanos montes Pentélico e Imittos, alcanza casi diez metros de altura y su interior contenía la cámara funeraria de la que tan solo queda la base, mientras que de su fachada aún se mantiene en pie dos tercios de la estructura. El monumento se conservó prácticamente intacto hasta el siglo XV, tal como lo vio el humanista de Ancona Ciriaco de Pizzicolli en el año 1436 y documentándolo en su diario Commentaria, la estatua de Filopapos preside el monumento y junto a él, en el nivel superior, otras dos estatuas, una a cada lado representaban a su abuelo Antíoco IV y a Seleucus I Nicator, sátrapa de Babilonia y fundador del Imperio Seleúcida, ésta desaparecida. En el nivel inferior un friso representa al personaje como cónsul, conduciendo un carro. Una inscripción en griego, Φιλόπαππος Επιφάνους Βησαιεύς, lo reconoce como hijo de Epífanes de Besa. Otra inscripción en latín recuerda sus títulos honoríficos. Pausanias lo menciona en el Libro I de su Descripción de Grecia como el monumento construido para un sirio. El mausoleo sufrió severos destrozos en el siglo XVII durante las guerras turco-vénetas. Los otomanos aprovecharon material de construcción para el minarete de la mezquita del Partenón y los venecianos no dudaron en bombardear la Acrópolis desde la colina de Filopapo el 26 de septiembre de 1687.

A mediados del siglo XVIII el arqueólogo escoces James Stuart y el arquitecto británico Nicholas Revett dedicaron su tiempo y esfuerzos en ilustrar y documentar numerosos monumentos de la antigua Grecia, entre ellos, por supuesto, el mausoleo de Filipapo. Su trabajo fue publicado en Londres en 1762 con el título The Antiquities of Athens and Other Monuments of Greece. En las litografías, muy del gusto de la época, como las que trabajo el equipo del Barón Taylor en Francia, se reproduce el estado en que se encontraba la tumba así como una reproducción a escala de su estado ideal cuando fue construido salvo la apariencia de las estatuas desaparecidas. En 1904 sería parcialmente restaurado bajo la supervisión del ingeniero civil Balanos.

Se cree que, anteriormente, estuvo enterrado en el mismo lugar el poeta del siglo VI aC Museo, de quien se dice que vivió, enseñó y murió en el lugar y también que estaba relacionado con Orfeo. Según Platón, ambos eran hijos de Selene y las Musas. En cualquier caso su nombre está vinculado al de la colina, conocida también como colina de Museo o de las Musas como señaló Pausanias, antes que del Mausoleo o de Filopapo. No muy lejos del mausoleo hay un tramo de roca tallada con cavidades que debieron servir de base para esculturas y de altar de ofrendas en lo que se supone fue un santuario dedicado a las musas y que hoy se denomina Herón de Museo.

La colina, que según la leyenda fue el escenario de la batalla de los atenienses contra las amazonas, alcanza unos ciento cincuenta metros sobre el nivel del mar lo que le proporciona un excelente panorama sobre la ciudad. El parque ocupa unas setenta hectáreas de zona verde que fue acondicionada entre 1954 y 1958 por el arquitecto Dimitris Pikionis quien creó los caminos de piedra y diseñó los accesos. Aquí se refugian numerosas aves entre ellas el búho de Atenas que ilustra actualmente las monedas de un euro y anteriormente los dracmas.   

Unas ruinas de grandes bloques de piedra recorren la cresta de la colina, es el Diateichisma, la muralla que, desde el siglo V aC, formaba parte de las defensas de Atenas, reforzada tras la batalla de Chaeronea en el 338 aC ante la creciente amenaza macedonia. La muralla, de casi un quilómetro de longitud, tenía dos puertas, la de Melipides en la parte alta y otra junto donde se encuentra la iglesia de San Demetrio, donde quedan los restos del Dipylon.

Siguiendo por el camino que lleva hacia el norte de la colina se encuentran las cuevas excavadas en la roca, cuatro habitáculos cerrados por unas rejas, a las que llaman la Prisión de Sócrates, ya que se cuenta que es donde fue recluido y donde murió el filósofo. Durante la Segunda Guerra Mundial se utilizaron para esconder algunas de las antigüedades del Partenón y del Museo Nacional de Arqueología. No muy lejos hay otras similares: el Santuario de Pan y la llamada Cueva del Hombre Sordo. Donde el promontorio desciende antes de convertirse en la colina de Pnyx  está la iglesia bizantina del siglo XII de San Demetrio Lumbardiaris restaurada por el mencionado Pikionis. Y unos pasos más allá se halla el lugar donde los  antiguos atenienses se reunían diez veces al año en ekklesia, asamblea, para discutir temas políticos desde que Clístenes cedió poder a la ciudadanía en el año 507 aC, es el llamado Pnyx que da nombre a la colina. El espacio está formado por una gran plataforma circular de piedra que aprovechaba la ladera como si se tratara de un teatro con algunos escalones tallados en el extremo que lleva a la tribuna donde los oradores se dirigían al público. Aquí hablaron Pericles, Arístides y Alcibíades entre otros y Demóstenes lanzó sus famosas Filípicas contra Felipe de Macedonia. El emplazamiento empezó a ser excavado en 1910 por la Sociedad Arqueológica de Atenas, excavaciones que proseguirían en la década de los años treinta sacando a la luz los cimientos de algunos importantes edificios, todos ellos construidos cuando el lugar ya no era empleado para las asambleas: dos grandes stoas, el altar de Zeus Agoraios, patrón de los oradores y el santuario de Zeus Hypsistos.

Muy cerca está la cúpula del antiguo observatorio antes de llegar al Observatorio Nacional de Atenas que, despreciando la contaminación lumínica de la ciudad, abre aquí su telescopio al cielo desde que fue fundado en 1842. Casi a sus pies, descendiendo la colina, la iglesia ortodoxa de Agia Marina parece la guinda del pastel, muy cerca de la colina de Aeropagus, otro otero con buenas vistas sobre la Acrópolis, su nombre proviene de Ἄρειος Πάγος, Areios Pagos, la roca de Ares que los romanos convirtieron en roca de Marte, el dios de la guerra. Antes del siglo V aC se reunía aquí el consejo de ancianos que, en su momento, aceptó las reformas democráticas propuestas por Solón. Esquilo, en las Euménides, la última pieza de las Orestíadas, empleó la colina como escenario del juicio de Orestes por el asesinato de su madre Clitemnestra y su amante Egisto.

© J.L.Nicolas

 

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