Notte a Burano

24.05.2019 09:08

La noche cambia radicalmente el aspecto de Burano, con el último vaporetto que regresa hacia Venecia desaparecen los visitantes que han llenado sus calles a lo largo de todo el día, los que deambulaban observando curiosos los escaparates que ofrecen las labores de merletto, los que han probado las buranelli, las galletas típicas de la isla, en forma de rosca o de ese, los que no han quitado un ojo de la cámara o del teléfono, solo faltan los que despistados, que han estado a punto de caer a las frías aguas de algún canal. Los comercios cierran y las pocas figuras que quedaban por la calle empiezan el camino de regreso a sus casas, resta alguna alma impenitente en el único bar intentando retrasar un apagón más o menos generalizado.

Los reflejos sobre el agua se transforman, desaparecen los vividos colores que caracterizan la isla y estos se convierten en tímidas luces que apenas iluminan las puertas de las viviendas o los pasajes vacíos. Sugieren el abrazo de una niebla onírica que, en invierno, pretende cubrir incluso la exagerada inclinación del campanario de San Martino. El eco de los pasos, remite al de algún delincuente que intenta perpetrar un crimen ignoto amparado en la oscuridad, aunque no hay nadie contra quien atentar salvo uno mismo, pero el agua está demasiado fría y se hace tarde, incluso para los noctámbulos. (No hay que olvidar que ya son las ocho). A las siete y media de la tarde ya no queda comercio alguno abierto, tampoco los restaurantes, salvo uno, irreductible, que acoge los últimos vasos de los clientes locales. En el bar, las tres camareras, que en su uniforme negro parecían tres jóvenes viudas, recogen mesas y sillas. Pronto no quedará un alma, incluso se vacía la Fondamenta degli Assassini… no se podrá matar ya ni el tiempo.

En una pared ocre una Madonna sujeta al niño que parece mirar fijamente la luz de una farola, en la fachada de San Martino pervive la flama, eléctrica, que homenajea perpetuamente a los muertos en la Gran Guerra, la pátera con el león alado de San Marco, junto a la puerta donde estuvo el Uffici Comunale di Burano, muestra el evangelio abierto: PAX TIBI MARCE, EVANGELISTA MEVS.

Y, aun así, las noches se tiñen desvaídamente en los mismos colores de cada fachada, levemente, con la austeridad que proporciona la escasa visibilidad, sugieren recuerdos ajenos, de desconocidos, que se toman prestados durante un momento para alimentar la imaginación. Burano, de noche, se cierra entre las sombras de la laguna, forjando la materia con la que se fabrican los sueños.

© J.L.Nicolas

 

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