Il Santo

03.12.2021 10:27

Deslicé suavemente la palma de la mano sobre la superficie de pórfido verde, tal cómo veía hacerlo al resto de peregrinos una vez habían esperado pacientemente en la cola que llevaba hasta el Arca. No sentí ni frío ni calor ni ningún sentimiento extraño más que el propio tacto del mármol. Continué el recorrido siguiendo por la capilla de la Virgen Mora hacia la capilla circular de las Reliquias, tras el Altar Mayor. Subí lentamente los peldaños hasta vislumbrar los relicarios dorados que contienen los restos del Santo: su lengua incorrupta, el mentón y los cartílagos de la laringe.

El Santo, en Padua, no precisa nombre. La plaza frente a la Basílica, presidida por la estatua de bronce del mercenario veneciano Gattamelata, obra de Donatello, es simplemente la Piazza dil Santo, la propia Basílica es, sencillamente, Il Santo. Todo el mundo sabe que es San Antonio, San Antonio de Padua. Aunque no se llamara Antonio ni fuera originario de Padua. A Fernando Martim de Bulhões e Taveira Azevedo le conocerían en Portugal cómo Santo António de Lisboa ya que es allí donde nació un 15 de agosto de 1195. Monje agustiniano en Coimbra y posteriormente fraile franciscano, predicador en el norte de Italia y en el sur de Francia contra le herejía de los albigenses, fue llamado malleus hereticorum, o martillo de herejes. En 1121 estuvo en el Capitulo General de la ciudad de Asís donde conoció a San Francisco.

A San Antonio, de Padua o de Lisboa, se le atribuyeron en vida varios milagros. El de la bilocación durante sus predicas en Montpellier, ser comprendido por los peces cuando la gente despreció sus discursos, el de cargar en sus brazos al niño Jesús durante una noche o el milagro de la mula en Rimini, donde el animal se habría acercado y arrodillado ante una ostia consagrada ofrecida por él, en lo que hoy es la plaza de los Tres Mártires. Una capilla llamada el Tempietto recuerda el hecho.

San Antonio escogió el convento franciscano de Padua como residencia mientras no se hallaba de viaje. Allí escribió su obra más relevante: Sermones in Festivitates. En 1232, solo un año después de su muerte, fue canonizado por el Papa Gregorio IX, y la pequeña capilla, Santa Maria Mater Domini, junto al convento franciscano de Padua, donde fue enterrado cómo había sido su deseo, empezó a ser convertida en basílica. El conjunto sería remodelado con posterioridad en otras dos ocasiones.

En 1263 se abrió la tumba del Santo por primera vez. Entonces para extraer reliquias que ofrecer a los creyentes, no solamente en la basílica de Padua sino también para otras iglesias dedicadas a San Antonio en otras localidades. En la época el comercio de reliquias estaba en su apogeo, especialmente para recuperar las que se conservaban en el levante, en tierras que iban siendo ocupadas por el islam tras las cruzadas. Fue entonces cuando se descubrió y se decidió conservar la lengua incorrupta. Los restos del Santo se envolvieron en seda carmesí y se encerraron en dos cajas de madera. Hasta enero de 1981, año en que dos comisiones designadas por la Santa Sede, una religiosa y otra científica, reabrieron la tumba para efectuar nuevas investigaciones sobre los restos. Se recompuso el esqueleto y se puso en una caja de cristal, ésta en un ataúd de roble y se depositó todo el conjunto de nuevo en la tumba. Algunos de los objetos, como los envoltorios de seda, fueron expuestos junto a las reliquias en la Capilla del Tesoro.

Fuera del templo, en la plaza, los tenderetes se dedican a un turismo específico. Cirios a un euro, a dos, a dos y medio, hasta a veinte euros, postales, libros, agujas, collares, rosarios, efigies y figuras del Santo y de la Virgen....

Hay más cosas que ver en Padua, sus plazas renacentistas de la Signoria o de l'Erbe, la capilla de los Scrovegni con los famosos frescos de Giotto, el Palazzo della Regione o el Caffè Pedrocchi... pero parece que sólo hay ojos para el Santo.

© J.L.Nicolas

 

Leer más en edición impresa

Leer más en e-Book

Ver más fotografías