La Perla del Sahel

30.04.2020 10:35

La plaza de Farhat Hached reparte un poco el tráfico humano de la ciudad. Envía a unos hacia la estación donde tomaran un tren hacia la vecina Monastir o más lejos y en dirección opuesta, hacia Túnez. Otros esperan el cambio de semáforo para acelerar hacia las playas del norte o Port el Kantauri y aún quedan los que, sin prisas, dirigirán sus pasos hacia las callejuelas de la medina de Susa, la perla del Sahel.

En este caso el Sahel no es la estepa subsahariana, sino que es el nombre con que se conoce la región central y costera de Túnez. En Susa, como por el resto de la región, desfilaron sucesivamente fenicios, romanos, vándalos, romanos del oriente bizantino y árabes. Susa fue Hadrim para los cartagineses y Hadrumetum para Roma.

Volviendo a la plaza de Farhat Hached, a unos pasos de ella, otra plaza, más pequeña, la de los Mártires, da acceso a la Gran Mezquita y al ribat. La situación de la mezquita es atípica, ya que generalmente se encuentran en el centro del entramado urbano. También es atípico que carezca de minarete, a pesar de la sencillez manifiesta de la arquitectura aglabíes. La llamada a la oración se realizaba desde la torre del ribat. La razón de tal excentricidad radica en su origen, fue fortificación antes que oratorio y desde su emplazamiento defendía también el puerto y las atarazanas, desde las cuales zarparon en el siglo IX los navíos aglabíes que partieron a la conquista de Cerdeña, Malta y Sicilia.

El sol vespertino tiñe de carmesí los muros del ribat, una de las fortalezas monásticas mejor conservadas del país. Alrededor de su patio central se distribuyen las celdas que ocuparon los creyentes y una escalera en espiral lleva hasta lo alto del nador, la torre vigía, que hoy sirve para otear los ánimos de la ciudad. Las murallas de la medina solo se echan de menos en esta esquina, que fue bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial, el resto se conserva en unas admirables condiciones. En el siglo VII las tropas árabes de Uqba Ibn Nafi arrasaron las defensas de la Hadrumet bizantina que los aglabíes levantarían de nuevo. De las ocho puertas originales aún quedan cuatro, Bab el Gharbi, Bab el Jerid, Bab el Khabli y Bab el Finge, la puerta de la cuchilla. Mereció esa apelación durante los primeros años del protectorado francés cuando se instaló frente a ella una guillotina. En el extremo opuesto de la medina y en su zona más elevada está la Kasbah, la fortaleza palaciega que protegía el recinto amurallado. Hoy acoge al Museo de Arqueología de Susa.

En medio, entre los tortuosos trazados de la medina, se huelen las especies que se mezclaran luego con el falafel, los kebabs o el cordero. Se huele a comino molido y a cilantro, a cúrcuma y a anís; los chavales andan cargados arrastrando carretillas que los superan en altura para distribuir las mercancías que luego colgaran en algún comercio de ropa o en una cacharrería de instrumentos de cocina. Algunos de estos zocos se prolongan en estrechas calles que tienen la ventaja de estar cubiertas, al abrigo del sol y de la lluvia, inmunes al tráfico rodado que aquí no tiene cabida simplemente por una cuestión de dimensiones. Entre estas mismas calles está la zouia de Zaqqaq, con su alminar octogonal propio de los otomanos. Este mausoleo se completa con una mezquita propia y la madraza, la escuela coránica. Según la tradición local el nombre corresponde al erudito marroquí Ali Ibn Kasim al Zaqqaq, muerto en Fez en 1506, aunque dicen que también es posible que el nombre respondiese al de Abou Jaafar Ahmed al Zaqqaq, un erudito local menos conocido que vivió en el siglo IX.

También se percibe en los alrededores la curiosa cúpula estriada con un friso en zigzag de Kalat el Koubba, un edificio que se empleó como funduk, fonda, para transeúntes y que hoy acoge el pequeño Museo de Artes y Tradiciones Populares.

Otro pequeño museo privado en las cercanías es Dar Essid, ubicado en la rue des Remparts, en una de las casas más antiguas de la ciudad. Construida en el año 928, el museo recrea ahora las condiciones de vida de una acomodada familia árabe del siglo XIX. Un patio alicatado con azulejos andaluces distribuye las entradas a las estancias. En el piso superior un café ofrece un espléndido panorama de la población, desde la Kasbah hasta el puerto.

El paseo Hadi Chaker, junto a la playa de fina arena de Boujaffar es en los suaves atardeceres tunecinos un constante ir y venir de gentes entre los aromas de cúrcuma y comino, el nuevo perfume de la antigua Hadrumetum.

© J.L.Nicolas

 

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