Visiones de París

07.08.2020 10:38

La primera visión de París es un sello, un sello de correos, propiamente de la poste. Bien, y más concretamente un sello de a un franco setenta, rojo, con la cruz que en el monumento de Rennes celebra, quiero decir conmemora, la muerte de Juana de Arco. El matasellos es de la oficina de correos de la rue de la Tremoille, no muy lejana del puente del Alma, allá donde acabó su estancia en el planeta la célebre Diana Spencer, Lady Di, pero más cercana todavía a la rue de François I, el rey caballero y guerrero quien nació en Cognac y murió en Rambouillet. Pero François I, la calle, casi perpendicular a los Campos Elíseos, a la altura de Roosevelt, es la calle del remitente. Montse, mi más querida Montse, quien antes de acercarse a la poste había escrito en unas delgadas cuartillas y en un espaciado interlineado, entre otras cosas, que está lloviendo y hace mucho frío, a pesar de que apenas había empezado agosto. Ahora, cuando las vuelvo a leer, percibo cómo ha cambiado el color del papel con los años, más de cuarenta, desde cuando fueron escritas. Pero todas ellas tienen aquel característico y amplio interlineado que separaba líneas y palabras, palabras que prolongaba indefinidamente, como si quisiera que no acabaran. La M y la N no eran más que largas horizontales que no se unían tan solo por el hecho que las separaba una casi inapreciable y circular O aplastada; la T seguía perpendicularmente la longitud de la palabra, cubriéndola. La carta finalizaba con un escueto, y prolongado, te quiero, Montse. Así que mi primer impulso fue el de marchar inmediata y apresuradamente hacia París. Tras hacer un rápido balance con la suma de mis ingresos y mis ahorros llegué a la conclusión de que apenas me llegaba para una cerveza, París tuvo que esperar. Yo también. La cerveza, no.

Tres años concretamente. París amaneció en la Gare d’Austerlitz. En la capital francesa pasaría prácticamente dos días enteros, desde la llegada sobre las 9 de la mañana a Austerlitz y la partida, domingo por la tarde, desde la Gare du Nord. Quedan algunas cosas, un mapa, trece fotografías en blanco y negro y cinco postales, que ayudan un poco a reconstruir un recorrido, a recordar algunos lugares, aunque con una precisión relativa. Buscaba las direcciones de Montse, en Françoise I y en la avenida de Víctor Hugo, cercana al arco del triunfo de Étoile, donde se mudó. Tan solo quería ver las calles por donde había andado, los escenarios de cuanto me contó en sus cartas. Quizás, prescindiendo de coordenadas espacio temporales, quería verla a ella. Pero me quedé en una pensión barata cerca de la Gare du Nord, la siguiente estación en la que subiría a un tren. A partir de aquí es difícil establecer el orden de aquellos días en París. La lógica me llevaría a Notre Dame, y al Centro Pompidou, siguiendo por la rue du Rivoli, Châtelet y el Louvre. Una fotografía en blanco y negro tomada desde una esquina de la plaza de la Concordia anuncia a la Torre Eiffel.

De nuevo tres años después, parece un intervalo insoslayable, la visita a la Cité Lumière se repitió, de nuevo de paso, en búsqueda de nuevos ámbitos, quizás de nuevas voces. Ahí están tozudamente, aunque ahora en color, nuevas fotografías de Beaubourg y Notre Dame, del ayuntamiento, los bateau mouche, la estación de metro de Etienne Marcel, aquella de tipografía modernista.

No había pasado un par de años cuando volvía a estar orinando en París. Empecé a tomar la maldita costumbre de hacerlo cada vez más a menudo. Ir a París. Perico Delgado celebraba, en el Lido, una controvertida victoria del Tour de France. Por nuestra parte la celebramos como desarrapados, sin tiempo de ducharnos, en un restaurante de la rue de Ámsterdam, cercano al Odeón, en el que nos miraron con una adecuada desconfianza. Todavía están sorprendidos del fajo de francos que exhibimos para pagar la cuenta, y todavía más de que buscara un pequeño sobre blanco extraviado entre los manteles. Eran unos pendientes que acababa de comprar cerca de Opera.

