Christchurch, N.Z.

09.03.2018 16:37

Las tranquilas aguas del río Avon (el Avon de Hampshire, no confundir con los Avon de Devon, Bristol o del Warwickshire) desembocan plácidamente en el Canal de la Mancha en Christchurch, junto a la veraniega Bournemouth. Invirtiendo prácticamente por completo un globo terráqueo se podría, exceptuando la precisión en torno a los ríos Avon, repetir la misma frase.

Pero ahora se trata de Christchurch, en Nueva Zelanda. Y el Avon del Christchurch de la Isla Sur lleva ese nombre en recuerdo de un Avon escocés que muere en el Firth of Forth, el fiordo de Edimburgo y no en el de los otros Avon ingleses.

Antes del terremoto de febrero de 2011, Christchurch, era tan plácida como las aguas del Avon que, atravesando los parques de la ciudad, aquí, desembocan en el Océano Pacífico. La plaza de la Catedral, corazón de la ciudad, ha perdido parte de la torre del templo. Este había sobrevivido con anterioridad a los seísmos de 1881, 1888, 1901 y 2010.

La ciudad más poblada de la Isla Sur y la segunda de todo el país fue cuidadosamente planificada antes de iniciarse su construcción en 1850. Trazada sobre una cuadrícula, esta solamente se interrumpe por el paso del río y por las diagonales que forman las calles High y Victoria. Con un jardín botánico que oxigena el centro, Christchurch posee un cierto aire victoriano que la asemeja a la Adelaida australiana. La zona se empezó a poblar sobre 1840 por colonos provenientes del Canterbury inglés en los First Fours Ships, los primeros cuatro barcos, Randolph, Charlotte-Jane, Sir George Seymour y Cressy.

Llegué tarde a la colonización, así que me conformé con el Occidental Backpackers, un conveniente antro para dormir, en Hereford Street, a pocos pasos, un par de manzanas, de la plaza de la Catedral. Así que es, fundamentalmente, céntrico. A medio camino el Sullivan’s Irish Bar, una parada técnica junto al Bourbon Bar, ambos en Manchester Street. Aunque el bar del Occidental era preferible por su billar, en el que acostumbraba a ganar y perder pintas de Speights ante un par de trotamundos precisamente de Manchester. También me encantaba perder el tiempo sentado al sol en un banco de la vecina plaza Latimer, o en el césped del Botánico, más agradable y donde era más fácil tumbarse de espaldas. Hay más cosas que se pueden visitar  en Christchurch, desde luego.

Por ejemplo, un tranvía que hace un recorrido circular por el centro de la villa. Empezó a funcionar en 1905  y lo hizo hasta 1954, año en que fue suprimido el servicio. Como en tantas otras ciudades, se redescubrió a mediados de la década de los noventa. Y como en tantas otras ciudades su función como transporte público es relativamente limitada quedando como una atracción turística más. El tranvía también atraviesa New Regent’s Street, una breve calle comercial peatonal bordeada de fachadas de estilo Spanish Mission, una variante del Art Deco, que albergan cafeterías, bares y tiendas de moda.

Los jardines botánicos ya mencionados se inauguraron pomposamente un 9 de julio de 1863 plantando un roble británico para conmemorar la boda entre el Príncipe Alberto y la Princesa Alexandra de Dinamarca. La superficie arbolada en pleno centro se extiende en un parque aledaño, el Hagley Park, unido al Botánico por varios pequeños puentes que atraviesan, casi como sin darse cuenta, un río ya conocido: el río Avon (el de Canterbury, Nueva Zelanda). 

© J.L.Nicolas

 

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