El Tesoro de Egina

18.01.2019 13:13

Egina es una isla no demasiado extensa en aguas del Golfo Sarónico, cerca de la capital griega, Atenas. El Museo Británico ocupa un destacado espacio en el barrio de Bloomsbury, en el corazón de Londres. Ambos están unidos por setenta joyas de oro de la edad del bronce. El vínculo es la historia del Tesoro de Egina.  

Durante la época arcaica de Grecia y a principios de la clásica, la isla de Egina, colonizada por dorios llegados del Epidauro, según Heródoto, rivalizó con la ciudad estado de Atenas. En el siglo VII a.C. podían presumir de poseer la flota más poderosa del Egeo, hasta que Temístocles ordenó construir una armada de trirremes que debería superar a la de los eginetas y que afortunadamente le serviría para combatir victoriosamente a los persas en Salamina. En el siglo V a.C. Egina sucumbió al poderío ateniense. Dos mil quinientos años más tarde los atenienses siguen acudiendo a Egina. Ahora lo hacen los fines de semana gracias a los numerosos transbordadores que enlazan la capital con la isla y que invierten en el trayecto poco más de media hora. Allí, además de playas y tabernas, pueden visitar algunas antiguas ruinas, entre ellas las del templo de Apolo.

Al noroeste del núcleo urbano de Egina se encuentra el yacimiento arqueológico de Κολώνας, Kolona, nombre que le dieron los marinos venecianos precisamente por la columna que aún permanecía en pie en el templo y que era, y es, fácilmente distinguible desde el mar. Por tierra, se llega por la calle que, desde el puerto, se dirige hacia el noroeste bordeando el litoral. Al llegar a la playa se encuentra la entrada al Museo Arqueológico y al yacimiento, más extenso de lo que parece desde el exterior.

Las excavaciones realizadas aquí, las más extensivas entre 1921 y 1954 por Gabriel Welter, revelaron la presencia de diversos asentamientos a lo largo de la historia, empezando por el neolítico, cinco mil años antes de nuestra era. La presencia de comunidades organizadas se prolongó en la Edad del Cobre, cuando tendrían relación con la civilización minoica de Creta y, posteriormente con la llegada de las sucesivas oleadas migratorias de aqueos y dorios. Y es en una tumba de origen micénico en algún lugar de la que llamaban Colina del Molino, donde se cree que fue hallado un extraordinario ajuar funerario compuesto por setenta joyas. Se cree, porque el origen seguramente se ocultó para no desvelar la localización de cara a posibles futuros hallazgos a causa de intereses económicos. Tampoco se conoce la fecha exacta, se especula que debió producirse entre 1887 y 1890, ya que en 1891 un tal Fred Creswell, vinculado a la empresa londinense Cresswell Brothers la ofreció al Museo Británico. La empresa de los Cresswell estaba ubicada en los números 18 y 19 de Red Lion Square, cercana a Holborn, y, aunque se dedicaban fundamentalmente a la importación de esponjas, también comerciaban con los hallazgos que hacían los proveedores del producto en el Egeo. No era raro que estos, en sus inmersiones, encontraran ánforas u otros restos de antiguos naufragios. En 1891, un británico residente en Egina, llamado George Brown, gestionó la venta del tesoro encontrado casualmente mientras plantaba viñas, según contó años más tarde su hijo Georges Brown II. El tesoro fue ofrecido al museo en julio de 1891 a través de la empresa de los Cresswell por 6.000 libras, finalmente el negociador, A.S. Murray, quien sospechaba que Frederick R. Creswell hacia meramente el papel de intermediario en la transacción, lo acabó adquiriendo en mayo de 1892 por 4.000 libras. Otras piezas vinculadas al tesoro fueron añadidas en 1914 y actualmente se exhiben en la galería 12, dedicada a la edad del bronce griega.

A pesar de que la tumba donde supuestamente fueron halladas es del 1350 a.C., las joyas tienen una datación anterior, entre el 1850 y el 1550 a.C. Se cree que su origen es minoico y que su estilo denota influencias del levante mediterráneo, egipcias y de Anatolia, aunque también hubo opiniones contrarias como la de Reynold Alleyne Higgins, quien trabajó para el Museo Británico y también para la Escuela Británica de Atenas. En un artículo publicado en 1957 sugería que había suficientes evidencias de que en realidad el tesoro había sido robado entre 1880 y 1885 del cementerio de Chrysolakkos, al norte de Malia, en la isla de Creta.

El análisis de la composición del metal, realizado con técnicas modernas para certificar y determinar la antigüedad y la relación de la materia prima de las distintas piezas, concluye que la mayoría de los elementos proceden de un único taller en el que participaron dos orfebres distintos.

El tesoro está compuesto por setenta piezas elaboradas con oro de gran pureza, entre ellas tres diademas, varios pendientes, cinco aros, collares y colgantes, un brazalete y un anillo, cincuenta y cuatro placas circulares y una copa. Algunas piezas incorporan elementos de lapislázuli, amatista, cornalina, cuarzo y jaspe verde. Destaca un colgante en el que está representada una figura humana que ase dos ánades, probablemente ocas, una en cada mano, sus pies se apoyan sobre una estilizada embarcación ornada con flores de loto, esta es la joya conocida como el Señor de los Animales, posiblemente una deidad cretense. El conjunto está rodeado por cuatro tiras curvadas que envuelven a las tres figuras. El personaje está ataviado con un faldón al estilo de los que se pueden observar en las figuras egipcias, tiene el torso desnudo y sobre la cabeza lleva una tiara con estrías verticales, las orejas están ornadas con dos aretes y de la parte inferior de la pieza cuelgan cinco discos. Otras piezas relevantes son cuatro pendientes prácticamente iguales, a excepción de algún elemento desaparecido. En ellos, dentro del circulo que forma una serpiente con dos cabezas, hay dos galgos simétricos y enfrentados por sus hocicos, entre ambos sostienen una piedra de cornalina rojiza y translúcida. Los canes se sitúan por encima de las figuras de dos monos que se dan la espalda y, en torno al círculo, están engarzados siete discos y siete figuras de aves, todas unidas con finas cadenas del mismo metal, los colgantes de las aves, además, sujetan cada uno, una pieza de pedrería del mismo tipo que la que hay en el centro de la joya. Otro pectoral está formado por una plancha curvada rematada por dos cabezas masculinas que miran en direcciones opuestas, de la parte inferior cuelgan diez discos dorados. También hay diademas, brazaletes, collares y anillos, así como 54 piezas circulares en forma de botón. La copa tiene casi diez centímetros de diámetro y está decorada con una roseta y cuatro espirales.

© J.L.Nicolas

 

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