La Ciudad de los Escritores

09.02.2018 11:34

Edimburgo, la capital escocesa, parece haber ejercido algún magnetismo especial con la gente de letras. Numerosos autores han nacido o residido en la ciudad, hasta el punto de que hay diversos monumentos y un museo dedicado a ellos.

Cerca de Holyrood, en la ladera del antiguo cráter y bajo el aliento de la presencia de Arthur’s Seat, la Silla de Arturo, Peter Pan se reunía con los chicos descarriados: Tootles, Nibs, Slightly, Curly y los gemelos. Wendy no sabía nada, nunca invitaban a la niñata, a pesar de que a veces Pan lo hubiera deseado. Otras veces subían por el paseo que asciende desde Quenn’s drive para liar tranquilamente unos canutos en lugar de hacerlo bajo la mirada desafiante de los hoodies, encapuchados, pintados en los murales de Cowgate. Entonces aparecía, rauda como en una fugaz visión, Tinker Bell, Campanilla, diminuta y con sus alas de libélula huérfana en movimiento, agitándose impertérrita ante sus ojos. Quería unirse a la fiesta. Si la cosa se desmadraba y la movida iba a más siempre podían encontrarse con Sick Boy, Spud Murphy o Franco Begbie para pillar unas posturas más o unas anfetas de las buenas, aquellas que solo podían conseguirse con receta en una farmacia. Probablemente podrían encontrarlos trainspotting, mirando pasar los trenes, en las cercanías de la estación de Waverley.

Por la mañana Edward Waverley, quien no era la estación,  podría encontrarse con Ivanhoe, Rob Roy, incluso sin apurar demasiado con Sherlock Holmes o a Frankenstein paseando sin rumbo fijo por el césped del cementerio de Old Calton, hasta que decidiera dirigir sus pasos para conseguir  unas monstruosas pintas de Caledonian en Toolbooth Tavern con Ralph Rover y Jack Martin, con el señor de Ballantrae o con el doctor Jeckyll sin mister Hyde mientras al mismísimo Harry Potter se le denegaría la entrada. Sin ser el producto de un adverso recorrido psicodélico, todos estos personajes tienen un lugar común, el que compartieron en algún momento de sus vidas sus creadores: Edimburgo. Probablemente pocas ciudades en el mundo habrán llegado a concentrar tal numero de visitas o residencias de gentes apegadas a transmitir sus ideas plasmándolas sobre un papel. Algo les debe atraer, quizás el olor a tinta fresca, quizás el sabor de sus espectaculares ales o el de los destilados del país.

Ya la estación, pórtico de entrada a la ciudad, toma el nombre de la serie de novelas de Walter Scott, Waverly. Squalid side roads that are the preamble of the largest, dirtiest and gloomiest station in Britain- Waverly. (Escuálidos caminos secundarios en el preámbulo de la mayor, más sucia y más sombría estación de Gran Bretaña: Waverly.) Esa era la sensación que le daba a Neil McCallum en A Scream in the Sky en 1964. Esa misma impresión ya la tuvo Daniel Defoe unos siglos antes cuando llegó en 1706, prácticamente en calidad de espía, para supervisar la disposición escocesa previa a la firma del tratado del Acta de Unión entre Inglaterra y Escocia. El escritor londinense también resaltaría la impresión que le causo la suciedad omnipresente en la capital escocesa, cuando publicó años más tarde, en 1727, A Tour through the Whole Island of Great Britain.

La capital escocesa ha parecido ejercer alguna especie de magnetismo en los creadores de secuencias de frases más o menos coherentes, como si tuviese un peculiar pedigrí literario. Quizá esa fuera la razón por la que no se sorprendió el escritor norteamericano Washington Irving, quien en una visita que hizo para encontrase con Walter Scott dijo: I don’t wonder than anyone residing in Edinburgh should write poetically. (No me sorprendería que cualquier persona que resida en Edimburgo escribiera poéticamente.) Por lo menos medio millar de novelas han empleado la ciudad como escenario y son un buen número los escritores que nacieron en ella. Más aun los que la escogieron como morada temporal o definitiva. En más de una ocasión la ciudad les ha correspondido y, en reconocimiento, alberga algún recuerdo de piedra, sea una placa o una escultura. Incluso un pequeño Museo: el de los escritores: The Writers’ Museum. Ocupa un edificio del siglo XVII de tres plantas, no demasiado grande, en Wardrop’s Court, que en otros tiempos perteneció a Lady Elizabeth Dowager, condesa de Stair. Enfrente, en Makar’s Court, diecisiete baldosas en el suelo contienen fragmentos de textos de otros tantos creadores del país. El Museo recoge una colección de objetos personales, fotografías y textos de tres de los más destacados escritores del país: Robert Burns, Walter Scott y Robert Louis Stevenson. En la entrada del callejón una placa conmemora que, en noviembre de 1786, Burns, además, se alojó aquí.