Al año siguiente había llegado agotado tras un interminable viaje en autobús – prometí que no volvería a hacerlo - y luego hasta La Villette en taxi para encontrar a Bet, llegaba tarde, yo llegaba más tarde que el conejo de Alicia y la vi, la vi andando sobre la acera en sentido contrario al de mi taxi, descendí apresuradamente, dejando las maletas, el taxi y el tráfico atascado, para encontrarla. Lo hice y el problema subsiguiente fue el de recuperar las maletas y el taxi, o viceversa. Eran años de pensiones baratas en el Marais, o como aquella inenarrable de la rue Saint Quintin. La ciudad estaba envuelta en la noche cada vez que ascendíamos por la rue Vielle du Temple. Un encanto de noches de lluvia y de reflejos de luces anaranjadas sobre el asfalto mojado. Desde Sacré-Cœur vislumbrábamos toda la ciudad. Cerca de Saint Michel compré un poster de Corto Maltés y, aquel fue el primer año, la primera vez, que fui a ver la tumba de Jim Morrison en el Père Lachaise. He peregrinado no menos de cuatro ocasiones. Una vez en el cementerio bastaba con seguir las inscripciones que señalaban Jim o King Lizard o, sobre una lápida ajena al grupo californiano, la frase de Aldous Huxley que dio nombre a la banda: “There are things known, there are things unknown and between are the Doors” (“Hay cosas conocidas y cosas desconocidas, y en medio están las puertas”). Se refería a las puertas de la percepción, inspirado por un poema de William Blake extraído de la obra The Marriage of Heaven and Hell (El Matrimonio del Cielo y el Infierno), de 1793: "If the doors of perception were cleansed everything would appear to man as it is, infinite. For man has closed himself up, till he sees all things thro' narrow chinks of his cavern” ("Si las puertas de la percepción estuvieran despejadas, todo parecería al hombre tal como es, infinito. Porque el hombre se ha encerrado hasta que ve todas las cosas a través de los estrechos resquicios de su caverna"). No faltan flores, notas, la portada de un disco y algún retrato suyo. Morrison murió en julio de 1971 en la bañera de su apartamento, en la rue Beautreillis, también en el Marais.

Otro año más y - ¿he dicho que venía a orinar cada año por lo menos una vez? - seguíamos en incomodas pensiones del Marais, esta vez en la rue de Saint Antoine, a tocar de la Bastilla. Vine a descansar de un conflicto en el desierto para descubrir el Instituto del Mundo Árabe y la mezquita, también el Museo de Orsay, que había acogido la colección de pintores impresionistas que, en el primer viaje, visitamos en el Jeu de Pomme, junto a la Concordia, Montparnasse y su torre, los almacenes de FNAC, la Défense y el mirador del Grande Arche con su vertiginoso ascensor de suelo acristalado. Desde arriba se alinean los Campos Elíseos con, de nuevo, la Étoile y mis recuerdos de los sellos de la rue de la Tremoille. Íbamos a repetir unas ostras en La Coupole, en el boulevard de Montparnasse, un lugar, asimismo apetecible, donde habíamos estado el año de Perico Delgado. No sé si era por mi chaqueta de cuero desangelada y desgastada, pero parecía que nos tomaban por insolventes y nos arrinconaban en mesas pequeñas en las que apenas cabía el servicio. Sé que las mesas suelen ser pequeñas y que acostumbran a aprovechar los espacios hasta límites casi indecibles y liliputienses; pedimos una bandeja de mariscos imposible para la superficie de la que disponíamos y para las esperanzas del camarero. Eran esas mismas noches de jazz oído de pie junto a la barra, de jazz en vivo, junto a los vasos de cerveza que corrían a pares. Para luego pasar las mañanas recorriendo el mercado de Mouffetard. En el 93, sin haber dormido, arrastré mi cuerpo por el barrio latino, buscando entre los kebabs, alguna cosa que comer antes de volver al aeropuerto. Una estancia anodina y efímera, pero imprescindible para aligerar la vejiga.

Fue a partir del cambio de milenio, y de pareja, cuando las visitas se volvieron, además de inexcusables, apeteciblemente repetitivas y frecuentes. A veces nos alojábamos en casa de unos familiares en el distinguido Clamart, en un formidable château con jardín que siempre me ha recordado, aunque en dimensiones más reducidas, al Moulinsart de las Aventuras de Tintín. Tenía dos magníficas torres cilíndricas laterales y una adorable marquesina modernista que protegía los escalones de la entrada principal. Dentro, un viejo perro negro reposaba junto al fuego de la chimenea. Se llamaba Jorge. Un mal año, una tormenta que asoló medio país derribó varios árboles del jardín. En otras ocasiones, otro familiar, nos llevaba a su apartamento cercano a la plaza Monge, en la parte oriental del Latino. Allí solíamos acercarnos a la circular plaza de la Contrascarpe, a sentarnos bajo los toldos de sus cafeterías en compañía de una Leffe, un kir o un pastis. Buena compañía. Cerca, tuve la visión de una gran costilla de buey, entrando a un restaurante cercano al Panteón. Más visiones: de Madame Arthur en Pigalle buscando espectadores con barba, de un kir royale en la pequeña y coqueta place du Marché de Sainte Catherine y de lluvia intensa en Saint Paul, de la pista de hielo en los inviernos frente al hotel tonto, l’Hôtel de Ville, en un estúpido juego de palabras que solo parecía comprensible para mí mismo y que solamente a mí me divertía.

