Menorca, Retratos Intermitentes

21.07.2026 13:42

   En la memoria, la isla es una sucesión sincopada de recuerdos, muchos de ellos monocromos, otros en color, algunos que permanecían ocultos han reaparecido tras un largo periodo olvidados entre archivadores de negativos y otros, más recientes, han sido creados a propósito de nuevo en blanco y negro.

   Los transbordadores procedentes de Barcelona o Valencia solían atracar en el abrigado puerto de Mahón a primera hora de la mañana, tras haber navegado durante toda la noche y costear el litoral septentrional de la isla al amanecer. A pesar de todo, ese siempre será un recuerdo teñido de las cálidas luces del alba. Tras las islas del Lazareto y del Rey se recortan las siluetas de las iglesias de Santa María y de Sant Francesc sobre el perfil de la ciudad. El pesado deslizamiento de la embarcación sobre el agua arrastraba hacia el pasado los contornos de las primeras casas que se veían sobre los muelles, de las primeras barcazas que flotaban en el estuario. Todo iba quedando atrás mientras la marcha se ralentizaba y hacía más próxima la estación marítima. Tras las maniobras de amarre y el desembarco, aparece la aparentemente interminable escalinata que acorta el camino hacia la ciudad a través de la Costa de ses Voltes. Mahón fue en muchas ocasiones una escala más, un trámite que resolver en el camino hacia Ciudadela. Así que era poco más que el paso frente al ayuntamiento para cruzar bajo el Portal de San Roc y enfilar la calle de Ciudadela y, una vez en la carretera, encontrar un alma generosa que se ocupara de abreviar el recorrido hacia el otro extremo de la isla.

   Seguramente es por esa razón, por haber sido un lugar de paso, que, con el tiempo, Mahón se ha convertido en una etapa aséptica, neutra, descargada de recuerdos salvo aquellos que forma la escritura, las vistas sobre Sant Francesc desde la ventana de la habitación del hotel tamizada por el velo tenue de la cortina y, a partir de ahí, trasladar las instantáneas que capta la vista: el rótulo del American Bar, algunos libros hojeados sobre el mostrador de una librería, la costa des General, que dicen que es una de las escasas reminiscencias de la arquitectura árabe en la isla, los reflejos del Sol en las boínders de la calle de Isabel II, la confusa Venecia al otro lado del estuario, que no es más que una casa que se adentra en las aguas.

   Superado el trámite del transporte, la carretera avanza por el interior de la isla como la médula de una espina dorsal, paralela al antiguo camino que mandó abrir el gobernador Kane durante los años de la Menorca británica. Es un trayecto plano, en el que lo más destacado son las continuas murallas de piedra seca que parcelan, por doquier, la isla. El primer desnivel que aparece en el horizonte es el que forma la población de Alayor, cuya iglesia de Santa Eulalia corona el montículo alrededor del cual se teje la trama urbana. La siguiente referencia que es inevitable no perder de vista en la carretera es Es Cap de s’Indi, la roca con forma de cabeza de indio, con su perfil aguileño, que anuncia la proximidad de Mercadal.