Por aquel entonces Robert Burns ya había publicado Poems chiefly in the scottish dialect. Así que, precedido por su fama, el poeta fue recibido por el Lord Provost, el alcalde, Sir James Hunter Blair. Escocia precisaba figuras literarias de talla para equipararse culturalmente a su vecina del sur: Inglaterra. Desde los tiempos de los makars, bardos medievales, no habían surgido firmas de la categoría del joven Robert Fergusson, Robert Burns y poco después la de sir Walter Scott.

Robert Fergusson no figura en el Museo, pero ejerció una notable influencia en la posterior obra de Burns y abrió el camino de la literatura escrita en escocés. Durante su breve vida, falleció a la temprana edad de 24 años en su Edimburgo natal, Fergusson recreó en su poesía la vida de la ciudad tal como era a mediados del siglo XVIII. Publicó sus primeros poemas en el Weekly Magazine and Edinburgh Amusemen. Fue enterrado en Canongate Kirk, en una tumba anónima. Posteriormente sería el mismo Burns quien costearía una lápida con un epitafio que recordara al joven poeta. En 2004, en la acera frente a la iglesia se instaló una estatua de bronce que le representa, aunque parece que se hubiera cansado de permanecer en su tumba y marchase con sus libros en la mano.

Antes de instalarse en el Museo donde hoy se le recuerda, Robert Burns pasó por el White Hart Inn, la posada del Ciervo Blanco, en Grassmarket, donde rindió su postrera visita a la ciudad. Aquí también se alojaría posteriormente William Wordsworth cuando vino a visitar a Scott.

Robert Burns y Walter Scott fueron casi contemporáneos. Un joven Scott, con quince años, fue presentado a Burns. El encuentro fue inmortalizado en un lienzo por el pincel de C.H. Harde. De ese encuentro Scott recordaría: I have seen the most distinguished men in my time ( ) Long life to thy fame and peace to thy soul Rob Burns! When I want to express a sentiment which I feel strongly, I find the phrase in Shakespeare or thee.” (He visto a los hombres más distinguidos de mi tiempo ( ) Larga vida a tu fama y paz a tu alma Rob Burns! Cuando quiero expresar un sentimiento que noto firmemente, encuentro la frase en Shakespeare o en ti.)

Walter Scott, Sir Walter Scott, es el icono máximo de las letras escocesas. Nacido en la capital pasó parte de su juventud en las tierras de la frontera, donde tomaría inspiración en las baladas populares y en las historias épicas de las luchas contra los ingleses. De ahí saldría el ciclo de narraciones de Waverly, con títulos como Rob Roy o El Pirata. De sus años en su ciudad natal e inspiradas en ella escribiría Tales of a Grandfather, donde relata el asalto al Castillo, o The Heart of Midlothian, desde su escritorio en el 39 de North Castle street, donde habitó durante largos años. Tras su muerte en 1832, Scott fue literalmente elevado en un pedestal. Junto a Princess street y cercano a la estación ferroviaria que tomó el nombre de uno de sus personajes más reconocidos: Waverly, se construyó en 1844 un colosal torreón gótico de 61 metros de altura que alberga en su bóveda una escultura de mármol del escritor. Es accesible tras ascender 287 escalones en espiral. Cubriendo parte de las paredes del monumento, ochenta y cuatro tallas menores representan personajes salidos de su pluma.

Robert Louis Stevenson es el tercer escritor que ocupa la atención del Museo. De él conservan unas botas de montar, fotografías de su niñez y juventud y del final de su vida en Apia, Samoa, donde lo llamaron Tusitala, el que narra historias. El Extraño Caso del Doctor Jeckyll y Mister Hyde, a pesar de estar ambientado en Londres, está inspirado en la capital escocesa y particularmente en William Brodie, más conocido como Deacon Brodie, un personaje que llevó una turbulenta doble vida. Acabó ejecutado en las cercanías de la Catedral de Saint Gilles. Hoy da nombre a un pub en Lawnmarket. El anverso y el reverso del cartel que hay sobre la puerta muestran las dos caras del personaje. Sobre la propia urbe, Stevenson la llegó a comparar con Venecia, en Edinburgh: Picturesque Notes de 1879. No urbanísticamente desde luego, sino por el sentimiento que inspira: Her attraction is romantic in the narrowest meaning of the term. ( ) She is not so much beautiful as interesting ( ) with some greek airs, and erected classic temples on her crags. In a word, and above all, she is a curiosity. (Su atracción es romántica en el más estricto sentido del término. ( )No es tan bella como interesante ( ) erigieron en sus riscos templos clásicos con algunos aires griegos. En una palabra y por encima de toda, es una curiosidad.