Un amigo, Philippe, nos acogía en ocasiones en su apartamento en La Garenne-Colombes, en las afueras de la capital. Alguna vez me había equivocado al subir al tren en Saint-Lazare, tomando alguno que no paraba en todas las estaciones había acabado, a veces, en Nanterre. Me desplazaba cada día desde el metro del Grande Arche hasta el apartamento. Había un paseo que no era ni corto ni largo desde la explanada del CNIT, bajando las escaleras de un gran aparcamiento para recorrer las aceras hasta La Garenne, pasando ante la Peugeot. El bloque de pisos, casi tan incisivo como un rascacielos, se distinguía bastante antes de llegar.

Giraron las llaves en la cerradura. Philippe entró cargado de bolsas que depositó como pudo en la cocina. Le ayudé. Había traído gambas del Atlántico, unas ostras fines de claire del 3 o del 4, de Arcachon, mejillones, que más tarde descubriría que eran los mejores que había probado en la vida, un tourteau, bigorneaux y un par de bogavantes. Aún no había llegado nadie. Miré por la ventana. Era un espectáculo la ventana de su apartamento en un treceavo piso del boulevard National: los rascacielos de la Défense y la torre de Montparnasse, la torre Eiffel y Notre-Dame, las cúpulas del Grand Palais y más a la izquierda, en pequeñito, el Sacré-Cœur sobre la colina de Montmartre. Era una postal que se mecía en los colores de la luz a lo largo del día. Llegaron Linette y Neal para ayudar a preparar la mesa. Trajeron un par de botellas de blanco alsaciano. Algunos eran deliciosos en su incipiente vejez. Philippe preparaba el marisco y yo me puse a abrir ostras. (…) Acabé de abrir las ostras, tres docenas, las había ido depositando sobre tres bandejas ovaladas, una por cada docena. Faltaban los mejillones, aquellos extraordinarios mejillones. Hélène había abierto las botellas de gewürtz que ya estaba escanciado. Philippe tenía aquellas copas de base verde, redondas y cortas, que parecen hechas aposta para los vinos alsacianos. Soonita y Étienne hablaban y hablaban, de los menús de una cervecería de Estrasburgo, de Au Cochon, un desmesurado restaurante de Nanterre especializado en cualquier corte de cerdo de aquellos que creían en el dicho du cochon tout est bon! (¡del cerdo todo es bueno!). El entrañable Étienne, enorme con su bufanda anudada al cuello y su copa en la mano, siempre alegre con su exultante vozarrón, tan grande como él mismo. Las ostras estaban frescas sobre la capa de hielo picado. Hawkings y Webster han dado paso a Charlie Parker con Now’s the Time, Soonita toma cuidadosamente entre sus dedos pulgar e índice una ostra y la rocía con la rodaja de limón que aprieta en la otra mano. El gewürtz es soberbio. La luz disminuye tras el ventanal que da a la Défense. Dentro de dos años Philippe se casará con Valerie en el ayuntamiento de La Garenne. Aún no lo saben. Ni que festejaran el evento en un restaurante del Bois de Boulogne. Quedará una foto dentro de un bar tras la ceremonia y durante un efímero aperitivo junto a un cartel de Ricard entre un preciso golpe de flash ante un gran angular de 20 mm. El arroz caía sobre sus cabezas. Vals nocturno. Una vez Philippe me llevó al bosque de Rambouillet, en las afueras de la ciudad, a buscar setas. Pasé la tarde recolectando pequeños i uniformes pieds bleus, una seta que si no hubiera sido por sus indicaciones jamás se me hubiese ocurrido arrancar del suelo. Bien, tampoco ninguna otra.

Durante el año-de-todos-los-whiskies, además de la inevitable incursión a Escocia, llegué con Giovanna a la Feria del Whisky, el Whisky Life Paris, me presentaba como presidente de un club de cinco miembros, - siempre es mejor que el chiste de Groucho en el que no querría pertenecer a ningún club que le admitiese como miembro-. Unos magníficos tragos de Ardbeg de 10 años y de algunas botellas de destilerías ya desaparecidas, mientras desfilaban por los Campos Elíseos bandas de músicos bretones en una soleada mañana de otoño. Nos alojamos en la rue Saint Antoine, se habían acabado los días del château de Clamart y, allí, creí reconocer en el Hôtel Herse d’Or el mismo antro cochambroso donde había pernoctado diecisiete años antes. Si lo era, cosa muy probable, le habían lavado la cara a consciencia, algo que agradecer. Ahora parecía un lugar decente y los precios estaban en consonancia. Unos días soleados nos llevaron a Montmartre y a la Concordia y a tomar nuevas fotografías de Beaubourg, de la gente que toma asiento junto a la orilla del Sena, para leer, besar al acompañante o, simplemente mirar al río, al ascensor transparente del Grande Arche y a las brumas sobre los Campos Elíseos. Una vez más la Étoile.