   Mercadal obtuvo su nombre a causa del privilegio concedido por Jaime II que permitió celebrar mercado cada jueves. Pero, además del mercado, la población celebra durante el tercer fin de semana de agosto sus fiestas de San Martín, por la iglesia renacentista que sobresale del perfil urbano. Como en otros lugares de la isla, las fiestas, inconcebibles sin caballos, caragols y jaleos en los que el público ayuda a aupar a las bestias, se suceden en unos días que parecen interminables a pesar de la ginebra. Aquella tan particular que se destila en Mahón —una herencia inglesa— y que es tan fácil de manejar gracias a su asa junto al cuello de la botella. Agosto es un mes pródigo en fiestas mayores y, en aquellos días de 1979 no lo iba a ser menos. A las fiestas de Mercadal siguieron, una semana más tarde, las de Fornells, en el extremo septentrional de la isla. Fornells languidece en invierno al resguardo de un abrigado puerto de aguas tranquilas. No es lo mismo en verano. Allí, además de los consabidos saltos de los caballos y la ginebra, pareció ponerse de moda saltar vestido a las aguas del puerto antes de que empezaran a sonar las primeras notas de la orquesta que amenizaría el baile. En ocasiones la fiesta concluía en la cima del Monte Toro contemplando la salida del sol. Monte Toro es, con sus 358 metros, la mayor altura de la isla. Allí está el santuario de la virgen morena, la Mare de Déu del Toro, patrona de la isla. Dicen que encontraron su figura gracias a las señales que un toro bravo hizo a un fraile. Lo que sí es cierto es que la vista desde la baranda es extraordinaria, incluso sin haber dormido. Con las primeras brumas despejándose se aprecia la bahía de Fornells y, a su izquierda, la prolongada intrusión en el mar del cabo de Caballería. Por supuesto también se ve perfectamente Mercadal y, un poco más allá, la cima de Santa Ágata. El santuario del Toro es objeto de peregrinación, en mi caso tan solo por lo que respecta a las barandas del mirador, donde he vuelto en varias ocasiones, quizás para ver las mismas caras que en 1979, sin embargo, como era de esperar, solo había el paisaje y la barandilla vacía, aunque estuviera cargada de ecos lejanos. 

   Al final del camino aparecen las primeras casas de Ciudadela. En el verano de 1978 aun continuamos más hacia allá, hasta el mar y hasta llegar a plantar la tienda en un descampado al lado de Sa Platja Gran, junto a otros adolescentes de bolsillos vacíos. Además de las tiendas ocupaban el lugar los restos desvencijados de un coche abandonado. Cuando nos permitíamos un lujo íbamos a comer huevos con patatas fritas en un bar cercano, aunque la mayor parte del dinero acabó en la caja de la discoteca vecina, la entonces célebre y hoy desaparecida Mannix

   Medio año después, en Semana Santa de 1979, repetí el camino de Mahón a Ciudadela, esta vez con dos amigas. Le tomaron gusto al sol y a recostarse en las maderas de la pasarela del puerto, aquellas mismas que he fotografiado en otras ocasiones, quizá esperando que aparecieran allí mismo… cosa que increíblemente sucedió treinta años más tarde.

   Ciudadela, a pesar de ser la mayor población de la isla, es una pequeña ciudad tranquila, casi desierta en invierno, pero que se ve alterada con la llegada del turismo y que enloquece completamente durante las fiestas de San Juan. Estas empiezan el domingo anterior a la festividad del santo, es el llamado Diumenge es Bé, el domingo del cordero, en el que a las nueve de la mañana arranca la comitiva que irá informando a la población del inicio de las celebraciones y un personaje vestido con una pelliza los acompaña cargando un cordero vivo sobre los hombros. La víspera de San Juan, en el primer día de las exhibiciones ecuestres, una comitiva va a caballo hasta la ermita de Sant Joan de Missa y de vuelta recorren algunas de las calles de la ciudad, donde numerosas viviendas han preparado la entrada para que puedan acceder los jinetes a caballo para saludar. Al día siguiente, San Juan, eclosionan los festejos.

   Volví en más ocasiones, solía alojarme en casa de un buen amigo a quien le gustaba cocinar y a quien, con los años, intercambiábamos fotografías de los platos que preparábamos con la única intención de provocarnos envidia, sin que jamás faltara una copa de gin con la que aderezar no al plato sino al cocinero. Allí, en Ciudadela, acudíamos a aderezarnos a lugares entrañables como el Arco, Cas Marino o el Hogar del Pollo, antes de pasar por el mercado para comprar el pescado necesario para preparar un buen arroz.

   No he dejado de volver a Menorca, a recordar y a generar nuevos recuerdos para el futuro. Quizás la única diferencia sea que he tratado de armonizarlos, esta vez en blanco y negro, como en los primeros días.

© J.L.Nicolas

Ver más fotografías