Satori en Brest

01.06.2020 08:51

La palabra satori, en japonés, significa comprensión, entendimiento. También, en el budismo zen, se aplica al momento de la iluminación profunda y última. Es un instante clarividente relacionado con la creación y el descubrimiento, una suerte de epifanía. ¡Y eso sucedió en un taxi! O podría haber llegado a causa de las neblinosas calles de Brest, o de un camarero que opinaba que París estaba podrido o por un réquiem de Mozart oído en Saint Germain des Prés. O quizás por todo.

A principios de los años sesenta Jack Kerouac ya era un reconocido escritor vinculado a la generación beat norteamericana. Había publicado su célebre On The Road, The Dharma Bums, The Town and the City, Visions of Cody, The Subterraneans (En el camino, Los vagabundos del Dharma, La ciudad y el campo, Visiones de Cody, Los subterráneos) y alguna novela más. Su apellido franco canadiense le llevó a investigar sobre sus orígenes bretones. En junio de 1965 abandonó durante diez días su refugio de Florida para viajar a Francia en búsqueda de la procedencia de sus ancestros. Su apellido paterno era en realidad Kéroack, en su partida de nacimiento figuraba como Kirouac y, él, personalmente, prefería la versión empleada por sus antepasados: Lebris de Kerouac.

Anteriormente ya había recopilado algunos datos en Londres. Kerouac desembarcó atropelladamente en Orly, para llegar atropelladamente a París. En su errante deambular entre copa y copa, entre coñacs y cervezas insistió en saludar a la estatua de Pascal en Châtelet y visitar a Balzac en su tumba en el Pere Lachaise. De esto último desistió dado lo avanzado de la madrugada. En otra jornada atinó finalmente a encontrar el edificio Richelieu de la Bibliothéque National, en el 5 de la rue Vivienne, entre el edificio de la Bolsa y el Louvre. Allí solicitó infructuosamente la Histoire Généalogique de plusieurs maisons illustres de Bretagne enrichie des armes et blasons d’icelles, de Fray Agustín de Paz, impreso en París en 1620 y la Histoire Généalogique et Chronologique de la Maison Royale de France, des Pairs, Grandes Officiers de la Couronne & de la Maison du Roy & des Anciens Barons du Royaume, del padre agustino Anselmo, continuado por monsieur Du Fortuny y editado en París en 1778. Solicitó los mismos libros más algún otro en los Archives Nationales en el 60 de la rue des Francs Bourgeois, en el Marais. Tampoco obtuvo resultados satisfactorios.

La iluminación, en ese aspecto no llegaba. Así que decidió partir hacia la tierra de sus ancestros, Bretaña. Perdió el avión y a duras penas acertó a encontrar el camino adecuado en tren. Metido en una especie de camarote de los hermanos Marx únicamente pisó el andén en Saint Brieuc para avituallarse de coñac. Llega a la capital de Finistère en busca de sus orígenes y pretende marcharse al cabo de dos horas. Nada que objetar. Absolutamente comprensible, ya que Kerouac conoció la Brest que había quedado tras los bombardeos aliados de la Segunda Guerra Mundial, es decir, una ciudad reconstruida, prácticamente nueva y desprovista de interés. Entre 1940 y 1944, durante la ocupación nazi, la ciudad fue objetivo de 165 bombardeos indiscriminados. Solamente entre el 7 de agosto y el 18 de septiembre de ese último año, 1944, Brest recibió treinta mil bombas y cien mil obuses. De los 16.500 edificios que existían siete mil fueron completamente arrasados.

El pasado esplendor de la principal arteria de la ciudad, que une la place de la Liberté con el boulevard de la Marine, cerca del castillo que domina la desembocadura del río Penfeld, la rue de Siam, ya solo puede contemplarse en el Museo de la Brest Antigua en la torre de la Motte-Tanguy, cruzado el puente de la Recouvrance. La Recouvrance es un barrio que salió mejor parado que el centro, tanto de los bombardeos como de la reconstrucción. Da una idea de cómo debió ser Brest en otros tiempos.

La rue de Siam debe su nombre a la llegada de tres cónsules tailandeses encabezados por el embajador Phya Pipatkosa para visitar al rey Luis XIV en Versalles. Estos llegaron al puerto de Brest un primero de junio de 1686, enviados por el rey de Ayutthaya, Somdet Phra Ramathibodi III. Acompañados por seis mandarines, tres intérpretes, dos secretarios y dos decenas de sirvientes, llegaron cargados de ofrendas. Desfilaron a pie por la rue de Saint Pierre hasta llegar al hotel homónimo. La honda impresión que causaron provocó que se cambiara el nombre de la calle, dejó de ser la rue de Saint Pierre para siempre y se convirtió en la rue de Siam.

Kerouac también debió causar impresión en esta misma calle, fondeando en las desparecidas viejas barras del bar Fournier o Le Cigare, y en las que no menciona. Esa rue de Siam es ahora la segunda vía comercial de la ciudad. La rue Jean Jaurès le ha arrebatado la primacía. El ayuntamiento pretende revitalizarla con la peatonalización y con el nuevo tranvía.

Kerouac volvió a París, no al cabo de un par de horas, sino pocos días más tarde, tras haber conocido a alguien de apellidos similares sino parejos y con algunas copas más de coñac. De camino a Orly conoció a Raymond Baillet, un taxista con quien, durante el trayecto, conversa de política, de asesinatos, del matrimonio, de famosos, y con quien comparte una cerveza en una apurada pausa en el camino. En Huelgoat, Finistére, una placa recuerda, desde julio de 2000, la ascendencia del escritor: un tal Françoise Le Bihan, señor de Kervoac, hijo del notario real Françoise Joachim Le Bihan y de Catherine Bizien, quien partió hacia la Nueva Francia en 1721 y casó con Marie Louise Bernier en 1732 en Cap Sant Ignace, Quebec.

Satori en Paris, la narración que escribió sobre su periplo se publicó cuatro años antes de su muerte. Quizás el satori fue alguna insignificancia profunda mascullada por el taxista, como sugiere el mismo Kerouac. Quizás fue la experiencia global de un viaje en búsqueda de una cosa para encontrarse volviendo con otra. Una evidencia hasta entonces banal. Una simpleza.

© J.L.Nicolas

 

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