Pasaron tres años, el inexorable intervalo, cuando al llegar abril, volvíamos a entrar en coche para bordear la plaza circular del Arco del Triunfo, popularmente conocida, creo, como la Étoile. Esta vez llegábamos del norte, de Normandía y Giverny, la casa de Claude Monet. Volvimos a alojarnos en el Marais, en esta ocasión en un lugar un poco más elegante. Recorrimos, una vez más, la plaza del Mercado de Santa Catalina, donde la primera vez llegué bajo una atronadora y pertinaz lluvia hasta que conseguimos refugiarnos ante una copa de cerveza. Esta vez fue la primera en que fuimos a visitar los obligados iconos turísticos, subimos hasta el tercer piso de la Torre Eiffel, fuimos a acariciar las gárgolas de Notre Dame y a mirar libros en las viejas paradas del Sena. Ahora los puentes sobre el río parecen ferreterías, han sucumbido a la estúpida moda de bloquear candados entre las rejas de la barandilla. Temo que algún día no muy lejano el peso de tanto amor hundirá los pilares. Siguiendo los pasos de Kerouac, echamos un vistazo a los Archivos Nacionales y a la Bibliotèque Nationale, a la estatua de Pascal en Châtelet, también seguimos los pasos de Proust, Marcel Proust, en sus múltiples domicilios, en sus elegantes restaurantes y en el Museo Carnavalet, fuimos a ver a Cortázar en Montparnasse y a saludar a Jim en el Pere Lachaise, sí, una vez más. Oímos a una orquesta danesa bajo un quiosco en los jardines de Luxemburgo. Un viernes y 21 de junio y el lugar donde se supone que Joyce concluyó Ulises leímos la pertinente placa que así lo garantiza: “James Joyce 1882-1941 écrivain britannique d’origine irlandaise accueilli par Valery Larbaud, a achevé ici son roman ‘Ulysse’, ouvrage majeur de la littérature du vingtième siècle”. (“James Joyce 1882-1941 escritor británico de origen irlandés acogido por Valery Larbaud, acabó aquí su novela Ulises, obra maestra de la literatura del siglo XX”).

Hablando de escritores, cuando volví de nuevo fue para emular a Georges Perec, el gran escritor parisino que pasó tres días en la plaza de Sant Sulpice anotando hasta el mínimo detalle de cuanto pasaba allí. “Quattre enfants. Un chien. Un petit rayon de soleil. Le 96. Il est deux heures”. (“Cuatro niños. Un perro. Un fugaz rayo de sol. El 96. Son las dos”). Es solo un ejemplo, pasaron más cosas. Esta vez me alojé en otro antro, pero en Saint Germain. Con gran precisión y cuarenta y un años de distancia, fui a hacer lo mismo que Perec, pero, primero, pasé a toda prisa por Montmartre para hacer unas fotografías del barrio, de los escenarios de Amelie Poulain, la estatua de Dalida en el cementerio y luego a Pigalle, allí donde paramos a abrevar en la primera visita. Antes de pasar por Sant Sulpice tuve tiempo de hacerle una fotografía a una chica que liaba un cigarrillo sentada sobre el pavimento junto al Sena, a una joven china que se hacía las fotos de la boda en un puente, junto a una miríada de candados y un plumón sobre el vestido de novia, es octubre, la fachada de Les Deux Magots, el arcángel San Michel y su fuente y del semáforo que señala que hay que cruzar en dos tiempos antes de llegar a la plaza. Es viernes.

Cuando llega el buen tiempo me apetece oír aquella canción de Les Négresses Vertes, La Seine est jolie, les filles sont belles et les Dieux sont ravis. Voilà l’été”, (“El Sena es bonito, las chicas son hermosas y los dioses están encantados. Aquí está el verano”), aunque haya clásicos como el “Paris sera toujours Paris! / La plus belle ville du monde / Malgré l'obscurité profonde / Son éclat ne peut être assombri” (“París será siempre París / la ciudad más bonita del mundo / a pesar de la oscuridad profunda / su deslumbramiento no puede ser ensombrecido”) que cantaba Maurice Chevalier en 1939 y que una joven llamada Zaz ha recuperado admirablemente bien.

Una vez más fui a ver al bueno de Jim, allí estaba, invariablemente en el mismo lugar de siempre, bajo su lápida, fiel a su propio espíritu.

© J.L.Nicolas

 

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