Stevenson coincidió en la Universidad con James Matthew Barrie y con Arthur Conan Doyle. Stevenson admiraba el trabajo de Barrie. Este sería fundamentalmente conocido por la creación de su eterno niño cuasi adolescente que habitaba en Neverland, el País de Nunca Jamás: Peter Pan.

Barrie colaboró en 1893 con Conan Doyle en una ópera cómica que no acabó de funcionar: Jane Annie. Arthur Conan Doyle alcanzó la fama con Sherlock Holmes, que en alguna de sus múltiples aventuras recorrió las calles de la ciudad. Doyle nació en Picardy Place en un edificio que ya fue derruido en los años sesenta del siglo pasado para abrir espacio a una plaza. Hoy en el centro de esta se alza una estatua que representa al célebre investigador. Tras la Primera Guerra Mundial, en la que participó como soldado raso, Doyle empezó a interesarse por el espiritismo. En 1926 publicó una obra sobre el tema y cuatro años más tarde murió en Crowborough.

Stevenson, antes de mudarse al Pacífico Sur, solía ir a apoyarse en la baranda de North Bridge, desde donde se tiene una buena perspectiva del perfil urbano, con el Castillo al fondo y sobre la estación. De este punto Samuel Rutherford Crockett escribió: Sunk in a pale, luminous, silver mist through which burnt a thousand lights, warm, yellow and kindly. (Hundido en una pálida, luminosa niebla plateada, a través de la que arden miles de luces, cálidas, amarillas y amables.)

Thomas de Quincey, adorable autor de Confesiones de un Comedor de Opio Inglés y de El Asesinato considerado como una de las Bellas Artes, llegó a vivir durante una docena de años en Edimburgo. Publicó La Monja Alférez, en el Tait’s Edinburgh Magazine. De cuando en cuando, De Quincey, huía a Glasgow para ocultarse de sus acreedores.

Charles Dickens acudió desde Londres en diversas ocasiones, entre 1840 y 1850, hasta las Assembly Rooms para recitar lecturas de sus trabajos. Ante su público reconoció que este, el público edimburgués, había sido el primero en reconocerlo y darle ánimos.

La esposa del poeta Percey Bysshe Shelley, Mary Shelley, Mary Wollstonecraft Godwin de soltera, redactó en la ciudad parte de su famosa novela Frankenstein o The Modern Prometheus.

Robert Michael Ballantyne, contemporáneo, aunque mayor que Stevenson, se dedicó al igual que este a los relatos de aventuras que habían de triunfar entre los lectores adolescentes. Ballantyne escribió entre otras muchas narraciones La Isla del Coral, en 1857.

Más recientemente Irvine Welsh ha retratado el Edimburgo marginal en varias de sus obras. Trainspotting, la más relevante, fue llevada al cine en 1996. Joanne K. Rowling fue una profesora desconocida hasta que en 1995 escribiera su primera obra: Harry Potter and the Philosopher’s Stone. A partir de entonces la saga no conoció limites y a cada entrega de las aventuras del aprendiz de brujo le seguía su replica cinematográfica. Tras el éxito, la escritora se mudó a Hazelbank Terrace, en el barrio de Merchiston.

El aura de letras que transpira la ciudad alcanza alguna de sus más reconocidas barras públicas. Milne’s Bar, en la esquina de Hanover con la peatonal Rose street, es uno de los antros literarios por excelencia. Al margen de la decoración ad hoc, algunos de los poetas y escritores de la ciudad lo frecuentaron durante los dos últimos siglos. En otra esquina, la de York Place en las cercanías de Broughton está el The Conan Doyle. Y no falta, en Canongate, un Rabbie Burns Café Bar.

El último lugar relacionado con las letras en Edimburgo no podía ser otro que un cementerio. El de Greyfriars acoge a algunos editores, libreros y bibliotecarios que fueron conocidos en la ciudad. Aquí mismo vivió y murió un perro, un skye terrier, Greyfriars Bobby. Leal hasta el fin, deambuló durante sus dos últimos años de existencia entre el pub que frecuentaba en vida su amo hasta su ultima residencia bajo una losa en el cementerio de Greyfriars. El perro no escribió una línea, pero también tiene su estatua y un bar con su nombre.

© J.L.Nicolas

 

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