El Valle de la Hepatitis

01.03.2019 09:26

Al oeste de la capital, Katmandú, y geográficamente en el centro de Nepal, Pokhara se ha convertido en escala casi obligada para las expediciones de montañeros que se dirigen hacia las cumbres del Annapurna pero también ha aprovechado su lago, el Phewa, para promocionar actividades relacionadas con el turismo. Goza de un clima subtropical a pocos quilómetros de las cimas más altas del Himalaya, pero no hace muchos años el lugar era conocido como el Valle de la Hepatitis.

Hubo un tiempo en que llegar a Pokhara no era fácil, y aun a pesar de eso era etapa de una importante ruta comercial entre Tíbet e India cuando formaba parte del Reino de Kaski, uno de los veinticuatro reinos de Nepal, hasta que en 1786, el rey Prithviayan Shah, del Reino de Ghorka, los unió. En invierno, cuando debían abandonar las montañas, llegaban las caravanas de mulas desde Mustang y los porteadores que venían de Butwal. Aprovechaban el encuentro para comerciar en un clima más llevadero. El primer vehículo, un carro con ruedas para ser tirado por bueyes, no apareció en el valle hasta la década de los cincuenta, y paradójicamente llegó en avión.

La primera carretera que llegó a la ciudad la enlazó con Katmandú. Era 1968 y la llamaron Siddhartha Highway. Coincidía con los días de apogeo de Freak street en la capital. Aun así los doscientos quilómetros de trayecto no se completaban en menos de ocho horas sobre destartalados autocares. No era extraño que a causa de una avería, el conductor, después de pasar el tiempo necesario bajo el motor hurgando en sus intimidades extrajera una pieza y se fuera con ella en busca de un recambio… y de que no regresara hasta el día siguiente para hacer la reparación. El pasaje podía optar entre dormir en su asiento o tumbarse tranquilamente sobre el asfalto.

El lago Phewa era la primera visión que se obtenía de Pokhara, aún en el autobús. Una calma superficie que en los días de cielos limpios permitía ver el reflejo de las cumbres que sobresalían tras el primer anillo de montañas del valle. En él se refleja el Macchapuchare, la última cumbre de la cadena del Annapurna al que por su forma llaman Cola de Pescado. Sus casi siete mil metros son solamente accesibles a Shiva, su carácter sagrado prohíbe el ascenso  a los alpinistas. Pero Pokhara no conoce prácticamente la estación seca, en la región media del Himalaya los drásticos contrastes topográficos, en poca distancia la altura del terreno pasa de setecientos a siete mil metros, origina una extrema pluviometría de hasta 5.600 milímetros anuales.    

En el centro del lago una pequeña isla acoge el templo Taal Varahi Mandir en el que se venera a Durga, a la que tanto budistas como hinduistas rinden culto en una pagoda de dos pisos. Numerosos botes se ofrecen en alquiler para alcanzar el templo o simplemente pasear por el lago. En un tiempo el lago era temido por el contagio de la hepatitis A, lo que recomendaba evitar el baño en sus aguas.

La ciudad está más o menos separada en tres distritos, la moderna área comercial de Chipledunga, el turístico de Baidam junto al lago y la zona más antigua de Bagar con algunos templos medievales: Bindhyabasini, dedicado a Bhagwati, avatar de la diosa Durga, Bhadrakali, Sitaldevi y Gita Mandir. Un río, el Seti Gandaki, el río blanco, la atraviesa de norte a sur creando algunos cañones y saltos de agua.

Hoy Pokhara vive básicamente de los visitantes, de los que se quedan junto al lago Phewa y gustan de los deportes de aventura más o menos extremos, y de los montañeros que paran aquí antes de dirigir sus pasos hacia las eternamente nevadas cumbres de la cordillera del Annapurna, del Himalchuli y del Dhaulagiri que les espera a apenas una treintena de quilómetros, en línea recta. Allí confían en alcanzar cumbres míticas que rozan el techo del mundo.   

© J.L.Nicolas

 

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